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El periodista Miguel Ángel Villena revela el lado humano del presidente de la II República en la biografía, 'Ciudadano Azaña'
Para Miguel Angel Villena, la proyección de Azaña, siete décadas después de su fallecimiento, oscila entre el insulto, el desconocimiento y los tópicos. 'La dictadura franquista intentó trasladar la imagen de Azaña como la de un monstruo despiadado y de un tipo sin corazón y vengativo cuando él era un tipo afable, culto y poco radical. Fue un gran reformista, pero nunca un revolucionario', advirtió Villena, para quien la España democrática 'no ha rendido todos los honores que merece un político que dedicó su vida entera a una causa justa'.
'Fue uno los pocos intelectuales españoles, que sin pretender el poder, se vio en primera fila. Fue un intelectual que hizo política y alguien que puso siempre la ética por delante de la política', alegó Villena y recordó que nunca traicionó sus principios y tuvo un gran sentido moral del ejercicio de la política.
'Manuel Azaña nunca fue un extremista ni en la política ni en la vida, sino más bien un moderado, un burgués liberal pero ejerció como radical a la hora de acudir a la raíz de los problemas e intentar extirpar aquello que considerara injusto, opresivo o despótico'.
En este sentido, Miguel Ángel Villena indicó, en una entrevista con Europa Press, que para la 'talla e importancia' que tiene Azaña, su biografía es 'muy poco conocida y sobre todo su faceta como escritor', alegó este historiador, quien ha rastreado archivos, memorias y libros para descubrir su lado más humano.
AMANTE DEL TEATRO Y LA SIERRA
Así Villena nos descubre a un Azaña afable, cabal, ceremonioso, discreto, un tanto pesimista, gran aficionado a los paseos por la sierra, apasionado del teatro, con una inequívoca vocación política y literaria y con un punto misógino.
De hecho Azaña no acudió a la votación parlamentaria de 1931 donde se decidió incorporar a la Constitución el sufragio femenino e inluso manifestó su antipatía por las tres diputadas de las Cortes Republicanas constituyentes: Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken. Pero sí admiró y mucho a Dolores Ibarri, subraya Miguel Ángel Villena en esta biografía.
Pero lo que más le ha llamado la atención a Villena de la personalidad de Azaña, era su capacidad de ser 'sociable', y a la vez, poder ser un gran amante de la soledad. 'Valoraba mucho el estar solo y también le relajaba mucho pasear por la naturaleza', indicó.
En este sentido, recordó su pasión por El Escorial en donde pasó gran parte de su infancia y explicó que, incluso cuando era ministro, se escapaba a cenar con algunos amigos hasta allí en pleno invierno. 'También me ha sorprendido mucho que fuera un gran trasnochador y que le gustaba poco madrugar', agregó.
'DEMASIADO INGENUO'
Entre sus errores, Villena reconoció que Azaña fue 'demasiado ingenuo' políticamente. 'No valoró lo suficiente la reacción que podía tener la derecha española frente las reformas, y por otra parte, pecó un poco de blando o de cobarde a la hora de tomar una serie de medidas. Pero todo deriva de esa condición de intelectual que entra en política', explicó.
Entre sus virtudes, subrayó su talla 'magnífica como orador' porque era capaz de estar hablando dos o tres horas 'sin papeles'. 'Intervenía en el Congreso sin papeles, y eso en aquella época, al pueblo llano le admiraba mucho. De hecho, en los años republicanos, sus discursos se trasmitían por la radio en directo', resaltó.
Además, recordó que Azaña abanderó la gran reforma militar y religiosa que se hizo en España a en el siglo XX para intentar equipararla con las democracias occidentales. 'Quería devolver la primacía al poder civil y que el Ejército y la Iglesia ocuparan el lugar que le corresponde', agregó.
EL EJÉRCITO Y LA IGLESIA
Así Azaña fue un hombre adelantado a su tiempo, 'que consideraba que el Ejercito y la Iglesia en España respondían a una visión antigua y eso le llevó a ser una persona odiada por todos los sectores del país'. 'Le hincó el diente al Ejército y situó a los militares en su sitio'. 'Él toca los dos pilares intocables de lo que era la España tradicional y esto lo convierte en un personaje muy odiado por la derecha'.
Además, subrayó que su figura política eclipsó a su figura como escritor. En este sentido, alegó que 'La velada en Benicarló' es una obra clave, escrita en mitad de la Guerra Civil, que incluye gran reflexión sobre la contienda y que además sirve para entender el carácter de los españoles, su forma de ser, o la historia. 'Es una obra que si yo fuera ministro de Educación, la recomendaría que la leyeran todos los estudiante de Secundaria', confesó Villena.
En esta misma línea, recordó que Azaña recibió en 1926 el Premio Nacional de Literatura por una biografía de Juan Valera. 'Para que veamos su talla, antes de entrar en política, le dan el Premio Nacional de Literatura'. 'Si no hubiera tenido una trascendencia como político, su obra literaria sería más estudiada y apreciada, pero el político acabó eclipsando al escritor', insistió.
Miguel Ángel Villena (Valencia, 1956), licenciado en Historia Contemporánea, se dedica al periodismo desde su juventud. Tras colaborar con medios valencianos, ingresó en 1986 en El País, donde ha ocupado diversos puestos en las secciones de Internacional y Cultura. Ha publicado 'Españoles en los Balcanes' (1998) y dos biografías 'Ana Belén' (2002) y 'Victoria Kent' (2007). En la actualidad trabaja como asesor en la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional del Ministerio de Asuntos Exteriores.
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