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El refugio de Bali donde el lujo se funde con la selva
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Hay hoteles que invitan a disfrutar la naturaleza, y después está Bambu Indah. En este alojamiento levantado en Bali apenas existen fronteras: las habitaciones se abren a la selva, los senderos descienden entre árboles, las piscinas reciben el agua de los manantiales y el sonido no llega de una lista de reproducción, sino de la corriente del río, los insectos y los pequeños animales que se mueven entre las hojas.
Como casi todo lo bueno, Bambu Indah nació por accidente. En 2005, John y Cynthia Hardy instalaron junto a su casa once antiguas viviendas nupciales de madera que habían restaurado para alojar a familiares y amigos. Más de veinte años después, aquella colección privada acabó convirtiéndose en un hotel que hoy reúne 24 casas, refugios elevados y tiendas, todos diferentes y dispersos por una ladera tropical: algunos se esconden entre los arrozales; otros cuelgan de los árboles o se alcanzan después de cruzar un puente de bambú.
Bambu Indah no intenta reproducir la comodidad de un gran complejo turístico, sino que el refinamiento de un establecimiento que prácticamente carece de paredes convencionales aparece en los detalles: bañeras de cobre martilladas a mano, alfombras tibetanas, muebles recuperados y piezas reunidas durante décadas de viajes.
El agua articula buena parte de la experiencia. Más de quince piscinas naturales se suceden junto al río, alimentadas por manantiales y filtradas por roca volcánica y arena, y sobre ellas cuelgan butacas, pabellones y pequeñas cápsulas de bambú desde las que disfrutar la tarde.
La sostenibilidad es otro de sus pilares. En el propio hotel se cultiva arroz, frutas y verduras, se recupera el agua utilizada para regar sus jardines y se evita el cemento, el plástico y los productos químicos. Sus propietarios resumen su ambición de una manera tan sencilla como radical: que todo lo construido pueda, algún día, descomponerse y volver a la tierra. Esa filosofía se extiende también hasta su restaurante, Tembaga, que se abre al paisaje bajo una estructura de bambú y reúne a los comensales en torno a una gran mesa fabricada con 70.000 palillos reutilizados.
Aquí el lujo no consiste en aislarse del entorno, sino en acercarse a él sin renunciar al confort. Se puede caminar al amanecer entre arrozales, practicar yoga, bañarse bajo los árboles o terminar el día con un cóctel frente al valle con tarifas que, según recoge The 50, comienzan en el entorno de los 200 euros.
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