Adiós a Alberto Sierra Carrasco, cirujano de profesión y vocación
OBITUARIO
Alberto Sierra Carrasco ha fallecido a los 93 años este domingo.
Nacido más de noventa años ha en las vinícolas faldas que desde Cenlle caen a Trasariz, dentro de los muros de una noble casa en esa aldea de Sadurnín, juntamente con otros once hermanos, Alberto Sierra fue ese reconocido cirujano de vocación como en su esquela figura, una vocación que le llevó a las universitarias aulas de la Facultad de Medicina donde, una vez licenciado, no se lo pensó dos veces cuando su amigo el doctor Muleiro lo invito a compartir el ejercicio de la medicina en la por entonces Guinea Española. Allá se fue para pasar cuatro años en una consulta privada en Río Benito, en su misma desembocadura, una pequeña ciudad que da acceso a la casi inaccesible selva ecuatorial. Más de 1.000 operaciones lo avalan, una diaria, y en el ejercicio de la medicina interna recibiendo a mas e medio millar de personas que a él acudían porque realmente pacientes pocos más de cien, pero como acompañados de toda la prole pues aquello se convertía en un consultorio inacabable donde todos eran pacientes.
Sierra tenía ese ojo clínico y la respuesta adecuada para cada mal. No se limitaría a aplicar sus conocimientos en la clínica privada, operando en la pública, sino que unas cuantas veces río arriba remontaba el Benito para atender a los pacientes que lo precisasen arrostrando las miríadas de mosquitos y todos los peligros de un río caudaloso. Antes, en el sanatorio Valcárcel conoció a la que sería después su esposa, Pilar. Él ayudaba a Valcárcel y ella había hecho enfermería en Valdecilla. Se casaron por poderes estando él ya en Guinea y a su vuelta se incorporó a la residencia -aún en Progreso- y al “18 de julio”.
Sierra retornó a nuestra ciudad para ejercer su profesión en la sanidad publica donde creó escuela por sus intervenciones médicas compaginando el ejercicio de la pública con la privada en el sanatorio que estableció con Daniel Romero al final de la avenida de La Habana. Era Alberto ese cirujano especialista en todo tipo de operaciones en las que su maestría y alumnos se ponían a prueba, dejando escuela en varias promociones que por el CHUO fueron pasando.
Hace un par de años nos paramos de conversa en el Paseo Barbaña donde él a diario daba sus caminatas ya cumplidos los noventa, de una vida que estiró profesionalmente. Con agilidad impropia en sus años y una lúcida mente Alberto aún nos contaría las peripecias de sus años infantiles y mozos allá por el entorno de los muros de su casona familiar y de su aventura africana.
Nuestras condolencias para su esposa Pìlar y sus seis hijos Pilar, Carmela, Salomé, Myriam, Alberto y Raquel, que quienes mejor, preservarán el legado de un padre referente, por avanzado en su especialidad de cirujano, forjado en las durísimas condiciones del trópico africano.
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