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Esposa, hija, novio y sicario se sientan mañana en el banquillo de la Audiencia, y así durante cinco días para ser juzgados por el asesinato del patriarca familiar Bernardino Pousa, el 11 de septiembre de 2011.
Las diligencias por el asesinato del chófer verinense conforman un sumario trufado de sentimientos encontrados y vilezas que han sobrevivido al tiempo pero con un recorrido particular por cada uno de los protagonistas: amor, desamor, celos, rencor, venganza, codicia ..., todo ello aderezado de incoherencias varias y hasta alguna pincelada de bravuconería.
Las acusaciones están convencidas de que la mujer de Pousa, Dolores Álvarez, de quien estaba separado desde agosto del 2009; su hija, Ángeles Pousa, y el novio de ésta, Alberto Vázquez, concibieron un plan para asesinar a un esposo que se paseaba con otra pareja por Verín y a un padre bravo que no empatizaba con el novio de la hija y amenazaba con cortarles el grifo. Para ello, Alberto contactó con un matón a sueldo, el portugués Ilidio Magalhaes, alias 'El Cobra', dispuesto a 'hacer desaparecer' por 6.300 euros, dinero que, tal como asegura el ministerio fiscal, salió de la cuenta corriente de la esposa.
La solidez del acuerdo que, según las acusaciones convinieron los cuatro, se tambaleó nada más traspasar la puerta del juzgado tras ser detenidos a finales de noviembre de 2011. Más aún, se resquebrajó cuando entraron en la cárcel. Madre e hija, por ejemplo, se han distanciado hasta el punto de no querer compartir letrado.
Alberto Vázquez primero reconoció que todos acordaron dar un 'susto', que no matar, a Bernardino Pousa. Después, ya en prisión, escribió una carta para asumir toda la responsabilidad y exculpar a su entonces novia y la madre de ésta. La versión que dará mañana es toda una incógnita.
Su abogado, Jorge Temes, niega que Alberto acordara la contratación de un sicario para matar a Pousa. 'Las relaciones con éste último no eran buenas, pero en ningún caso pueden considerarse como móvil para perpetrar las acciones de las que está acusado', explica en su escrito de defensa. El letrado atribuye a la debilidad de carácter de su defendido -'fácilmente influenciable y manipulable'- sus declaraciones ante la Guardia Civil y en el Juzgado.
El propio sicario reconoce que fue contratado para agredir a la víctima, quien opuso resistencia, pero que él no la mató (alude a un tercero sin identificar como ejecutor de los 16 golpes en la cabeza) mientras que Dolores Álvarez y su hija niegan cualquier tipo de implicación. La primera, porque no tenía el ánimo para tales encomiendas ya que pasaba por una fuerte depresión al ver a su marido con otra mujer. En su defensa hará valer que la relación con su esposo no era tan mala como la pintan: Bernardino tomaba café con ella a menudo; se llamaban por teléfono y hasta habían comprado a medias dos cerdos para la matanza de ese invierno.
Pero las dos acusaciones particulares, la que representa al exmarido de Ángeles Pousa, haciendo valer los derechos de sus hijos -nietos del fallecido- y el hermano de la víctima, creen que los tres tenían motivos espúreos para matarlo. Ángeles y Alberto porque Bernardino pretendía echarlos del piso que les había dejado para vivir y Dolores porque su esposo le había pedido el divorcio y ella se oponía. Para ello, dan importancia capital a una frase que ella le dijo a una amiga en julio de 2011: 'A chulería de Bernardino se lle vai acabar moi pronto cando lle fagan o pescozo e o leven para Escornabois' (su lugar de nacimiento).
El trasunto del asesinato de Bernardino Pousa en la cochera cuando acaba de regresar de un viaje a Vigo -trabajaba en Autocares Guerra- se irá desvelando a lo largo de toda la semana. El juicio, que comienza mañana a partir de las 09.30 horas con la selección del jurado popular, también desvelará la ardua investigación llevada a cabo por la Guardia Civil de Verín, que solicitó al juez instructor autorización para instalar micrófonos ocultos (una técnica poco empleada) en la furgoneta que utilizaba Alberto y el Audi de su entonces novia, dado que las conversaciones telefónicas apenas desvelaban nada. Esas escuchas y todo lo demás forman parte de los 2.800 folios de un crimen imperfecto. Incluido el sicario.
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