SEGUNDA FEDERACIÓN
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Entrevista
Chus Lago (Vigo, 1964) es una referencia del deporte español por ser la primera española en subir al Everest sin oxígeno (1999) o ser el primer español en llegar al Polo Sur en solitario (2009). Pero lejos de hitos es otras muchas cosas. Afincada en EEUU desde 2019, ha publicado su sexto libro, "El espejo de hielo", que funciona como una autobiografía de recuerdos a través de montañas y desiertos polares.
Fue pionera narrando sus viajes con las nuevas tecnologías.
Y fíjate que nunca me ha gustado radiar en directo... pero cuando tienes patrocinadores debes hacerlo. En la Antártida me cerré y solo hablaba con un enlace, un poco por no salir de la aventura.
¿Fue esa expedición la más pura?
Brutal. Dos meses sin ver a nadie. Dura y maravillosa al mismo tiempo. Cuando acabas ya no queda nada por descubrir de uno mismo. Es increíble. Tuve otros momentos así: en el libro no cuento en el 90% de las veces en qué montaña estoy, la clave son esas sensaciones.
Tras ganar el premio Desnivel, explicó que tras cinco libros de hechos deportivos, este fue como una vuelta hacia sí misma.
Sí, había cosas sin contar que me apetecía. Y sobre todo, después de una vida deportiva, ¿qué te queda? En mi caso no es un listado de cimas y de galardones. Confieso que los tengo en un cajón, se agradecen muchísimo pero no es lo que quiero recordar. Sí el cariño de la gente, el aprendizaje. ¿Una valoración deportiva? Es pobrísimo, solo vanidad. Quería recoger los momentos que no tienen que ver con eso: la cima después de la cima.
"El espejo de hielo" al final son círculos: de su infancia al hoy, de la montaña a su interior...
He descubierto que cerrar círculos es importante, en línea recta caminamos fatal. He tenido círculos muy cerrados, el Everest: siete años hasta que llegué a la cima. En el medio un montón de ensayos que hicieron "clic" en la cumbre, lo escuché. Lo mismo que el de la Antártida: llegué a un sitio por el que estuve corriendo toda mi vida.
Funciona como una recopilación de estados mentales.
Sí. La única forma de soportar los vientos más poderosos, tirar de un trineo que dobla tu peso... es estar mentalizado. Hablo del estado mental porque se construye, como el bíceps. Una expedicion no es un lugar al que ir. Es un proceso: hay que currar, fracasar, levantarse...y vale lo que seas capaz de trascender.
Explota ese potencial de la montaña para crear metáforas.
Una expedición también es vivir una vida entera. Si todo eso no tiene trascendencia en tu rutina... ese viaje ha sido en vano. Sacas conclusiones bestiales, por eso luego cuando vuelves a casa parece que tienes 90 años. Dices: "Joder, qué infantil es todo", te vuelves como un viejo filósofo. Luego coges la tarjeta y corres a comprar, si no te quedas fuera del sistema. Pero la montaña es una lupa para tu vida.
Tener un horizonte, ¿no?
La gente más feliz es la que tiene cosas que hacer. Lo vi en la Antártida: un día me quedé parada, no estaba cansada pero no podía moverme. En el desierto polar no hay nada y mi cerebro estaba embotado, parece que no te mueves. Como la pandemia. Necesitamos saber dónde vamos. ¿Qué hice? Me proyecté en el futuro. Voy a hacer esto y esto... sobre todo comer, ¿eh? Hacía proyectos, cocinaba, abría cajones... La pandemia la llevé bien, embarazada y escribiendo. En paz.
¿Cómo convive con la literatura?
Con 14 años leía poesía. Llegar al Courel y recitar a Novoneyra sola: "Courel dos tesos cumes que ollan de lonxe!/ Eiquí síntese ben o pouco que é un home". Pimentel, Fole...Hoy la poesía sigue conmigo.
