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Deambulando
Nos tocó esta vez, la tantas veces retomada ruta por el castro de Lás, San Trocado y Ourantes en una distendida, matinal y soleada marcha, que de tan placentera, tiempo hubo de conversación pero no de introducirnos, por escasez de tiempo, en la cidá de San Cibrao de Lás, que el nombre toma del pueblo más próximo, o viceversa que se relaciona con el castro de Lambrica.
Como salidos a sol pleno, pero que todavía no permitía desabrigos, fuimos de tan placenteros por el lugar donde desembarcados, junto al parroquial templo de Ourantes, distante del pueblo como a más de mil pasos, que por solitaria, en tiempos debió fortificar con torreones su rectoral casa y por tal la de morada del párroco, que por diestros (fincas) debería tener unas cuantas, se supone.
Caminamos por la ladera oriental del castro de Lás, a cubierto de cualquier solar rayo por la frondosidad de los carballos y pinos por entre amurado vial, que camino de carros en su día, llevaba de Ourantes a Torre a donde llegados no vimos la tal, que el topónimo a algo obedece, ni a bicho viviente o humano ambulante o soltomante, así que continuamos por la norteña ladera del castro entre el fugaz canto del arrendajo, del género garrulus glandarius, y por ese nombre conocido por esconder bellotas que no siempre encontrará; el gaio como por acá se denomina ese córvido que con su graznido al vuelo o en reposo pone en alerta a las animales poblaciones de que irrupción de intrusos. Vamos pisando bellotas y a uno le escama que no sean pasto de tantos jabalíes como pueblan el agro, dicen que medio millón en Galicia; algún acompañante me informa que estas bellotas por ser acres, no apetecibles como las de las dehesas castellanas o extremeñas. Pasando a la vera casi del edificio del centro de interpretación del castro, un autocar de escolares nos llama la atención. Pasamos como quien va de soslayo, que de tantas veces visitado por todos ni el menor deseo hubo de introducirse en sus murallas por el oeste. Andrade fue la segunda aldea atravesada y en sus aledaños una vecina en años, de más rasgos escandinavos de los que por aquí nativos, fue interpelada si íbamos en la dirección correcta hacia el alto del San Trocado, que por varias transformaciones lingüísticas como Torcado, Torcuato, Trocao, para quedarnos o dar por más aceptado el de Trocado. La humedad, allá donde la umbría más patente se hacía, presidiría nuestro tránsito hacia la cima de este monte que destaca en el paisaje como identificador, donde el pino repuebla sus laderas, salvo la sureste, la que cae al poblamiento de Barbantes-Estación, recientemente talada. En lo alto se hallan restos de un castro que según Cuevillas y Bouza Brey pertenecerían a una antigua ciudad de Lambrica. Por mediados de mayo el santo tiene festividad en esta capilla de principios del XVIII, pero tal vez sobre cimientos de otra anterior. Como todo lugar que se precie, leyenda tiene: la de una serpiente que puede desencantarse cogiendo la flor de su boca para convertirse en hermosa doncella, que se enamorará del valiente desencantador. ¿Quién osaría tal cosa?
Fue como arribar a donde una capilla y un inutilizado vértice geodésico y casi oculto por las frondas del carballo a donde treparía el más aguerrido de la tropa para pronunciar, alzado en el mismo, delgado y acimentado cilindro, si audiencia tuviese, una encendida arenga que podría dejar en entredicho, por su vehemencia, a las del mismísimo conde de Mirabeau, ese tribuno de la Revolución Francesa que tanto sobresalía en la Asamblea de los Estados Generales.
Por pista y siguiendo una línea de alta tensión, sin foresta bajo ella como preceptivo, accedimos más abajo en dirección Ourantes (que de oro le viene el topónimo, porque en las faldas que al Miño se ladean, explotaciones mineras como las de Oira) en varios núcleos dividido, entre los que Barrio en la inferior parte. Hallándonos como saboreando unos ya mustios higos, percibimos a la entrada oeste de la aldea, a dos canes de fiero aspecto, montados en articulado remolque de un tractorcillo, que por ahí o aquí matraquillo se dice, ladrantes, más moderados por el amo conductor que de inmediato nos diría que unas cuantas casas a la venta en la aldea, cuando más atención a estanque de exóticos peces que, acaso no pasen la invernía, pensamos. A la vista de un grande y hueco, por vaciado en su interior, caserón, que escudado pareciere, mas no lo era, no obstante la reciedumbre de sus muros, con vistosas balconadas y portadas. A unos pasos, palabras de introducción y despedida a vecino de aventajada estatura al cuidado de agrícola maquinaria, y a una vecina que se iba a paso vivo, fueron los únicos vistos, con el del matraquillo o carriplana, a esas horas de un cálido que no tórrido sol de mediodía. Degustamos unas manzanas más abajo, con ramas a camino público, que denotan que los frutos en las aldeas o no se aprovechan por abundantes o por falta de unos hábitos más carnívoros que frugíferos. Nosotros mordisqueamos alguno de grato sabor, por sazonado sino por el sol y no madurado en cámaras, y como no tratado, ecológico. Y así cuando la hora del almuerzo atisbaba, nos dispusimos al motorizado retorno, aunque a un par de caminantes del sexteto que componíamos, deberían de ferverlle as potas, por la prisa y ahorro que se dieron en el caminar, mientras nosotros de más reposo y conversación encaminamos nuestros pasos entre viñedos y frondas por entre el frescor que la umbría proporciona en estos días de matinal rocío.
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