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El 2 de abril de 2025, se representó en los jardines de la Casa Blanca el “Día de la Liberación”. Donald Trump se presentó ante el mundo anunciando los aranceles (recíprocos y universales) que gravarán a “todos los socios desleales” que, en sus palabras, durante décadas causaron el gigantesco déficit comercial estadounidense y “robaron un sinfín de puestos de trabajo americanos” (6,6 millones, según sus cálculos).
Prácticamente a la misma hora, la Oficina Ejecutiva del Presidente difundía la fórmula matemática con la que los aranceles recíprocos habían sido calculados.
A juzgar por la reacción a la baja de los mercados y la estupefacción de algunos analistas, el listado de países afectados y la cuantía de los aranceles ha ido más allá de lo inicialmente esperado. Entre los damnificados, aparecen pequeños territorios despoblados o islas habitadas por pingüinos y focas. Y las exportaciones de países pobres y subdesarrollados, como Lesoto, Irak, Bangladesh o Madagascar, se encuentran entre las más afectadas por los nuevos aranceles.
Más allá de lo anecdótico o sorprendente, el principal problema del listado presentado por Trump no es solo que muy probablemente fracase en su objetivo declarado de acabar con el déficit comercial estadounidense, sino que, de aplicarse, tendría graves consecuencias para la economía de EE.UU.
¿Cuál es el sentido económico del anuncio del día de la liberación de la economía estadounidense? Probablemente, la respuesta esté en las declaraciones del día siguiente: Trump está dispuesto a reducir los aranceles a cambio de conseguir algo “fenomenal” para Estados Unidos.
Ese algo podría adoptar formas distintas en función de lo que pueda ofrecer cada país: acceso a recursos naturales, a nuevos mercados, rebajas de impuestos, regulaciones más laxas. O la apreciación del yuan, con lo que se podría frenar el auge económico chino y favorecer que Estados Unidos mantenga su posición hegemónica en el mundo.
No parece factible que una economía cercana al pleno empleo y con un presidente que amenaza constantemente con deportaciones masivas de inmigrantes tenga capacidad para expandir su producción hasta el nivel que se requeriría para reducir el inmenso déficit comercial estadounidense
Aunque Trump sea impredecible y no se pueda saber con seguridad qué acabará pasando, a día de hoy la hipótesis de la negociación es la más probable y racional. Sin embargo, si se confirmara que los anunciados aranceles de la liberación buscaban realmente acabar con el déficit estadounidense y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, el presidente Trump haría bien en recuperar la frase “You’re fired!” (“¡Estás despedido!”) que popularizó en su reality, The Apprentice, y despedir a sus asesores económicos.
Las razones que apoyan la tesis de que los aranceles no cumplirán el objetivo esperado por el gobierno de EE. UU. son varias:
Aunque un arancel pueda restar competitividad a los productos textiles procedentes de Bangladés eso no implica que los trabajadores estadounidenses vayan a aceptar reducir sus salarios hasta el nivel de hacer competitiva la producción nacional de esos mismos productos.
Incluso si las empresas que en su día deslocalizaron su producción volvieran a EE. UU., no parece factible que una economía cercana al pleno empleo y con un presidente que amenaza constantemente con deportaciones masivas de inmigrantes tenga capacidad para expandir su producción hasta el nivel que se requeriría para reducir el inmenso déficit comercial estadounidense.
En una economía como la de Estados Unidos es mucho más probable que el encarecimiento general de las importaciones conduzca a un aumento de las tensiones inflacionistas, a la contracción del PIB y al ensanchamiento del déficit que pretende resolver, que a una sustitución masiva de importaciones.
Otro gran problema de esta propuesta arancelaria tiene que ver con la fórmula utilizada para su cálculo. Según el comunicado de la Oficina Ejecutiva del Presidente, el arancel recíproco es aquel que es “capaz de eliminar por completo el déficit bilateral con cada país” y se calcula dividiendo entre dos la ratio entre su superávit comercial con Estados Unidos y sus exportaciones a Estados Unidos.
No obstante, a pesar de la apariencia científica que se ha querido dar al cálculo de los aranceles, sus errores e inconsistencias le restan validez como fundamento teórico porque:
No parece que la nueva política estadounidense de comercio exterior vaya a poder cumplir con sus objetivos de acabar con el déficit y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Parece más probable –y en ese escenario se han puesto ya los analistas de, por ejemplo, JP Morgan– que esos mismos ciudadanos vayan a terminar pagando enormes costes en términos de inflación y contracción del PIB por la guerra arancelaria lanzada por su presidente.
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