¿Qué han hecho por nosotros los españoles que viven en el exterior?
OPINIÓN
La diáspora española sostiene una red de vínculos económicos, profesionales y culturales que trasciende las fronteras, mantiene viva la conexión con el país y proyecta su influencia internacional. Sin embargo, sus más de tres millones de ciudadanos siguen teniendo que reivindicar su lugar y sus derechos frente a quienes reducen su presencia a un argumento partidista
Siempre me ha parecido que España mantiene con sus emigrantes una relación bastante parecida a la que algunas familias mantienen con esos parientes que viven lejos y a los que sólo recuerdan cuando llega Navidad, una herencia complicada o una campaña electoral…como ahora cuando se nos está usando de manera rastrera con fines partidistas ante las elecciones que llegan en noviembre.
Me viene con frecuencia a la cabeza aquella escena de La vida de Brian en la que los miembros del Frente Popular de Judea se preguntan, llenos de indignación revolucionaria y lamentos, aquello de ¿qué habían hecho los romanos por ellos?
La pregunta parece brillante hasta que empiezan a aparecer las respuestas. Primero el acueducto. Después las carreteras. Más tarde, la educación, el orden público, la sanidad y una sucesión de contribuciones que terminan por convertir la pregunta inicial en algo profundamente embarazoso y de hecho siempre hay algún idiota que remata “Muy bien, muy bien... pero aparte de todo eso, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?”
Con la emigración española sucede algo parecido.
Hasta el momento actual, en el que algunos ya hemos denunciado que está creciendo la estigmatización y el insulto fácil a los emigrantes, llevábamos décadas hablando de quienes viven fuera como si constituyeran una categoría sentimental. Son los que se marcharon. Los que buscaron una vida mejor. Los que tuvieron que hacer las maletas. Sin embargo, rara vez nos detenemos a pensar qué representa realmente para España la existencia de una comunidad de ciudadanos repartida por todo el planeta.
Y la respuesta, cuando uno empieza a examinarla con un mínimo de honestidad, resulta para muchos bastante incómoda y hay momentos en los que conviene confrontar ciertos discursos con los hechos y la realidad merece ocupar el lugar de los prejuicios.
Porque quizá el problema de verdad no sea que los españoles del exterior hayamos aportado poco. Quizá el problema sea que para algunos partidos actuales hemos aportado muchísimo más de lo que están dispuestos a reconocer.
La primera dificultad consiste en entender la magnitud del fenómeno
Según el Instituto Nacional de Estadística, a 1 de enero de 2026 había 3.202.002 españoles residentes en el extranjero, después de que la población inscrita en el Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE) aumentara un 5,1% en un solo año.
Tres millones doscientas mil personas equivalen a una población superior a la de muchas comunidades autónoma, sería sin duda la tercera provincia en población y lo más interesante es que esta comunidad no deja de crecer.
Sin embargo, pese a su tamaño, su dispersión geográfica y su relevancia económica, cultural y política, la España exterior sigue ocupando un espacio sorprendentemente reducido en la imaginación nacional.
Pero empecemos por donde siempre termina cualquier conversación española: el dinero.
Existe una categoría de lector particularmente respetable que escucha con paciencia cualquier referencia a la cultura o la influencia internacional, pero cuya atención únicamente se activa cuando aparecen cifras acompañadas de suficientes ceros que afortunadamente existen.
Según los datos más recientes del Banco Mundial, España recibió en 2024 más de 6.328 millones de dólares en remesas personales procedentes del exterior, una cantidad equivalente aproximadamente al 0,4% del PIB nacional.
La cifra no resolverá por sí sola los problemas estructurales de la economía española, pero resulta suficientemente importante como para desmontar una idea muy arraigada según la cual la emigración constituye exclusivamente una historia de pérdida y somos un pozo sin fondo para las arcas del Estado.
Cada año llegan a España miles de millones de dólares porque millones de personas que viven fuera mantienen vínculos económicos con el país. Detrás de esas transferencias hay ayudas a familiares, mantenimiento de patrimonio, inversiones personales, ahorro y una larga colección de relaciones humanas que ni la distancia ni el paso del tiempo han conseguido romper.
Lo curioso es que las remesas son únicamente la parte visible del fenómeno porque constituyen prácticamente la única contribución susceptible de ser contabilizada con cierta precisión.
No existe una estadística equivalente para medir cuántos contratos comerciales se han cerrado gracias a la intervención de trabajadores españoles establecidos en el extranjero. Tampoco sabemos cuántos proyectos de investigación llegan a España porque existe una red internacional de científicos españoles trabajando en universidades de referencia. Mucho menos conocemos el valor económico de los mercados abiertos, las inversiones captadas o las oportunidades creadas por millones de profesionales que ejercen de puente entre España y el resto del mundo.
Las remesas son simplemente la parte del iceberg que asoma por encima del agua.
¿Y qué es lo que España invierte en los españoles de fuera?
Aquí es donde la historia adquiere un interés especial, pPorque si los españoles del exterior generan beneficios económicos tangibles, parece razonable preguntarse cuánto invierte España en mantener esa relación.
La respuesta es sencilla: bastante menos de lo que mucha gente imagina.
La Dirección General de la Ciudadanía Española en el Exterior y Políticas de Retorno ejecutó durante 2025 algo más de 52 millones de euros en prestaciones, ayudas, asistencia sanitaria, apoyo a retornados y subvenciones destinadas a la ciudadanía española residente en el extranjero.
