Jordi Nomen, profesor de Filosofía y Ciencias Sociales: “La ética es lo único que nos diferencia de las máquinas y de los animales”
FORO LA REGIÓN
El próximo Foro La Región lo protagoniza el profesor de Filosofía y Ciencias Sociales, Jordi Nomen, que reflexionará sobre cómo las pantallas, los “likes” y la inteligencia artificial están transformando el pensamiento de las nuevas generaciones y el papel de la filosofía como herramienta de resistencia crítica.
El impacto de las pantallas, la tiranía de los likes y la irrupción de la inteligencia artificial están reconfigurando la mente de las nuevas generaciones. Ante este escenario, en el que la inmediatez parece haber desterrado el pensamiento crítico, la filosofía se erige como una herramienta de resistencia fundamental. Sobre todo esto reflexionará Jordi Nomen (Barcelona, 1965), profesor de Filosofía y Ciencias Sociales desde hace más de treinta años en la escuela Sadako de Barcelona, en el próximo Foro La Región.
Pregunta. ¿Por qué sentimos que nuestra vida depende de la aprobación en redes sociales?
Respuesta. Es un síndrome compartido entre adolescentes y adultos. En el momento en que uno no tiene trabajada la propia interioridad, la capacidad crítica para ver cuál es la realidad ni un mundo creativo en su interior, no sabe distinguir lo que está bien de lo que está mal. Entonces nos da mucha más comodidad que nos digan qué está bien y qué está mal, pero esa comodidad paga el precio de la propia libertad. En los adolescentes es más patente por su incapacidad de juzgar y su poca resistencia emocional, al no haber trabajado una buena interioridad.
P. ¿Cómo afecta este impacto tecnológico a un joven en plena etapa madurativa?
R. Hay cuatro tipos de impactos. El primero es el impacto emocional, ya que la brújula emocional del adolescente depende de la arbitrariedad de los likes y del desconocimiento de quién le proporciona esa satisfacción. El segundo es el impacto académico, porque las redes provocan un aumento de la desatención; hay estudios que hablan de que solo mantienen la atención plena durante 47 segundos, lo que resiente la comprensión lectora. El tercero es el impacto social, marcado por el aislamiento, la falta de presencialidad y la despersonalización de los demás, lo que fomenta una autodiscrepancia entre lo virtual y lo real. Y por último, un impacto político. Si no sabes discernir la verdad de la mentira, el discurso más fácil de asimilar es el retórico, vacío y lleno de odio.
P. Hablando del impacto social, ¿las consecuencias a largo plazo de esta falta de presencialidad están dificultando la socialización real de los jóvenes?
R. Evidentemente. Los malos entendidos provocan un aumento de conflictos, ya que en lo virtual no existe la posibilidad de aclararlos. Esto lleva a un aislamiento importante y a una despersonalización donde no se siente empatía ni compasión. Además, se genera una enorme dificultad para resolver problemas cara a cara; se atreven a decir cosas ocultas tras la pantalla que presencialmente les producirían terror. Las redes favorecen la idea de que un seguidor es un amigo, y hay que explicarles que un seguidor no es un amigo, no cumple con los requisitos de la amistad.
P. Hemos cambiado nuestros referentes de personajes históricos a influencers.
R. Las redes plantean un dilema muy duro: ¿estás de acuerdo con la mayoría o prefieres tener la razón en solitario? Un adolescente siempre te dirá que prefiere estar de acuerdo con la mayoría, porque eso le expone menos y le hace sentir cómodo dentro de un grupo. Esto es fulminante. Asumen que si alguien tiene cien mil seguidores no se puede equivocar, y basta con ese número para darle la razón.
P. ¿Cómo se apoya en la filosofía para explicarles este nuevo mundo a los jóvenes de hoy?
R. No uso la filosofía de estudiar la vida de los filósofos, sino la del diálogo filosófico socrático. Planteo que la clase debe ser una comunidad filosófica donde el objetivo es conocer sus opiniones, dar paso a su propia voz. A partir de ahí, mediante preguntas, ayudamos a desmontar esos prejuicios o estereotipos para que el grupo, de forma conjunta, construya un sentido crítico.
P. Teniendo en cuenta que los modelos educativos actuales tienden a premiar la rapidez, ¿qué beneficios aporta detenerse a pensar?
R. Hay zonas en nuestra sociedad que deben ser de resistencia, como la biblioteca, la escuela, el teatro o un museo. En la escuela, esa velocidad impulsiva de hacer las cosas sin pensar no debe regir. Debemos fomentar la resistencia a través del pensamiento reflexivo y lento, en contraposición al sistema rápido e intuitivo que domina fuera.
P. ¿Cree que la inteligencia artificial nos está haciendo vagos?
R. La inteligencia artificial es como un martillo. Si tú tienes una rutina interior, capacidad de reflexión, sentido crítico y ético ya desarrollados, la IA va a potenciar esos sentidos de forma magnífica. Pero si no tienes nada de eso y la utilizas para sustituir tus capacidades, te vas a atrofiar. Es un medio para un fin, y es peligroso depositar esta herramienta en alguien que no tiene la madurez para utilizarla correctamente.
P. Voy a formularle una pregunta que usted mismo hace a sus alumnos, ¿qué nos diferencia a los seres humanos de las máquinas y de los animales?
R. He llegado a la conclusión de que la ética es lo que nos diferencia del resto de los animales y de las máquinas. Ni animales ni máquinas tienen ética; no tienen la capacidad de juzgar sobre el bien y el mal. A las máquinas se les introducen parámetros, pero no llegan a conclusiones éticas por sí mismas. Solo el ser humano puede distinguir lo que está bien de lo que está mal.
P. ¿Y cómo aplicamos esa ética ante el desarrollo tecnológico?
R. Les digo a mis alumnos que apliquen la ética de los criterios: tener en cuenta las consecuencias, las intenciones, el contexto y los medios que se utilizan para hacer los actos. Si la familia no ha enseñado esto, es como si no les hubieran enseñado a pensar. La ética nos humaniza y debe ir siempre por delante de cualquier uso tecnológico.
P. ¿Qué consejo práctico y urgente le daría a las familias que están perdidas a la hora de educar en este contexto?
R. Amando a sus hijos y exigiéndoles que sean su mejor versión. Sin amor no hay aprendizaje ni posibilidad de influir, pero también tiene que haber exigencia y límites. Hay que cambiar el discurso de “sal ahí y cómete el mundo”, que es muy individualista y narcisista, por un “sal ahí y mejora el mundo”. Nuestros hijos deben saber que existe un bien común y que deben intentar mejorar el mundo en la medida de sus posibilidades.
P. Para terminar, ¿cree que vivir desconectado se ha convertido en el nuevo lujo de nuestra sociedad?
R. No. Lo que es un lujo es vivir con el mando a distancia de la conexión. Eso es ser libre. Yo decido cuándo me conecto, por qué me conecto, para qué me conecto y cuándo me desconecto. Cuando tienes ese mando a distancia, tienes un lujo que se llama pensamiento crítico.
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