El Miño multiplica su caudal
BORRASCA LEONARDO

Carlos Babarro Collada, el cura rural que solo aspiró a dar

OBITUARIO

Fallece el sacerdote diocesano D. Carlos Gabriel Babarro Collada, a los 96 años

Carlos Babarro
Carlos Babarro

De Carlos Babarro no podría escribirse una novela viajera o esas que se relataron de tantos curas de su trashumancia por tierras sudamericanas, la India o a esos países antes llamábamos de misión. El no salió del ámbito de su provincia atendiendo, por la escasez de vocaciones, a varias parroquias simultáneamente, aunque siempre como referencia la suya de San Lorenzo de Siabal, como si quisiera que algo le vinculase con el famoso cura de San Lorenzo Piñor, don Florencio Borrajo, coterráneo suyo de las tierras de Taboadela, ese, además de párroco, también confesor del Seminario Mayor y Menor, que atendía también otras parroquias como a Valenzá, y Babarro, sin moverse de su parroquia, a la de San Xés y alguna más del contorno.

Recuerdo al finado cuando seminarista de los que paseaban los domingos, se arremangaban la sotana y se desprendían temporalmente de la roja estola bordada con una rosca del mismo color, y daban unos balonazos por los campos de fútbol del extrarradio en cualesquiera vías de escaso tránsito en sus paseos hallasen cuando salían bajo la vigilancia de un profesor, cual vía de escape para ponerse en contacto con la sociedad civil que ya contaba, en domingos y fiestas de guardar con esa nube de seminaristas solazándose dispersos por el entorno de la ciudad. Pero sobre todo cuando le destinaron a su primera parroquia, allá donde más arriba nace el río Arnoia, la aldea de Rebordechao, en las suroccidentales faldas de la sierra de San Mamede, un, llamemos, con cierta licencia, destierro que le obligaba a vivir allí, entre aldeanos, formando parte del vecindario. Entonces era una proeza acceder a estas aldeas, que por toda comunicación, cuando la nieve lo permitía, disponían de un camino de carro, lo que obligaba a hacer vivienda del curato.

Descendiente de una familia formada por el patriarca Marcial Babarro y la maestra asturiana María Collada, muy arraigada en esas tierras del val de A Rabeda, Carlos, el único varón de entre hermanas, de las que una sobreviviente, Sor Luisa, residente en Puerto Rico, pronto cursaría estudios eclesiales en el seminario Menor y luego en el Mayor yendo, una vez ordenado, a la citada parroquia de Rebordechao, término de Vilar de Barrio, y luego a su destino de siempre en San Lorenzo de Siabal, de Paderne, compaginando varias parroquias, ante la escasez de sacerdotales vocaciones. Persona muy vinculada con esta casa periodística donde se conocen varias visitas incluso luego de una jubilación retardada que le mantuvo con los hábitos de misar aun pasados los ochenta; ahora lo despedimos muy pasados los noventa, sin otra carga que la que velasen por su salud.

Babarro era de esos que concurrían a nuestra paterna casa en visitas mensuales, a manera de continuador de la amistad y lejano parentesco de su padre Marcial con nuestra casa y con La Región donde acudía ordinariamente, costumbre que heredaría el hijo, además de conservar gran parte de la hemeroteca de este diario, a partir de los años 60, creo.

Aficionado a la caza menor donde era muy experto, de esos que de vez en cuando acudían a los cotos castellanos; también de la pesca dejándose muchas horas por las riberas del río que lo marcó, el Arnoia.

Excelente persona, calmado, comprensivo, no exento de carácter y personalidad, deja un halo de bondad como impronta de familia. De su fe, duda no habrá, de quien comprensivo con las creencias o no, de todas las personas que lo disfrutamos, que mejor goce que una fe adquirida desde la calma y la propia reflexión, de la que ejemplos dejó quien convirtió su rectoral casa, en una de acogida para los desposeídos. Recuerdo por Siabal dónde residencia compartía con su natal Mingarabeiza, a algunos pobres vagabundos saciando unas hambres como si él más que apóstol del evangélico dicho: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui peregrino y me auxiliasteis”… Mejor cumplidor de esos evangelios hallarse no pudiera, por eso, Carlos, tu ejemplar mansedumbre te colocará donde los humildes de corazón en el recuerdo imborrable de los que te tratamos.

Un panteón costeado por el mismo para los pobres, anónimos en su vida, reconocidos en su muerte por yacer en panteón por él erigido en el cementerio de su parroquia. En este lugar quiere que se le entierre hoy mismo entre los más desheredados, como si, quien sin serlo, austera vida llevó como un desprendido filósofo de todo lo terreno.

Que el panteón de pobres acoja al que más se les asemejaba por un estilo de vida austero y sus muchas muestras de humildad no reñida con una sobresaliente personalidad.

Amigo Carlos, sentiremos tu ausencia como la de ese hombre que a nada aspiró si no a más dar que recibir, distintivo al que el humano género, como ser social, debe aspirar.

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