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La Vuelta en noviembre es igual que la septiembre. Hasta los últimos metros de cada etapa no se notaría la diferencia, al menos en jornadas como las "ourensanas" en las que la alta montaña no hace acto de presencia. Con un poco más de frío y los aficionados de las aceras y los márgenes de las carreteras con mascarilla, pero sin nada que le reste aliciente o méritos. Con los mejores corredores del pelotón internacional arropados por una organización impecable y un escuadrón de guardia civiles y policías que impone respeto ya desde un par de horas antes. Un pelotón de motoristas que avisa de la llegada de los corredores según va aumentando su número y reduciéndose la frecuencia.
Ourense volvió a invertir en deporte para recibir promoción. Para verse por televisión y mostrarse a casi 200 países y a dos millones de potenciales consumidores cuando el virus deje de arrinconarnos. Ahí, en la pantalla, las diferencias todavía son menores.
Tocaba evitar multitudes y se consiguió. Promocionar Ourense y el sol le puso todavía más color a una etapa que terminaba con el río Miño como testigo directo durante muchos kilómetros.
El "lifting" al asfalto dejó las glorietas de la ciudad impecables y los puentes hicieron de graderíos inmejorables para ver, aplaudir y reivindicar.
El único problema, para los "despistados" que se atrancaron durante media hora en algunas de las carreteras que se taponaron para no coincidir con los ciclistas. Todo estudiando al detalle y al segundo por un dispositivo que componen 130 efectivos. Una parte más de espectáculo para los aficionados que se acercaron a ver la carrera en directo.
Una espera de minutos para unos segundos de aplausos. Al menos esta vez la ración era doble al pasar la carrera por la ciudad en dos direcciones y media hora de margen entre ellas. Todo antes de encarar la ascensión al Seminario Mayor y toparse con un bloqueo voluntario de una prueba que, en su "nueva normalidad", pide no acudir a sus seguidores. Impensable hace menos de un año, pero una rutina más en una mundo que ahora obliga a apostar por la pantalla para disfrutar del deporte en directo.
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