Se aprecia el poso de la infancia.
Empecé con 11 años, las aldeas estaban llenas, dormías en las casas de los vecinos, en las palleiras, esos olores... Era maravilloso. Tuve unos monitores de montaña -Antonio Veiga, Chito Veiga, Cholo...- aprendíamos a ver el mundo con otros ojos; hoy no soy capaz de escribir sin hablar de ellos. Vivir la montaña en Galicia me hizo sentirme en casa en Perú, Bolivia o Kenia. Por cierto (cambia el tono). Leí la cantidad de parques eólicos que quiere hacer la Xunta. Eso es la destrucción absoluta de nuestros montes. Es horrible, no duermo. Estoy a punto de coger un avión y ponerme de rodillas delante de Feijóo, le voy a escribir una carta. Es como borrar un mundo: no estoy en contra de la eólica, pero hay sitios (...)La sociedad avanzó. ¿La energía más limpia? Hombre ya, no te jode. Se me acaba la poesía.
Justo ocho años después de alcanzar la cima del Everest, tenía planeado salir a Groenlandia y acabó en las listas de Abel Caballero. ¿Otra expedición?
Totalmente. No fue el único partido que me lo propuso. No era socialista, pero era al que más me acercaba ideológicamente. Es un honor trabajar por tu ciudad (fue edil de Medio Ambiente en Vigo entre 2007 y 2019). Duro pero muy bonito. Otro círculo cerrado.
Rosa Montero la definió como una “chiflada maravillosa en el camino de la aventura".
La maravillosa es ella... hace veintitantos años me hizo un artículo, vino a mi casa. Fíjate, me dio un premio la Sociedad Española del Dolor. Yo hacía expediciones con los pies que tengo -cavo 3-. Produce mucho dolor, nunca pensé que nadie lo entendiese. Pero Rosa me los vio y preguntó: "¿Y esos pies?". Y habló de eso. Le agradezco mucho a ella, o a Cristina Morató. Mujeres que van por delante, que saben lo que cuesta ser mujer en el deporte.
¿Ser mujer le ha obligado a escapar de categorías y clichés?
A veces te ves en la prensa y dices: "Yo no soy así". Y cuánto tienes que pelear para defender tu puesto...
¿A un hombre se le pregunta tanto por su paternidad?
Después de todo lo que he hecho, tener que justificar que tenga un hijo a los 55 años... lo tengo porque quiero y porque puedo. En montaña me decían: "No tienes hijos porque no quieres. Yo tengo tres". Ya, pero el que estás aquí eres tú y no tu mujer. A ver qué opina ella.
No tiene cartílago en las rodillas. Y dijo: “Es curioso que entre todos los problemas que me exponían para no hacer una expedición nunca estuvo lo físico".
El dolor lo integré en mi vida. Esta anécdota nunca la conté pero ahora al recapitular... con 33 años estaba de baja. En la mutua me decían: "Tienes las rodillas fatal, te vamos a operar". Fui a la Seguridad Social. Salió el médico con la cara desencajada y me dijo: "Tú no puedes trabajar en un gimnasio, no puedes ir de expedición. Vas a acabar en una silla de ruedas, no vas a tener una vida normal". Subí al Everest tres meses más tarde, la última expedición fue en el 2019 y mi hijo nació en 2020. Tenía razón, no tuve una vida normal. Nadie supo que bajé montañas llorando de dolor. Estaba asumido: subir era una maravilla, bajar era terrible. En 2005 dije que tenía que hacer desiertos polares, no podía más. Tengo lo que tengo, no puedo correr un maratón pero sí caminarlo.
¿Cuál es ahora su horizonte?
Me gustaría seguir escribiendo y que me editen. Y las conferencias. Me veo por el mundo: trabajando así puedes estar en cualquier parte. Por el empleo de mi marido, si tenemos que estar en Grecia, en Grecia. España, pues España.
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