Patarroyo, un tipo digno de ser conocido
OBITUARIO
El científico colombiano Manuel Patarroyo pasó dos días en Ourense y Carballiño en el año 1996, aprovechando una visita a Santiago. Allí visitó a sus amigos los doctores Gestal y Míguez, recibiendo el homenaje de las autoridades locales.
"Estoy muy orgulloso de pertenecer al grupo hispano. Compartir es algo natural en nosotros. Creo que tenemos todas las cualidades para hacer ciencia y donar nuestro trabajo a la humanidad”, declaraba a La Región el científico colombiano Manuel Patarroyo, recientemente fallecido.
Premio Príncipe de Asturias, creía sobre todo en la tenacidad y el trabajo. “Conozco 28 premios Nobel y ninguno es genial”, decía
Era el año 1996 y, aprovechando una visita a Santiago, pasaba dos días en Ourense y Carballiño con sus amigos los doctores Gestal y Míguez, recibiendo el homenaje de las autoridades locales. Ya había descubierto la vacuna de la malaria y estaba empeñado en conseguirla contra la tuberculosis. Disfrutando de la ceremonia de la queimada oficiada por Míguez y su hija Alejandra, Patarroyo declaraba su admiración por los científicos Pasteur y Koch y explicaba cómo sus padres lo mandaron a estudiar a Suecia y Nueva York: “Preparándome para ser Nobel, pero quise hacer algo que tuviera un impacto social con las herramientas que me dio el primer mundo”. Por eso dedicó años de su vida a estudiar la malaria, ”enfermedad abandonada por los laboratorios del primer mundo por ser cosa de miserables”. El fruto de su descubrimiento lo cedió a la OMS: “Estoy más satisfecho de haber contribuido al bienestar de mis semejantes con un trabajo hecho por convicción que de los honores, que no son más que la satisfacción del ego”. Premio Príncipe de Asturias, Patarroyo creía sobre todo en la tenacidad y el trabajo: “Conozco 28 premios Nobel y ninguno es genial”, decía.
Nacido en una aldea de Colombia, Ataco, tuvo la ocurrencia de proponer a sus compatriotas García Márquez y Belisario Betancourt, también nacidos en aldeas cuyo nombre empiezan por A, formar una “Triple A” para demostrar que en lugares pequeños pueden gestarse grandes hombres. También insinuó la posibilidad de que su pueblo y Carballiño acabasen hermanados. Afable y sonriente, el científico colombiano disfrutó durante dos días del Ribeiro, el pulpo y los monumentos locales que sus amigos quisieron compartir con él. “Un tipo digno de ser conocido”, según lo describió el ya desaparecido doctor Míguez.
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