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LA ENTREVISTA
El primer olor que percibió al llegar a este mundo fue el del vino. Porque Álvaro Palacios (Alfaro, 1964) nació en la casa familiar que se encontraba en el primer piso de la bodega. Quizás esa impronta fue la que le llevaría a seguir el camino de la viticultura. Se formó en enología en Burdeos, trabajó en el mítico Château Pétrus y cuando decide poner en marcha su propio proyecto lo hace en Priorat, logrando elevar una región vinícola histórica, pero venida a menos, en un hito sin precedentes al situar sus vinos, principalmente “L’Ermita” en el vino español más deseado del mundo, al mismo nivel que los grands cru franceses. La experiencia de éxito en Priorat la trasladó también al Bierzo y desde 2000 se ha hecho cargo de la bodega fundada por su padre en Rioja.
Pregunta. ¿Se sintió predestinado al mundo del vino?
Respuesta. Ya sabes cómo son las fantasías de críos. Torero, estrella del rock… también pensé en ser arquitecto. Mi padre siempre nos hacía trabajar desde niños al salir del cole, los veranos, en labores de la bodega, el viñedo, por lo que, cuando llegó el momento me di cuenta de que eso era de lo que más sabía y ya supone llevar algo adelantado cuando te planteas tu profesión.
No habría hecho vino donde no hubiera habido monjes antes
P. Y se fue a estudiar a Burdeos.
R. Mi padre, a los que queríamos dedicarnos a esto, nos mandaba a la universidad a Burdeos y si era posible luego a hacer prácticas con los mejores productores de Francia. Y así fue y al terminar estuve haciendo prácticas en varios châteaus, entre ellos el más icónico en aquel momento que era Château Pétrus. Era el más cotizado del mundo.
P. ¿Y a la vuelta?
R. Volví lleno de ideas, sobre todo de un espíritu muy francés, con el concepto del grand cru, que allí lo tienen muy bien clasificado. Y yo llegué convencido de que teníamos los mismos ingredientes para triunfar porque todos estamos en este maravilloso viejo mundo del vino, y Francia, Italia y España eran los países con mayor producción del mundo y además, España era la que tenía el mayor viñedo del mundo y que teníamos los mismos ingredientes: viñas, variedades con una afinidad con el entorno natural única, los mismos monjes borrachos de la Edad Media, esa sabiduría que da la tradición de familias que trabajan la tierra durante generaciones… todo eso lo vi clarísimo cuando volví y además lo hice con la convicción de hacer grandes vinos a la altura de los homólogos franceses e italianos. Además, teníamos la oportunidad que proporcionaba la entrada de España en la Unión Europea, que abría nuevos mercados a nuestros vinos, porque el sector internacional de los líderes de opinión y los importadores empezaban a ver para España porque pensaban que ahí tenía que haber algo y querían cosas nuestras de alto nivel.
P. ¿Por qué el Priorat y no Rioja?
R. En aquel momento, hablo de finales de la década de 1980, la imagen de Rioja era la de una denominación de origen muy industrial, de bodegas de gran volumen. No se concebía un proyecto en Rioja si no partías de cuatrocientas mil cajas y yo venía de ver planteamientos con seis mil botellas, diez mil a lo sumo, incluso con tan solo dos mil. Yo venía con la idea de hacer un Pétrus en España. Un amigo de mi hermano, que también había estudiado en Burdeos, tenía una viña en Priorat y me invitó a conocer la zona. Yo tenía 25 años y allá me fui con mi novia, que ahora es mi mujer y quedamos enamorados del lugar y de los vinos. No podía ser un lugar más místico, con el monasterio de Escaladei, tan vinculado a la espiritualidad del gran vino y eso es magnífico. Yo no habría ido a ningún sitio donde no hubiera habido monjes antes.
P. Usted defiende que el vino hay que hacerlo en la viña.
R. Sobre todo, los grandes vinos. Es cierto que todo vino sale de la viña, pero en el caso de los grandes vinos es muy difícil que el ser humano sea capaz de diseñar partiendo de cero algo tan grandioso como la espiritualidad que hay detrás de un gran vino, la magia, el misterio, las sensaciones de absoluta emoción que puede transmitir una gran viña en un año excepcional, eso nadie lo puede diseñar en una generación, ni en cien años. En el viejo mundo ya lo tienes, solo es cuestión de elegir y probar cuál de esas viñas viejas que cada día quedan menos, es la mejor. Cuando la consigues tienes ganados siglos y siglos de afinidad de la variedad con el entorno, el suelo y el clima, del oficio de saber formar la cepa según el clima, de qué compañeras van mejor con ella, tras siglos de experiencia.
P. Parece todo lo contrario de lo que se piensa en la actualidad
R. Mi generación, incluso generaciones anteriores y por supuesto las posteriores, pensaban que nuestros antepasados no sabían y lo que pasa es que venían de una época muy triste, muy decadente con un éxodo rural enorme que comenzó a principios del siglo XX. Por eso pensaban que el vino tenía que ser algo muy enológico, tecnológico y grandes bodegas. Y ahí es donde se pierde la sensibilidad de la singularidad que puede dar una viña y el trato artesano.
P. Demostró que no era el camino. “L’Ermita” es un buen ejemplo. ¿Cuál es la clave?
R. La humildad. Es lo te hace estar en el campo. Te hace humilde, te hace entender la grandeza que estás pisando, amarla, respetarla y dedicarle todo para llevarla a los máximos exponentes dentro de su segmento de grandes vinos.
P. Su siguiente proyecto fue en El Bierzo. ¿Por qué?
R. Mi sobrino Ricardo fue un día a Galicia a una boda y volviendo por León paró por Corullón y se enamoró de ese lado francés que tiene El Bierzo, me propuso hacer vinos juntos y como ya había despegado mi proyecto en Priorat, le llevaba diez años, pues sí, allí me metí. Pero porque Ricardo es muy parecido a mí. Y no piensa en el concepto del winemaker, de esos grupos que tienen viñedos aquí y allá, sino como viticultor que vive donde tiene el viñedo.
P. Como hizo usted en Priorat.
R. Es que el gran vino es la tradición, nuestra historia mediterránea, muy rural, planta, tierra, luz, agua.
P. ¿Qué opinión tiene de los vinos gallegos? ¿Con qué región vinícola de Galicia se quedaría?
R. Maravillosa, estoy enamorado de Galicia, reconozco que tengo debilidad por Valdeorras porque allí está mi Rafa haciendo unos vinos que como hermano me siento orgulloso. Pero en Galicia hay muy buenas regiones vinícolas. Rías Baixas, Ribeira Sacra, Ribeiro…
P. Usted es de tintos más que de blancos.
R. Los tintos son la historia del vino, aunque ahora crece el consumo de blanco. Pero eso son tendencias que pueden cambiar.
P. Además de hacer un vino extraordinario, ¿cómo se consigue triunfar?
R. Yo tenía muy claro que tenía que triunfar fuera para crear el efecto espejo. Porque si no, nadie tomaría un priorat ni en Madrid ni en Barcelona. Tenía claro que la clave estaba en la exportación.
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