Muere Julia López-Cuevillas Rodríguez, la hija centenaria de Florentino Cuevillas

OBITUARIO

Se va una de las últimas representantes de esa generación que nació entre las calles de Sto. Domingo y La Paz que junto al eximio arqueólogo, investigador y escritor, Florentino Cuevillas, habitaron Vicente Risco y Otero Pedrayo

Julia López-Cuevillas Rodríguez.
Julia López-Cuevillas Rodríguez. | La Región

Ni fue la amanuense de su padre Florentino Cuevillas, que esto reservado para Milagros, la superviviente de las tres hermanas, pero si fue esa hija que estaba organizando la casa para crear las condiciones que hacen que todo fluya gracias al sacrificio de mujeres como ella que nunca buscaron el brillo y menos revestirse del paterno fulgor y que como reconocimiento gozaron del amor de sus dilectas sobrinas.

La mayor de las tres hermanas Cuevillas se nos ha ido atisbando la primavera en esa placidez que dicen, cuando la vida se extingue por ninguna enfermedad o acaso por esa demoledora de los años, de los que atrás dejaba la centena.

Se nos va con Julia una de las últimas representantes de esa generación que nació entre las calles de Sto. Domingo y La Paz donde junto al eximio arqueólogo, investigador y escritor, Florentino Cuevillas, habitaron Vicente Risco, Otero Pedrayo y su tan amistosa familia Temes... Tenían un halo esas calles, como refugio de intelectuales, que alguno se asentaría en esa plaza do Ferro, la de la fuente traída de un claustro de Oseira.

Julia, mujer organizada, donde las hubiera era el reverso de su hermana, la más viajera, prolífica y singular Elvira, que atisbando los noventa decidió dejarse llevar cuando aún había alguien que la llorase y cuando había rebajado un poco su desenvoltura, aire, elegancia y esa fama quijotesca de liarse en aventuras imposibles parecían, la última, la de las que lucharon por la permanencia del cementerio de San Francisco, o de las reuniones literarias del Liceo, o de esa manifestaciones donde había algo que reivindicar de provechoso para su amado Reyno de Galicia, capaz de pasmarse, de ese halo de semidiós que Beiras desprendía en un mitin en el Teatro Losada, desmelenado, con su luengo cabello ensortijado que le hacía parecerse al mismísimo Júpiter tonante, decía ella como arrobada.

A Julia Cuevillas aun la recordamos con Mercedes Bouzo; ambas subiendo por una dura pendiente desde Ponte Freixo a las planicies de As Marabillas, en charla interminable, mientras el resto de la tropilla tenía que descansar para tomar resuello, lo que produjo la admiración, entre otros, de ese caminante, que no andaba sobrado de folgos, el agudísimo Luis Menéndez. O en otra habida desde Manzaneda a As Ermidas y vuelta por esas rampas donde indesmayable mientras los demás poco menos que a remolque. Julia tenía esa cualidad de resistencia que le permitió llevar la casa de sus padres y alcanzar tan luenga edad.

Cuidada por su dilecta sobrina Mari Paz, y sus otras hermanas Milagros, Margarita y Quique, a las que la tia Julia como segunda madre, debía su longevidad a una vida ordenada y acaso a una genética donde las mujeres sobrepasan los noventa. La despedimos en el funeral donde no faltaron descendientes de esas caras del “Orense Perdurable” que tanto potenciaron los más destacados prohombres, entre los que Risco, Otero y ese don Floro, en la intimidad, que dio para ser evocado en ese sabatino fúnebre oficio en la parroquia de Sto. Domingo.

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