Hugo Javier Freitas, historiador: “Traté de regresar de forma simbólica a los orígenes de mis ancestros”
ENTREVISTA
El historiador y profesor de Historia en Buenos Aires Hugo Javier Freitas habla de su próximo libro, Raíces nas augas
Hugo Javier Freitas es historiador y profesor de Historia en Buenos Aires (Argentina). Descendiente de emigrantes gallegos y croatas, desarrolló una investigación prolongada basada en fuentes primarias en archivos de Galicia, Croacia, Argentina y Uruguay. Su obra se centra en los procesos migratorios atlánticos, la memoria familiar y la historia social del mundo del trabajo entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. A raíz de ello escribió Raíces nas augas, que será próximamente editado en España y Latinoamérica.
Pregunta. Hay algo muy personal en su trabajo. ¿Por qué se decidió a abordarlo?
Respuesta. Llega un momento en la vida en que uno empieza a hacerse una serie de preguntas. Tengo ya 51 años y hace poco que perdí a mis padres. Llega un momento en el que los objetos de una estantería que estaba fija se empiezan a mover y mueven cosas en la cabeza. Empecé a ir más para atrás. Mi oficio es historiador y esa influencia jugó un papel crucial. Ni siquiera sabía que tenía familia croata. Empecé a escribir algo que tomó poco a poco la forma de un libro.
P. ¿Cuál cree puede ser el mensaje de su investigación en 2026?
R. La emigración es una constante histórica que sigue produciéndose tanto en Argentina como en España. Pero no quiero ver el árbol, quiero ver el árbol en el bosque. Es importante asumirse como un sujeto histórico y tomar conciencia de lo condicionados que podemos a llegar a estar por el momento en el que nos encontramos. Quizás sirva para hacer comparaciones. Podría agregar que en mi caso traté de lograr un retorno simbólico al origen de mis ancestros. Volver a las fuentes como los peces, recuperar las costumbres, lo que creían, lo que pensaban. Quizás de forma invisible se va traspasando de generación en generación en un efecto cascada. Hay algo que pasa a través de un filtro, pero siempre hay algo que queda. Veo gestos de mi mamá o de alguno de mis abuelos en mis hijos. Por eso traté de emprender un retorno al origen.
P. ¿Cómo era el trayecto de un gallego que partía de su aldea a principios del siglo XX para llegar al Río de la Plata?
R. Estuve indagando en textos de principios de siglo XX y finales del XIX. Los diarios de la época llevaban un conteo mensual de los emigrantes. Es bastante impresionante. Usaban expresiones como “España se desangra”, “Galicia pierde a su juventud”. Era un proceso muy trágico. Los periódicos daban consejos de lo que se tenía que hacer al llegar a Argentina. Muchos alentaban a la juventud a que se preparase para partir. Estamos en el contexto de una crisis económica. En el caso de mis antepasados de Abadín, tenían que pagar un alquiler muy elevado. Toda la familia trabajaba para poder pagarlo y sobrevivir. Entonces el hermano mayor, de 12 años, terminó por irse de polizón en un barco, ya que no tenía ni para pagar el pasaje. Tengo entendido que en su caso tuvo la ayuda acá de otros paisanos y pudo improvisar, porque no venía con nada armado. Cada caso es particular, pero todos tenían la expectativa de vivir mejor. Los une un mismo espíritu de superación.
P. ¿Cómo podían tejer redes y adaptarse sin perder su identidad cultural?
R. A medida que llegaron más gallegos acá, se fueron conformando centros de ayuda puntuales, que a poco garantizaron un buen recibimiento. Estas redes trataban de asegurar un lugar de estancia, algún trabajo y una mutua de atención médica. También había, claro, una preocupación por la cultura. Mi bisabuelo de Abadín se casó con una mujer de Mondoñedo que viajó en el mismo barco un año después. Al haber tantos conseguían mantener vivas las costumbres. Veían a Buenos Aires como una prolongación de Galicia. No era algo ajeno ni exótico.
P. Pero la tierra era otra.
R. Sí, eso es algo de lo que también hablo en el libro. Venían acostumbrados a otra latitud. En Buenos Aires no encontraban bosques ni montes, es todo abierto. Ves y no hay nada que te impida seguir viendo hasta el horizonte. Lo geográfico debió haber pesado en el imaginario.
P. Hay un adagio atribuido a James Joyce por el cual “la ausencia es la forma más elevada de la presencia”. Me viene a la cabeza cuando habla del dolor de quienes se quedaban.
R. Traté de buscar fuentes en esa dirección, pero no encontré demasiado. Traté de imaginar cómo pudo haber sido. Como padre me imagino lo que sentiría si mi hijo se fuera a otro país, por eso lo pienso como la amputación de un miembro. Como un “miembro fantasma” que no está, pero que todavía pica, todavía duele; que no se ve, pero se siente presente. Hice una recreación novelada del día después de la partida. ¿Cómo sería ver ese lugar vacío? Saber que se fue y que tal vez no lo vuelvas a ver jamás. Jesús, mi bisabuelo, jamás volvió. No llegó a conocer a su hermana pequeña. En el libro imagino una ramita que usaba para jugar y que había quedado al pie de la cama, a un costado…
P. Unamuno habla de la “intrahistoria” en 1895 y la llamada “microhistoria” se desarrolla a raíz de la publicación de El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg, en 1976. ¿Tuvo esta tendencia a alejarse de los grandes actores históricos y centrarse en la gente corriente una influencia en su trabajo?
R. Eso es un poco lo que busqué. Alejarme de la historia academicista de los datos, las fechas, las estadísticas; poner a la gente en primer plano. En el libro hablo de dos personas comunes sin ningún tipo de relevancia a nivel histórico. Pero de alguna forma son reflejo de una época a la que trataron de acomodarse de la mejor manera que pudieron, ¿no? Tuvieron que tomar decisiones difíciles y la adaptación seguramente no fue fácil. Hay un relato, hay una historia. Más allá del tema de la inmigración aquí está el tema de la propia vida. Y la vida es tomar todo el tiempo decisiones, a veces difíciles.
P. ¿Sirven entonces las fuentes como indicio de una dimensión existencial que está detrás y que ayuda a abordar la complejidad de la vida?
R. Así es. Quise centrarme en el factor humano. Saber lo que pasó e imaginar las motivaciones de mis antepasados.
P. ¿Hubo una intención de acercar lo artístico a lo científico, lo biográfico a lo histórico, lo inspirado a un lenguaje impersonal?
R. No, creo que no es el producto de una decisión. Creo que de alguna forma mi trabajo refleja cómo veo la Historia, cómo aprendí a percibir la Historia. Mi escritura refleja distintas pinceladas de mi personalidad: algo de historiador, algo de artista. Pero eso tiene que ver con la complejidad humana misma. No hay mejor manera de trabajar que a través de la personalidad. Claro que luego puede haber objeciones y obviamente las acepto. No me creo dueño de la verdad, ni mucho menos.
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