El día que llegó la noticia de la muerte de Franco: así vivió el exilio español la muerte del dictador
50 AÑOS DE LA MUERTE DEL DICTADOR
En el extranjero, entre los cientos de miles de exiliados, la noticia del fallecimiento del dictador se recibió con una mezcla de alegría, alivio, incredulidad y emoción, tras décadas esperando un momento que muchos pensaron que no llegaría nunca
En la madrugada del jueves 20 de noviembre de 1975, mientras España amanecía bajo el silencio tenso de una dictadura que apuraba sus últimas horas, la noticia de que Francisco Franco había muerto, empezó a correr como la pólvora por las redacciones internacionales. Fue la agencia Europa Press la primera en dar la noticia con un teletipo elocuente: "Franco ha muerto. Franco ha muerto. Franco ha muerto". Eran las 04.58 horas - y aunque hasta las 10 de la mañana la noticia no sería oficial - con su fallecimiento "en la cama" se cerraban casi cuarenta años de represión, censura y exilio.
Dentro del país, la reacción a la noticia fue discreta, condicionada por el miedo que había marco y seguiría marcando la vida pública. Pero en el extranjero, entre los cientos de miles de exiliados, la noticia se vivió con una mezcla de alegría, alivio, incredulidad y emoción, tras décadas esperando un momento que muchos pensaron que no llegaría nunca.
Desde 1939, el exilio español había construido una vida paralela en Europa y América. París, Toulouse, Ciudad de México, Buenos Aires, La Habana y Caracas se habían convertido en los puntos neurálgicos de una España democrática en la sombra, sostenida por los supervivientes de la derrota republicana y por quienes siguieron huyendo durante la dictadura.
Para ellos, la muerte del dictador no era un simple hecho biográfico: suponía el cierre de una etapa histórica que había marcado su identidad, su memoria y su propio destino.
París y Toulouse: las primeras celebraciones
La primera reacción visible llegó desde Francia, donde residía la comunidad más numerosa de exiliados. En París, la noticia circuló en cuestión de minutos por cafés, pensiones y sedes sindicales frecuentados por republicanos españoles. El ambiente se cargó de murmullos, abrazos y brindis espontáneos.
En Toulouse, “capital del exilio republicano”, los centros y asociaciones abrieron sus puertas de inmediato. Se organizaron reuniones de urgencia, discursos improvisados y organizaron celebraciones.
Los exiliados más que celebrar la muerte del dictador tras una larga agonía y por tanto esperada, celebrabran por primera vez, la posibilidad real de que España iniciara un proceso democrático. Frente a los consulados y embajadas, las banderas tricolores reaparecieron después de décadas. Las manifestaciones reunieron a centenares de personas en imágenes que evocaban los años treinta.
México: memoria, política y emoción
En México, país que se negó a reconocer al régimen franquista, la noticia tuvo un fuerte impacto. El Ateneo Español, epicentro del exilio intelectual, improvisó actos en los que se mezclaron discursos políticos, lecturas de poemas y análisis del escenario que se abría para España.
Para muchos exiliados que habían pasado allí casi toda su vida adulta, la muerte de Franco despertó una posibilidad largamente aplazada: el regreso. Para otros, por edad o convicción, ese regreso ya no era posible, pero el impacto emocional fue igual de profundo.
América del Sur y el Caribe: entre el alivio y la prudencia
En países como Argentina, Venezuela o Cuba, donde también había nutridas comunidades de exiliados, el sentimiento predominante fue el de alivio, pero acompañado de una marcada prudencia.La dictadura seguía en pie y la transición democrática aún no estaba garantizada.
Aun así, asociaciones republicanas, centros culturales y publicaciones de la diáspora dedicaron números especiales a interpretar el fin de un régimen que parecía inmutable.
Entre los exiliados se repetía una idea: la alegría por el final de la dictadura convivía con el duelo por todo lo perdido. Familias rotas, compañeros fusilados, décadas sin regresar a la tierra natal. La muerte de Franco no restauraba la República ni reparaba las injusticias, pero abría un espacio que llevaba cerrado casi cuarenta años.
En las semanas siguientes a la muerte del dictador, las voces del exilio se hicieron más audibles. Intelectuales, activistas y líderes políticos reclamaron una amnistía plena, el retorno de los exiliados y la apertura definitiva hacia las libertades democráticas. Para algunos, el regreso fue inmediato. Para otros, nunca llegó. Sin embargo, aquel 20 de noviembre de 1975 quedó registrado como el día en que, tras décadas de resistencia silenciosa, el exilio español volvió a permitirse la esperanza.
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