Oliver Laxe, el cineasta gallego que triunfa en Cannes
PREMIADO EN CANNES
El cineasta Oliver Laxe vuelve a casa tras su paso por el festival de Cannes, donde ha recibido el premio del Jurado por su película Sirāt. La crítica ve en él al cineasta del año, de porte mesiánico y estilo único, clemente y a la par salvaje. Nada de lo que dice es intranscendente, no rellena los silencios con paja. Desde esa proyección involuntaria habla el niño que se cura a través de la imagen y el sonido; radical y libre con la propuesta de su último trabajo, en el que da voz a la contracultura, se salta los códigos del género y básicamente hace lo que le sale del alma. Merece pues una síntesis que no entienda de fronteras, ni de idiomas, ya que este es su lenguaje. Su mirada, un regalo que tiene mucho de diáspora, y de “facer país made in Os Ancares”.
Pregunta. Enhorabuena por este premio, Oliver Laxe, y bienvenido a casa. Como profesional que entiende que el cine tiene una función de servicio, y que los galardones, si bien se celebran, también pueden ser malos aliados del ego... ¿cómo lo recibes?
Respuesta. De manera contradictoria porque mi neurosis, mi máscara, se resume en que yo intento mostrarme como un ‘especialito’ (risas), de considerarme magnánimo, cuando todos somos especiales. Por otro lado, tengo la certeza de corazón, al recibir un premio en Cannes, de que mis pasos van en buen camino, creo que cumplí con mi misión, y eso enlaza con mi esencia, que no es ego... es difícil de equilibrar pero está claro de lo mío es hacer películas, y poder conectar con el público intensamente, incluso con aquellos a los que no les gustó Sirāt.
P. La empresa americana Neon acaba de comprar los derechos de distribución de la película para el mercado estadounidense... hablando del éxito...
R. Reconozco que vivo con tensión el ser cineasta, a veces me gustaría dejar todo e ir a Os Ancares, un sitio precioso que ya es donde vivo... tengo un reino... pienso en la campaña de los Oscar y los tres meses que voy a pasar allí y me da una pereza... pero también quieres que tus mensajes lleguen y se comuniquen... porque creo que de algún modo recojo la herida humana, y transmito serenidad, aunque sea a través de la angustia, como en el caso de esta película.
P. Llevas trabajando en Sirāt cinco años, y precisamente meses antes de empezar el rodaje se produce el atentado del 7 de octubre de 2023, en parte en el desierto del Néguev, con un telón de fondo de un festival de música electrónica. Un paisaje que sorprendentemente coincide mucho con el de tu película...
R. El cine, accidentalmente, si el director deja el espacio para que suceda, tiene que conectar con un tiempo... fui a muchas fiestas antes del 7 de octubre y en todas pensé que algo como lo que pasó podría suceder, si bien el guión ya estaba escrito antes de esta fecha.
P. Parte de la opinión pública cuestiona un evento de estas características a escasos cinco kilómetros de Gaza, un lugar que es lo más parecido a una prisión a cielo abierto...
R. Yo tampoco le veo el sentido, aun asistiendo a este tipo de eventos en Europa, el nivel de contradicción en el mundo es tal... hay algo de escapismo ‘peterpanesco’ en estas raves, de narcosis, pero no solo ahí, también en una discoteca, en un bar, en un estadio de fútbol...
P. Tus imágenes hablan por sí solas, se percibe un enfoque limpio sobre los personajes, que da espacio a su verdad, por decirlo de algún modo. ¿Cómo se consigue retratar sin juzgar en un contexto que toca tanto la actualidad?
R. Porque me equivoco mucho en la vida... porque soy un ser humano que asumo mi propia imperfección. Intento, y no lo logro, ser un buen hijo, tener una familia... y asumo, y tengo piedad y misericordia hacia mí. Me interesan también los gestos, elijo también filmar a la gente que de alguna manera me conmueve, por sus cicatrices, por sus heridas. Decía Rumi (célebre poeta persa) que ‘los corazones más bonitos son los rotos, porque dejan pasar la luz por sus fisuras’.
