La oscuridad, el nuevo privilegio inmobiliario
INMOBILIARIA
El cielo nocturno, el silencio y la privacidad ganan peso entre los compradores de viviendas de lujo: resorts y residencias de Estados Unidos empiezan a vender las estrellas como un activo que el dinero no puede fabricar, y la tendencia asoma ya en Baleares
Durante décadas, el lujo inmobiliario consistía en añadir. Más metros, una piscina, una bodega, un gimnasio, mejores maderas, domótica, mármol, olivos centenarios, otra chimenea. Sin embargo, en la parte más alta del mercado, empieza a abrirse paso la idea inversa: quitar, fundamentalmente vecinos, tráfico y luz artificial. La agencia inmobiliaria de alta gama Dils Lucas Fox lo resume así: en determinadas propiedades, "el verdadero valor ya no se encuentra en la casa, sino sobre ella".
Más allá de lo que podría parecer una nueva sofisticación del lenguaje comercial del real estate de lujo, realmente la posibilidad de ver las estrellas es ya tan escasa que empieza a conformar la nueva exclusividad.
Y es que, según el atlas mundial que publicó ya en 2016 Science Advances, más del 80% de la población mundial —y más del 99% de los habitantes de Europa y Estados Unidos— vive bajo cielos afectados por contaminación lumínica. Dicho de otro modo, la Vía Láctea ha desaparecido a simple vista para el 60% de los europeos y para casi el 80% de los norteamericanos.
Mallorca descubre el valor de quitar
En este contexto, en el interior de Mallorca e Ibiza, algunas fincas rurales empiezan a comercializarse con esa perspectiva.
Si bien el mar no ha perdido su poder —las villas con vistas del suroeste de Mallorca continúan superando ampliamente los 15 millones de euros—, la consultora inmobiliaria Knight Frank ha detectado un desplazamiento interesante dentro del mercado. Y, aunque no lo relaciona con la astronomía amateur, en su último informe residencial ya identifica el este de la isla como una de las zonas que más impulso ganó durante 2025: autenticidad, privacidad y un precio sensiblemente más atractivo son los fundamentos de ese crecimiento.
Así pues, a pesar de que no existe todavía una estadística que permita aislar la "prima de la oscuridad" en el precio de una vivienda, sí empieza a aparecer el ecosistema que podría darle valor: menos densidad, mayor privacidad, naturaleza, silencio y una iluminación nocturna mucho menos invasiva.
La oscuridad se convierte en sello
Eso sí, la idea de la noche como activo ya tiene nombre, método y hasta sistema de certificación.
Junto con los sellos Starlight, que distinguen a los lugares con las mejores condiciones para contemplar cielos estrellados —como ocurre ya en la isla balear de Cabrera—, la oscuridad ha establecido ya un vínculo explícito con el ladrillo.
En Estados Unidos, la organización DarkSky International fue un paso más allá y llegó a crear una categoría específica para urbanizaciones que protegían el cielo nocturno mediante su planificación y sus normas de iluminación.
Al hilo de ello, algunas promotoras inmobiliarias han hecho de la ausencia de luz uno de sus argumentos de venta. Es el caso, por ejemplo, de Summit Sky Ranch, en Colorado: una promoción residencial de 240 viviendas, con grandes extensiones de espacio abierto, iluminación diseñada para minimizar el resplandor nocturno y un observatorio reservado a sus propietarios. En sus primeros 18 meses había comprometido ya 85 viviendas por 71,5 millones de dólares.
En la misma línea, en las montañas de Idaho, esa idea se ha convertido en un producto de lujo. The Observatory, el nuevo resort de Viceroy que está a punto de abrir sus puertas, ha proyectado sobre el tejado un observatorio con una cúpula giratoria y un telescopio profesional de 17 pulgadas, e incorporará un astrónomo para dirigir las observaciones del firmamento.
No se trata, por tanto, de un telescopio colocado como extravagancia en otro hotel de montaña. El complejo se encuentra en la Reserva de Cielo Oscuro del centro de Idaho, un territorio de 3.668 kilómetros cuadrados, reconocido en 2017 como la primera reserva de este tipo de Estados Unidos, que DarkSky International describe como uno de los últimos grandes espacios del país donde todavía es posible encontrar una auténtica experiencia nocturna alejada de la red eléctrica y de la iluminación urbana.
Además de las 73 habitaciones del resort, el proyecto contempla hasta doce residencias privadas, cuya promoción no descansa solo en el spa o las vistas a las montañas Rocosas: el observatorio figura entre sus principales servicios y las noches bajo "algunos de los cielos más oscuros de Norteamérica" forman parte de la presentación comercial.
Esta tendencia encaja con el cambio que Knight Frank identifica en su Residence Report 2026, en el que señala que la auténtica exclusividad se desplaza hacia otra parte: el emplazamiento, el paisaje, la privacidad y aquello que no admite una copia exacta.
"El estatus ha pasado de lo que una persona posee a cómo vive", resume Harrison Hide, un emprendedor británico y antiguo financiero de Wall Street que ha fundado Long Lane, un proyecto de hotel y club privado de bienestar en West Sussex, en la campiña inglesa.
El precio de una noche oscura
Por el momento, nadie ha conseguido poner una cifra fiable a la prima inmobiliaria de una noche oscura, pero la investigación económica ha comenzado a cuantificar el valor de preservar ese recurso.
Una primera aproximación académica al precio de esa escasez la han desarrollado investigadores de la Universidad del Norte de Colorado y Colorado College, que publicaron recientemente un estudio sobre el beneficio neto del cielo oscuro para el visitante del parque nacional de Great Sand Dunes. Su conclusión es llamativa: si la calidad de su bóveda celeste descendiera hasta la de una zona suburbana media, el valor que los visitantes obtienen de la experiencia caería entre un 23% y un 24%; y con niveles propios de una zona urbana, la pérdida alcanzaría entre el 42% y el 44%. En otro informe previo, los mismos investigadores estimaron además que la pérdida de oscuridad podría reducir hasta 300.000 dólares anuales los ingresos turísticos.
Aunque el cálculo no mide cuánto bajaría el precio de una vivienda, sino lo que una persona estaría dispuesta a pagar por disfrutar de un determinado lugar, sí ofrece una de las primeras cuantificaciones económicas de una idea que empieza a asomar también en el inmobiliario de lujo.
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