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Inventor, aventurero, cazador, avidador, mujeriego... Arthur Jones (1926-2007) fue un peculiar personaje. Muy joven abandonó el seno de una familia acomodada para alistarse en la II Guerra Mundial e instalarse después en Rodesia (actual Zimbabue).
Allí cultivó su pasión por la fauna, creando una empresa de venta y transporte de animales salvajes por vía aérea. Sobra añadir que él pilotaba los aviones. En alguna ocasión portó 63 bebés elefantes huérfanos. Se dice que tenía una pantera negra y un cocodrilo gigante circulando libremente por su casa.
Las máquinas Nautilus
Por causas no aclaradas, a finales de los 60, el gobierno de Rodesia le expulsó y regresó obligado a Estados Unidos. Entonces se metió de lleno en el mundo del Ejercicio Físico. Jones encontró los métodos e instrumentos disponibles poco eficientes y diseñó, junto a varios colaboradores, una serie de máquinas, bautizadas como ‘Nautilus’, revolucionarias por su funcionamiento. Sus ‘hijas’ tenían una estética más cuidada y sutituían la clásicas poleas redondas por levas, las cuales proporcionaban un trabajo de fuerza más riguroso, constante y exigente. También propuso nuevas formas de entrenamiento.
Sus máquinas tuvieron un gran éxito y coincidieron en los años 70 y 80 con el auge de los gimnasios. Pronto se convirtieron en un boyante negocio, que aupó a Jones en la lista Forbes de multimillonarios. Todas las salas del mundo añadieron sus aparatos a las clásicas barras, discos y macuernas. Otras marcas se subieron al carro con el mismo éxito.
Elefantes y personas
Jones, todo un carácter, vendió pronto sus empresas para centrarse en un zoo privado que construyó en Florida. Allí hizo frente a innumerables demandas, alguna producto de sus seis divorcios. “He disparado a 630 elefantes y 63 personas. Sólo me arrepiento de los elefantes”, dijo. Pocos reconocieron y conocen hoy los méritos del inventor del gimnasio moderno.
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