P. Firmas este y todos tus trabajos con Santiago Fillol. ¿Cuál es el secreto de este tándem creativo?
"Yo empiezo con una idea y él me ayuda a ser muchísimo más valiente, me rodeo muy bien"
R. Es algo milagroso, nos entendemos muy bien, sabemos cuál es nuestra misión, nuestro servicio, cada vez nos estamos fusionando más, tenemos una manera de sentir la vida muy similar. Yo empiezo con una idea y él me ayuda a ser muchísimo más valiente, me rodeo muy bien.
P. Al principio fue la imagen o el concepto...
R. Van en paralelo, las sensaciones, pero también los intereses, como por ejemplo lo sagrado, la trascendencia, el éxtasis... en esta película hay mucho de mi manera de estar en el mundo... cómo considero que la muerte fortalece nuestro diálogo con la vida, cómo el dolor nos hace crecer, cómo las crisis nos hacen conectar con nuestra esencia... tengo un pie en la tradición, muy fuerte.
P. Sirāt, el nombre que le has puesto a tu trabajo, en el contexto islámico, responde a la idea de la senda de los justos, que lleva a la salvación. Vista la película, parece que fuese creada sobre la base de esta palabra...
R. Sirāt al-Mustaqim, el camino recto, que muchas veces es un camino de curvas... en realidad, la vía de los que miran adentro. Llegó con la película acabada, gracias a un amigo, que la vio y la sugirió. No fue fácil porque es un trabajo que tiene muchas capas... creo que hay muchas lenguas que tienen una proporción divina, como el sánscrito, el árabe o el hebreo... tienen una geometría que da luz a las palabras... me gusta también esa pedagogía inherente de elegir un término con esa musicalidad tan sana, y ese sentido tan importante.
P. ¿En qué cree Oliver Laxe?
"La vida es el espacio en el que el pez sale del agua, salta y vuelve a caer"
R. En que la vida es el espacio en el que el pez sale del agua, salta y vuelve a caer, que es una puerta para volver a casa, y que lo que estamos habitando es un momento de algo que nos trasciende y que es eterno, y también en que no hay una hoja de ningún árbol que no se mueva por una precisa razón milimétrica y perfecta.
P. Me encantaría hablar de la dimensión del alma, o de la eternidad en mis películas, pero tengo que hacer que lo sienta un espectador que ideológicamente cree que después de la muerte no hay nada.
P. ¿Cuáles son tus referentes, las personas que te han ayudado a encontrar tu voz?
R. Mis abuelos, mis padres, mi maestro que es mi terapeuta, mis productores, mi hermano mayor... soy torpe, pasional... de no pensar las cosas... pero tengo la suerte de saber escuchar.
P. ¿Reconoces algo de retranca, de humor gallego en tu trabajo?
R. Supongo que sí... nunca lo he pensado... como gallego que soy, sí que soy un cineasta de acentos. Obviamente, soy túzaro, un animal asilvestrado... en mi arte sí que creo que tengo raza, soy de aldea aunque nací en París...
P. Algo que también es muy de nuestra identidad es la emigración, la diáspora, el retorno... ¿Te resuena algo de esto en tu manera de contar?
R. Sí, imagino que sí... porque siempre que me lo preguntan me dan ganas de llorar.
Silencio y humedad en los ojos de Oliver Laxe, que desborda emoción, -y cansancio tras semanas de tute-. Sonríe el niño aplicado que escucha atentamente cada pregunta y, con dedicación y cortesía, responde sin irse por las ramas, pero sin dejar escapar detalle. Tiene que ser fascinante trabajar con él y ver cómo se crea la magia. Transitar por esos escenarios de ficción que te remueven las vísceras y te dejan varios días cavilando. Tiene que ser agotador vivir en esa cabeza que todo lo medita y consecuentemente, por defecto del artesano, hilvana.
“Solamente soy un creyente”, dirá a cierto punto de la entrevista, “alguien que técnicamente piensa que detrás de las cosas hay una inteligencia creativa”; cuál es su religión es un misterio que no comparte. Él habla y la interlocutora se queda un poco pampa; cotejado con otras fuentes, le ha pasado a unos cuantos. Algo de mesiánico sí que tiene Oliver Laxe, un poco a su pesar, no queda claro cuan cómodo se siente con ese físico y todas sus profundidades.
Su nueva película, Sirāt, no deja indiferente a nadie. Se estrenará en los cines españoles el 6 de junio.
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