Luis Otero, el Nabokov tímido de Piñeira de Arcos
OBITUARIO
Aunque era hijo del corresponsal de La Región y maestro de Piñeira de Arcos, Luis Otero y yo no nos conocimos hasta que ambos llegamos a la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid, allá por los años sesenta. Allí pasamos cuatro años tratando de descifrar qué carallo era un cícero. Él además montó un grupo de teatro en el que me dio el papel protagonista en la obra de Miller “Todos eran mis hijos”. Siempre sospeché que lo hizo para verme en combinación, prenda femenina interior con la que la protagonista se paseaba por la obra. El era así de sutil.
Acabamos la carrera y se puso a trabajar como un loco en casi todas las revistas importantes del país de los años setenta y ochenta, como director y como reportero. Publicó una novela deliciosa, “Gris marengo”, contando su infancia de posguerra en una aldea gallega, y siguió escribiendo novela, ensayo, entrevistas a famosos y muchos reportajes protagonizados por personajes desconocidos y excéntricos que eran los que le parecían de verdad interesantes. Todo esto reservando unos días de sus vacaciones para venir a Piñeira a jugar al tute en el bar del pueblo y recuperar su niñez. Tanto le gustaba su pueblo que utilizó su nombre para firmar muchos trabajos.
Mientras recorría el país haciendo periodismo “humano”, que diría un cursi, acumulaba textos, fotos e ilustraciones producidas por la miseria y la estupidez del franquismo. Con todo eso publicó siete libros en los que la vida cotidiana del franquismo aparece en toda su crudeza. No hacen falta sesudos análisis políticos ni editoriales condenatorios, basta con leer los textos recopilados por Otero para tener una visión real de lo que fue aquello. Y todo esto sin dejar de fumar y toser como un loco. Su gran amigo Francisco Umbral, con quien compartía su interés por la posguerra, su pasión por las mujeres y una prosa única, le llamó “Voltaire galaico, Nabokov tímido de Piñeira de Arcos, amante de los detalles y los glúteos femeninos”.
De vez en cuando me ponía un wasap preguntándome por amigos comunes, algo que solemos hacer los ancianitos: recordar y pasar lista de los que compartieron la vida con nosotros. Había olvidado el nombre de una amiga mía que fue su novia y falleció hace 30 años. No estaba seguro de su muerte, pero sí de su presencia en su vida, como tantos otros.
Hace unos días le comunicó a su familia su deseo de donar su cuerpo a la ciencia -llevaba varios años arrastrando una bombona de oxígeno para sobrevivir- y la reacción lógica de sus nietos fue: “Abuelo, si tu cuerpo está hecho un asco, ¿qué van a hacer con él?”. “Que lo corten en trocitos y aprovechen lo que puedan”, les respondió.
Lo que siento, querido Luis, es que te fuiste sin que tengamos claro qué carallo es un cícero.
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