Fermín Bocos
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EL ÁLAMO
Zapatero no era el más listo, pero antes al menos era consciente de ello. Tiene el dinero la capacidad de volver más guapa a la gente, y a menudo también la capacidad de verse a uno mismo más inteligente. El expresidente logró dibujarse en su día como la antítesis de un Aznar ensoberbecido por el mal de La Moncloa. Nadie lo tomó demasiado en serio, pero a los suyos les facilitó el relato de vender al hombre del diálogo frente al coloso en llamas con bigote. Hoy las cosas han cambiado, por obra y gracia del engorde de sus cuentas corrientes; sirva eso de “corrientes” como eufemismo. Ahora sigue siendo igual de inteligente, pero cuando se mira al espejo ve una mezcla entre el increíble Hulk y Albert Einstein.
Llevaba desaparecido desde la extracción de Maduro y dicen que está tan tenso que tartamudea al hablar. El martes reapareció en la presentación de un libro ajeno y la prensa le preguntó por su posible mediación en el rescate de Plus Ultra: “No, ninguna. Cero. Cero absoluto”.
También le preguntaron por los fardos de euros que recibió de la empresa Análisis Relevante tras el rescate. Es la consultoría de su amigo Julio, con el que dice que fue a correr por una zona de acceso restringido de El Pardo, tres días antes de que lo trincara la UDEF. Se da la circunstancia, cuenta El Debate, de que la única actividad económica significativa de la empresa en cuestión es la que mantenía con Zapatero y con la sociedad de sus hijas. Quizá por eso salió el martes ese soberbio acorralado en que se ha convertido y empezó a justificar su actividad de consultoría con una ristra de coletillas en las que “solo faltaría” y “faltaría más” alcanzaron tal bucle discursivo que a punto estuvo de dar un error general y reiniciarse.
Con la información que hoy tenemos, parece que Zapatero ha estado operando en sus negocietes con una enfermiza sensación de impunidad
No es una expresión cualquiera. Con su tinte irónico, la expresión comenzó a utilizarse en el siglo XVIII y se popularizó poco después. Es equivalente a “lo que faltaba”, “el colmo”, o a “estaría bueno”. Hoy jóvenes y tuiteros la han abandonado para recuperar otra vieja expresión análoga, “sí, hombre”. La diferencia es que “sí, hombre” no incluye el matiz arrogante de quien se considera víctima de una terrible injusticia.
Cuando Zapatero dice “faltaría más” está diciendo a los españoles “¿Qué más queréis de mí?”, por no decir “deberíais pisar el suelo por donde piso”. Este tipo de delirios, como si el mundo entero les debiera algo, son habituales en personajes que se han enriquecido de golpe a través de métodos no demasiado transparentes. Reaccionan con un “faltaría más” para poner muy lejos el listón de la duda a partir del cual deben dar explicaciones reales. No recuerdo una confesión indirecta y accidental de culpabilidad tan inmensa como la de Zapatero con su “faltaría más” y su “cero absoluto”.
Con la información que hoy tenemos, parece que Zapatero ha estado operando en sus negocietes con una enfermiza sensación de impunidad. A fin de cuentas, a ningún expresidente se le ha mirado con lupa el asunto de los dineros tras su salida de La Moncloa, como si un pacto no escrito señalara que una vez que te vas de allí, tienes incluso la obligación de forrarte, sin que los medios entorpezcan el fin. Por otro lado, con Sánchez en el poder, y una vez cesadas las hostilidades entre ambos, Zapatero tenía además la seguridad de contar con la protección del Gobierno. De pronto, en un giro inesperado, se quedó en pelotas frente a las cámaras en un camino perdido de El Pardo, entró en crisis nerviosa, y ha roto ahora en “faltaría más” y “solo faltaría”. ¿Faltaría más que no pueda forrarme? ¿Faltaría más que el dineral venga de mi amigo detenido tras un turbio rescate? ¿Faltaría más que toda esta historia apeste desde Caracas hasta Madrid? ¿Faltaría más que no pueda corromperme en paz? No está claro qué es exactamente lo que faltaría más.
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