Una pequeña joyería de chocolate oculta en París

SEGMENTO PRÉMIUM

William Artigue, formado en algunas de las grandes casas francesas, convierte frutas, hierbas y cacao en una colección que cambia con las estaciones

La Chocolaterie de William Artigue
La Chocolaterie de William Artigue | La Chocolaterie

París tiene chocolaterías que forman parte de su patrimonio y escaparates reconocibles desde la otra acera. No es la de William Artigue. Su local es pequeño, sereno y casi secreto; un espacio blanco y luminoso en el que cada bombón aparece expuesto con la precisión de una joya.

La Chocolaterie de William Artigue
La Chocolaterie de William Artigue | La Chocolaterie de William Artigue

La Chocolaterie ocupa un antiguo taller de tapicería del distrito X, a pocos pasos del canal Saint-Martin. Tras su discreta fachada se abre una boutique minimalista comunicada con el obrador, en la que el visitante puede asomarse al oficio que hay detrás, y a cuyo frente está William Artigue, un joven chocolatier que pasó una década aprendiendo en algunas de las casas más respetadas de Francia hasta que en 2021 comenzó a preparar el proyecto que terminaría convirtiéndose en su primera dirección propia.

Su propuesta se parece más a la carta de un restaurante que al catálogo permanente de una tienda. Hay una colección estable de tabletas, pralinés y clásicos de confitería, pero alrededor de ella se suceden creaciones efímeras construidas con los productos de cada temporada.

La Chocolaterie de William Artigue
La Chocolaterie de William Artigue | La Chocolaterie de William Artigue

Así, en primavera y verano entran la frambuesa, la cereza, el cassis —licor de grosella— o la albahaca, pero también plantas medicinales como la reina de los prados; y en invierno la carta se vuelve más golosa a través de las castañas, la membrillo o la pera en distintas elaboraciones. Mientras tanto, de cara a las navidades, orangettes, trufas y barras de pralinés se convierten en reclamos habituales.

Creaciones singulares

Entre las creaciones más personales de Artigue figura la bouchée de partage, una pieza de gran formato pensada para romperse y comer entre varios. Reúne praliné de almendra y avellana, caramelo blando con flor de sal, frutos secos caramelizados y una fina cobertura de chocolate negro; que también ha reinterpretado como helado: una sucesión de crema, caramelo, praliné crujiente y chocolate que conserva la arquitectura del original.

Otra de sus apuestas ha sido el chocolate caliente. En invierno no busca ser solo una bebida caliente, sino una prolongación líquida del trabajo del obrador, mientras en verano el mismo lenguaje pasa a polos y helados elaborados con cacao, vainilla, caramelo de azahar o frutos secos.

Su concepto no compite, por tanto, con las grandes firmas parisinas. Es más bien una chocolatería mezclada con algo de taller, con algo de restaurante de temporada y con bastante de joyería, y su escaparate siempre promete novedad. Precisamente por eso, merece la pena volver.

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