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LOS LIBROS QUE LEO
Si no tenéis “El entenado” (Rayo Verde, 2018) de Juan José Saer en vuestra colección de novela, os falta un volumen esencial y extraño. Es uno de esos libros cuya belleza deja al lector en una especie de parálisis. Su inmersión en la conciencia humana, sobre todo en esa porosa frontera que separa el bien del mal, nos deja con un largo formulario de preguntas, y apenas un balbuceo de respuestas.
Su historia es engañosamente sencilla: un grumete de quince años enrolado en una expedición a las Indias, se convierte en el único sobreviviente de una matanza perpetrada por los indios colastinés en lo que hoy sería el Río de la Plata, Argentina. Luego de ser extrañamente respetado en su integridad por aquellos cazadores de hombres, presencia un festín caníbal que se repetirá con cierta frecuencia durante diez años, hasta que después el veleidoso azar le trae de regreso a España.
Lo que parece espectacular, sobredimensionado, propio tal vez de un argumento cinematográfico, lo extrajo Saer de un pasaje de la “Historia argentina” de José Luis Busaniche en que las peripecias antes referidas pertenecieron en verdad a un marino español llamado Francisco del Puerto, miembro de la expedición de Juan Díaz de Solís a tierras australes en 1516. Sin embargo, y he aquí uno de los mayores encantos de la novela, todos los datos que puedan extraerse en función de lo real, se construyen a partir de la inferencia, porque nada de ello es esclarecido o medianamente insinuado por el narrador.
En toda la novela, apenas un nombre propio resplandece por sí solo: el del padre Quesada, el fraile que ha enseñado a leer y escribir a este muchacho para quien el reencuentro con Europa ha resultado más incomprensible y hostil que aquel con los colastinés
No hay fechas, ni nombres propios. Juan Díaz de Solís no es el flamante hombre de mar que harta fama tuvo en sus días, sino simplemente, “el capitán”. Los “indios”, únicamente se distinguen entre sí por sus acciones o comportamientos, solo aparece respecto a ellos una palabra que a su vez los relaciona con el narrador: “Def-ghi”, un apelativo chillón que usan para referirse a él y cuyo enigma solo va a ser propuesto al lector en las últimas páginas de la novela. La manera en que aparece concebido el cuerpo narrativo es también una evidencia a favor de su singularidad: no hay separaciones por capítulos ni espacios interiores que delimiten unos elementos de otros, se trata más bien de una estructura continua que parece ser el cauce del río ante el cual permaneció absorto el protagonista durante diez años tan fecundos como preñados de asombro.
En toda la novela, apenas un nombre propio resplandece por sí solo: el del padre Quesada, el fraile que ha enseñado a leer y escribir a este muchacho para quien el reencuentro con Europa ha resultado más incomprensible y hostil que aquel con los colastinés. No hay en esta novela una “reconstrucción” propiamente. Lo importante no es el escenario, sino lo que ocurre en él. Se trata de una exploración de esa soledad esencial a la que estamos sometidos todos, de una experiencia con el lenguaje sutil y transformadora. Las inclemencias de la vida real serán más comprensibles y aceptables para quien decida vivir un puñado de horas en el interior de estas páginas.
Juan José Saer (Argentina, 1937-2005). Consolidó una de las estéticas más rigurosas y singulares de la literatura en español del siglo XX. Su obra explora la relación entre la memoria y el lenguaje a través del paisaje del litoral. Entre sus libros destacan El entenado (1983) y La ocasión (1987).
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