Támara Echegoyen, una pionera en la borrasca

CAMPEONA OLÍMPICA

La ourensana Támara Echegoyen fue parte de la primera tripulación femenina en dar la vuelta al mundo a vela sin escalas

La regatista olímpica ourensana, Támara Echegoyen, se emplea a fondo mientras el sol la observa desde el horizonte.
La regatista olímpica ourensana, Támara Echegoyen, se emplea a fondo mientras el sol la observa desde el horizonte. | Europa Press

Habían pasado 57 días, 21 horas y 20 minutos. Casi 26.000 millas náuticas -40.000 kilómetros- quedaron atrás, con temporales, diluvios, vientos de hasta 50 nudos, olas de 10 metros y diferentes averías. Todo eso ya no importaba. Támara Echegoyen y sus siete compañeras habían hecho historia. La primera tripulación 100% femenina en dar la vuelta al mundo sin escalas ni asistencia ya era una realidad. “The Famous Project CIC” cumplía su objetivo frente a la Bretaña francesa tras completar el recorrido del Trofeo Julio Verne. Y allí, en una nación celta, una hija de Breogán volvía a hacer historia en la vela gallega y española -campeona olímpica, mundial y europea- a lomos de la borrasca Ingrid -cómo no, con nombre de mujer-, que empujó al maxi trimarán “Idec Sport” en el último tramo.

“Crear un referente que permita abrir más puertas a las mujeres en el mundo oceánico es importante y me siento muy orgullosa”, explica días después, ya en casa, la canterana del Náutico, que ha vuelto a abrir un camino. “Una de las cosas más importantes es demostrar que somos capaces de hacerlo”, enfatiza. “Pero, para lograrlo, hace falta la oportunidad. Primero, para entrenar y adquirir conocimientos. Luego, para poder aplicarlos”, advierte Echegoyen. “Hay que tener claro que nada se consiguió viniendo de la nada. Sin entrenamiento, sin inversión, sin tiempo”, destaca. Por eso, agradecida por formar parte de un hito así, deja clara su prioridad. “Dar visibilidad y crear oportunidades para que las mujeres puedan encontrar su lugar en la vela oceánica es un orgullo para mí. Ojalá que mi ejemplo sirva a la gente para que luche por lo que desea”, añade.

Tras esos dos meses alrededor del planeta, Támara tuvo casi dos semanas más de compromisos promocionales y mediáticos. “Ahora necesito descansar”, proclama con su habitual buen humor, pero sin dejar de contar con pelos y señales una experiencia que la llevó a bajar todo el Atlántico hasta el Cabo de Buena Esperanza y navegar desde ahí por el Índico y el Pacífico Sur hasta el Cabo de Hornos -”pasarlo fue mágico”, recuerda-, para volver a casa.

La pontevedresa formó parte de una tripulación de ocho mujeres y siete nacionalidades, patroneadas por la francesa Alexia Barrier y sometidas a “un estrés continuo en un espacio muy pequeño” durante tanto tiempo. “Son proyectos que acercan a las personas que los afrontan. Se dan situaciones límite, en las que sabes que la forma de seguir adelante es la confianza”, proclama Echegoyen, que tiene clara que “la empatía es una de las herramientas que debe tener un regatista oceánico” para convivir todos esos días. “La profesionalidad con la que trabajaron mis compañeras es de admiración”, subraya.

De no ser así, este reto no se habría logrado. Le sucedió al proyecto encabezado por la británica Tracy Edwards en 1997, que se tuvo que retirar frente a Nueva Zelanda. Támara y sus compañeras lo consiguieron por sus predecesoras y por sus sucesoras. Pero, sobre todo, lo consiguieron por ellas. Y eso que la travesía se empezó a torcer en el Cabo de Buena Esperanza. Allí se averió la pieza que controla el cambio de la vela mayor. “Se desvanecieron las esperanzas de conseguir buen resultado”, reconoce Echegoyen, que tuvo que masticar “esos sentimientos de frustración e impotencia” junto a sus compañeras. “Habíamos hablado de récords de velocidad y resultados, pero también de lo importante que era acabar para marcar una referencia. Solo quedaba apretar los dientes y tirar hacia adelante”, recuerda.

El chip mudó. Lo principal ya no era lograr un buen tiempo. Solo importaba terminar. “Da igual lo que tarde, pero yo termino esta regata”, recuerda haber pensado la única española a bordo. El problema es que aún quedaban más sinsabores. Después de muchos días luchando y de que la vela mayor empezase a resquebrajarse, el barco no pudo adelantarse a Ingrid, una de las muchas borrascas que han pasado por agua todo 2026 y que se interponía en su camino hacia la meta en medio del Atlántico. “Habíamos decidido parar a resguardo de las Azores para evitar más roturas porque el barco no estaba trabajando con normalidad. En ese tiempo de espera se rompe la mayor. Fueron unos segundos de sentir que igual no podíamos terminar”, rememora Echegoyen, que siente orgullo por la reacción colectiva. “Fue duro porque solo quedaban 1.000 millas y se te pasa de todo por la cabeza. Pero al ver las caras de mis compañeras se marcharon las dudas y conseguimos acabar”, explica la campeona olímpica en 2012 y abanderada española en 2024.

En ese logro, tuvo un papel preponderante la misma dificultad meteorológica que, inicialmente, amenazaba con terminar con su sueño. “Hubo tres planes de acción y uno de ellos fue meterse en la borrasca y aprovechar las condiciones. Aunque fueran extremas, eran las únicas que nos permitían atravesar la línea de llegada”, comenta con toda naturalidad. Y así fue. Impulsadas por la “compañera” Ingrid, las otras ocho mujeres llegaron a puerto. “La borrasca de la que nos íbamos a resguardar fue la que nos hizo cruzar la meta”, subraya Támara, que guarda para siempre en su corazón ese momento. “Fue el más gratificante. A veces, no necesitas nada más que tu satisfacción personal para sentirte feliz”, confirma con orgullo Echegoyen, de nuevo pionera y de nuevo abriendo caminos. A través de una borrasca. A través del mundo.

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