Ricardo Fandiño Pascual, coordinador xeral de ASEIA: “Debemos apostar sin miedo por la educación sexual”

FALTA DE PREVENCIÓN

Ricardo Fadiño Pascual es doctor por la Universidad de Vigo y psicólogo clínico. Conoce bien a los menores infractores por su trabajo de dos décadas en el centro ourensano de reforma terapéutico Montefiz

M. Sánchez
Publicado: 27 dic 2024 - 04:45 Actualizado: 27 dic 2024 - 08:12
Ricardo Fandiño.
Ricardo Fandiño.

El doctor por la Uvigo y psicólogo clínico Ricardo Fandiño trata a los buenos y a los malos. Trabaja con jóvenes vulnerables desde la Asociación para a Saúde Emocional na Infancia e a Adolescencia (ASEIA). Pero conoce bien a los menores infractores por su actividad investigadora sobre la violencia juvenil en la Universidad de Santiago -es profesor del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación- y por su trabajo de dos décadas en el centro de reforma terapéutico Montefiz.

A la Fiscalía General del Estado le resulta “reseñable” el auge de conductas cada vez más violentas entre los menores. ¿Comparte esa alarma?

Lo primero que debemos tener en cuenta es que las cifras judiciales sobre delitos son siempre una punta de iceberg. Esto es así porque se trata de las conductas delictivas que llegan al juzgado y de las que se abre un expediente, que lógicamente son solo una parte de las que se producen. En segundo lugar, debemos siempre evitar hacer un retrato generacional a partir de los datos de delincuencia juvenil, ya que la incidencia, si tenemos en cuenta la población general adolescente, es realmente baja. Cuantitativamente, hace años que el conjunto de delitos cometidos por menores de edad no crece de forma significativa, si analizamos la serie histórica. Es importante tener en cuenta que sí se incrementan de forma significativa los delitos que la Fiscalía denomina “de máxima o extrema gravedad”, además de algunas tipologías específicas como son la violencia de género, violencia sexual y levemente la violencia filio-parental. Con esta información debemos enfocar nuestros programas de intervención atendiendo a la especificidad de la violencia. Pero también nos debería ayudar a generar programas preventivos para la población adolescente. No se trata de fomentar un nuevo pánico moral, sino de advertir que hay cosas respecto de la violencia en la adolescencia que podríamos hacer mejor y de una forma más ajustada a sus actuales características.

La FGE demanda “una intervención temprana y multidisciplinar” y dotar de una mayor infraestructura a los recursos de protección.

En general, cuando un menor comete un delito sabemos con que medios contamos para la intervención. Desde las medidas extrajudiciales hasta los internamientos en centros de justicia juvenil, pasando por las medidas en medio abierto. Todas ellas, desarrolladas por equipos multidisciplinares especializados, que deberían aplicar programas de intervención validados. Que el trabajo se haga mejor o peor depende, en todo caso, de la inversión que la administración pública haga en estos recursos. Desde mi punto de vista, se podría mejorar mucho. Los colegas que intervienen con delincuentes juveniles necesitan más medios, más formación especializada y más reconocimiento social. Pero en todo caso, con el adolescente de entre 14 y 18 años que delinque sabemos lo que estamos haciendo y lo hacemos razonablemente bien.

¿Y la prevención?

Ahí estamos mucho más desorientados. Se hacen cosas: unas charlas aquí, una pequeña formación para los docentes allí, o una actividad del ANPA allá. Todo esto está bien, pero es insuficiente e ineficiente. En muchas ocasiones, son intervenciones puntuales, no sistemáticas y pobremente evaluadas. Podríamos aplicar programas psicosocioeducativos en los centros escolares que funcionaran de forma generalizada y continuada, para así permitirnos hacer una buena evaluación de su eficacia. Podríamos reivindicar la figura del profesional de la psicología en el centro educativo para coordinar estos programas y formar al personal docente. Podríamos tener educadores sociales haciendo trabajo con los jóvenes en los barrios. Trabajar con las familias más desfavorecidas para apoyarlas en la educación. Todo esto depende, lógicamente, de la inversión pública que hagamos en educación y servicios sociales.

¿Cada vez más jóvenes y violentos?

La delincuencia juvenil es un término que asociamos a la cometida por adolescentes. Penalmente, entre los 14 y los 18 años. De hecho, nos cuesta concebir que exista una “delincuencia infantil”. Lo que creo que estamos observando es una adolescentización de la infancia. Los modos de funcionamiento adolescente se inician en ocasiones incluso antes de la pubertad. La erotización a edades tempranas, la exigencia de popularidad, las dinámicas de exclusión dentro de los grupos de iguales, y un uso torpe de las redes sociales podrían ser factores que ayuden a entender el incremento de conductas violentas entre menores de 14 años. La actividad delictiva de los menores depende no solo de elementos psicosociales, sino de factores de riesgo individuales como son las experiencias adversas tempranas. Es importante prestar especial atención a la personalidad, dimensiones cognitivas, aspectos afectivo-emocionales, cuestiones relacionales y relacionadas con el contexto educativo.

¿Por qué aumenta la violencia sexual?

La causa detrás de un delito es siempre compleja. La tolerancia de las mujeres hacia las conductas sexuales no consentidas ha bajado mucho, y es una buena noticia. Las menores denuncian hoy situaciones que hace diez años no denunciarían por vergüenza, culpa o por desconocimiento. No hemos llegado donde deberíamos, pero hemos mejorado. Tenemos un marco legal nuevo que intenta proteger y facilitar la denuncia. Sí que se observa una banalización de la sexualidad en la población infantil y adolescente. La accesibilidad a la información sexual es mucho más amplia a edades más tempranas y eso puede generar una importante distorsión en el acercamiento de los más jóvenes si no los acompañamos en el proceso de convertir esa información en conocimiento y experiencia. Tenemos que trabajar mucho en materia de igualdad y de educación sexual. Y este es otro ámbito en el que hacemos algunas cosas más o menos puntuales, pero faltan programas completos, con continuidad, impartidos por profesionales con formación en sexología. Debería ser una apuesta a la que nos acercáramos sin miedo y con decisión. De momento, parece estar más en los papeles que en la realidad cotidiana de las aulas, salvo honrosas excepciones.

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