La principal partida correspondió a prestaciones por razón de necesidad para personas mayores o con discapacidad, con más de 31 millones de euros destinados a casi 7.800 beneficiarios. A ello se añadieron 6,6 millones de euros en asistencia sanitaria internacional, 1,3 millones en ayudas extraordinarias y varios millones más para centros, asociaciones y entidades de la colectividad española repartidas por el mundo.
Además, existen otros costes distribuidos entre distintos organismos públicos que rara vez aparecen sumados en un mismo documento: las aulas ALCE para la enseñanza de lengua y cultura españolas, los servicios consulares, la organización del voto exterior, los programas culturales, la atención administrativa y las diferentes iniciativas de apoyo a la ciudadanía exterior.
Por supuesto, nadie discute que estas políticas sean necesarias. Sería una extravagancia moral sostener que un país debe olvidarse de sus ciudadanos por el simple hecho de que viven en otro lugar…pero llámalos extravagantes o nostálgicos si quieres, pero hay que decir que mientras antes permanecen escondidos y no se atrevían a vilipendiar a los emigrantes, parece que los inmigrantes, el colectivo LGTBIQ+ o las mujeres feministas no les bastan para usar de objetivo de su odio e ira y los emigrantes hemos pasado a ser un objetivo nuevo. Han salido de sus cuevas.
Y esto hay que dejarlo muy claro: Mientras España recibe más de 6.300 millones de dólares anuales en remesas, las políticas específicamente dirigidas a sus ciudadanos en el exterior se miden en pocas decenas de millones de euros.
Las dos magnitudes no son idénticas y sería de una deshonestidad brutal fingir lo contrario. Una corresponde a flujos privados y otra a gasto público. Sin embargo, la distancia entre ambas es tan colosal que obliga a plantear una reflexión incómoda.
Y por aclarar algo dejadme explicar que los representantes de los españoles en el exterior trabajamos de manera voluntaria y sin puertas giratorias. Aquí no ha presupuestos ni salarios que echar en cara.
Pero volvamos a lo importante: España mantiene una conversación casi permanente sobre lo que cuesta atender a los españoles que viven fuera y una conversación prácticamente inexistente sobre el valor que esos españoles aportan al país.
La asimetría es tan evidente que uno tiene la tentación de pensar que, si los flujos económicos circularán en dirección contraria, ya habríamos creado una comisión parlamentaria, observatorios especializados y habría conferencias sectoriales para estudiar el asunto.
Hay otra contribución todavía más difícil de medir: España invierte regularmente en proyectar una imagen positiva de sí misma al exterior mediante campañas institucionales, actividades culturales y estrategias de presencia internacional y todo ello está muy bien.
Sin embargo, buena parte de la reputación internacional del país no la construyen las instituciones, sino millones de ciudadanos que desarrollan su vida cotidiana fuera de España.
Médicos y enfermeras en hospitales de todo el mundo, investigadores que dirigen laboratorios punteros o lo harán en poco tiempo, profesores en universidades, institutos y colegios formando a miles de estudiantes. Y la lista seguiría con empresarios que generan empleo, ingenieros que participan en proyectos globales y artistas que exportan producción cultural.
Ninguno de ellos fue contratado para hacer promoción nacional ni recibió una acreditación diplomática y aun menos figuran en los presupuestos como instrumento de política exterior, pero, sin embargo, pocos activos estratégicos del país generan un rendimiento comparable.
Existe una tendencia persistente a contemplar la emigración exclusivamente desde la lógica de la pérdida: Se fue una investigadora, un médico, un ingeniero o una emprendedora. Ningún país debería resignarse a perder talento porque no es capaz de ofrecer suficientes oportunidades, pero convertir toda la conversación sobre emigración en una elegía permanente implica ignorar otra realidad igualmente importante: El conocimiento contemporáneo funciona a través de redes.
Ni el investigador español que trabaja en Chicago ni el profesor que desarrolla su carrera en Londres dejan automáticamente de formar parte del ecosistema intelectual español. El directivo afincado en Singapur no rompe todos sus vínculos con la economía nacional.
Con frecuencia ocurre exactamente lo contrario
Se convierten en nodos de una red internacional que conecta universidades, empresas, instituciones y centros de investigación españoles en este mundo conectado.
Otros países hace tiempo que entendieron que su diáspora constituye un activo estratégico.
España sigue comportándose con demasiada frecuencia como si la emigración fuera una anomalía estadística en lugar de una posible ventaja competitiva y ahora de hecho hay una campaña en contra de nuestros derechos como españoles y españolas.
Quizá el error de fondo consista en seguir imaginando España como una realidad exclusivamente territorial y ahora hay dos partidos que quieren que pensemos en España como una superficie delimitada por fronteras administrativas cuando, en realidad, existe otra España mucho más difícil de representar sobre un mapa.
Existe una España repartida por universidades, hospitales, empresas, laboratorios y organismos internacionales de todo el mundo. Una España que genera conocimiento, influencia y oportunidades económicas y que rara vez ocupa el espacio que merece en el debate público.
Quizá por eso merezca la pena recuperar la pregunta de los Monty Python.
¿Qué han hecho por nosotros los españoles de fuera?
La respuesta ya no cabe en una lista de ejemplos ni en una colección de anécdotas emotivas.
Han sostenido familias, abierto mercados, facilitado inversiones, fortalecido universidades, impulsado la investigación científica, proyectado la cultura española y conectado España con el mundo de formas que rara vez aparecen reflejadas en los Presupuestos Generales del Estado.
Y tal vez lo más llamativo no sea que hayan hecho todo eso.
Lo verdaderamente sorprendente es que un país tan aficionado a contabilizar costes siga mostrando tan poco interés en calcular el valor de uno de sus activos colectivos más extraordinarios.
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