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La situación geopolítica y económica mundial antoja un futuro incierto y, como ha ido ocurriendo con todos los cambios sociales en la historia de la humanidad, esta incertidumbre se refleja también en la moda. Esperanzas, miedos o prioridades son sentimientos que se reflejan a través de nuestra ropa y que se han ido articulando en torno a varias teorías que relacionan moda y economía, de modo que, cuando el bolsillo aprieta, el consumismo desenfrenado cede el paso a una nueva era de pragmatismo y significado.
Acuñado por Leonard Lauder, presidente de Estée Lauder, ilustra el fenómeno de nuestra necesidad de sentirnos bien en tiempos de crisis. Tras la recesión del año 2001, Lauder observó un repunte en las ventas de cosméticos, mientras las de otros artículos de lujo se desplomaban. Su teoría sugiere que en épocas de recesión, la gente recorta gastos en bienes de lujo costosos, como ropa de diseño o marcas caras, pero se inclina por detalles más pequeños. Un pintalabios rojo, un perfume o un esmalte de uñas de marca ofrecen un toque de glamour sin desequilibrar el presupuesto. Se convierten en un acto de rebeldía y autoafirmación, un pequeño lujo que ayuda a subir el ánimo en tiempos difíciles.
En esa misma búsqueda del autocuidado, las crisis suelen traer consigo la mentalidad del lujo silencioso. Sin logotipos visibles, las prendas de alta calidad y diseño atemporal transmiten un estatus discreto, basado en la artesanía y la durabilidad. Es una inversión, no un gasto. El mensaje es claro: comprar menos, pero comprar mejor. Un estudio de Bain & Company de 2023 reveló que, a pesar de la desaceleración del mercado de lujo, el segmento de lujo de alta gama ha mostrado una resiliencia considerable en tiempos de inestabilidad, con clientes priorizando piezas de mayor calidad y longevidad.
En contextos de crisis, los consumidores, más conscientes de su economía y del impacto ambiental, se alejan de las tendencias efímeras. La clave es la funcionalidad. La gente prioriza prendas versátiles que sirvan para múltiples ocasiones y que resistan el paso del tiempo.
En este panorama se abre paso la teoría del bolso grande. Mientras que en épocas de bonanza los bolsos se vuelven más pequeños y decorativos, en tiempos de crisis se hacen más grandes y utilitarios. Un estudio del Journal of Consumer Research de 2022 demostró que en contextos de incertidumbre económica, los consumidores prefieren productos que ofrecen una mayor utilidad percibida y durabilidad. El bolso grande simboliza la practicidad, la necesidad de llevar todo lo esencial para el día a día, proyectando una imagen de preparación y control en un mundo incierto. Es una respuesta pragmática a la inestabilidad.
El largo de las faldas o la altura de los tacones también se han analizado como indicadores económicos. La teoría del “hemline index” sostiene que en tiempos de prosperidad las faldas se acortan, mientras que en épocas de recesión se alargan.
De manera similar, se ha propuesto que la altura de los tacones de las mujeres se relaciona inversamente con el estado de la economía. En la década de 1920, con el auge económico, los tacones eran relativamente bajos. Sin embargo, en la Gran Depresión de los años 30, se popularizaron tacones más altos, al igual que ocurrió tras la crisis financiera de 2008, cuando las ventas de tacones de aguja aumentaron. La psicóloga y escritora Suzanne B. O’Sullivan sugiere que usar tacones más altos puede ser una forma de compensar psicológicamente la sensación de depresión por la situación económica.
La economía no solo afecta lo que compramos, sino cómo lo compramos. En tiempos de crisis, el auge de la moda de segunda mano, los intercambios de ropa y la reutilización no son sólo una tendencia, sino una necesidad. Esta moda circular se convierte en la forma más accesible de renovar el armario. Un informe de ThredUp de 2023 proyectó que el mercado de la reventa de moda podría alcanzar los 350 mil millones de dólares para 2027, impulsado en gran parte por la búsqueda de valor y sostenibilidad. La gente no solo ahorra dinero, sino que también contribuye a un consumo más responsable.
De manera paradójica, mientras la moda mira hacia atrás en busca de prendas “vintage” que evoquen nostalgia por tiempos más simples, la industria también se ve obligada a innovar.
Todas estas teorías hablan de los extremos en tiempos de crisis, conviertiendo la moda en un campo de juego para la paradoja y la expresión reflejando de forma fiel la capacidad de la ropa para utilizar la estética como fachada en tiempos crudos.
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