Jesusa Prado López, la fuerza ourensana que iluminó La Habana

Biografías

La ofrenda floral que Raúl Castro, que llegaría a ser presidente de Cuba, envió a su entierro sirvió como último adiós a la niña que recorría las calles de Ourense con los periódicos bajo el brazo y que terminó dejando una huella imborrable en la historia de dos países

Jesusa Prado
Jesusa Prado | Archivo personal de Lois Pérez Leira

El hilo de la memoria histórica de Galicia está tejido con los nombres de mujeres valientes, pero pocos perfiles son tan fascinantes y combativos como el de Jesusa Prado López. Nacida en Ourense el 21 de noviembre de 1897, su vida fue un camino de ida y vuelta entre el calor de su tierra natal y el latido revolucionario de Cuba, manteniendo siempre intactos sus ideales de justicia social.

Jesusa creció en un ambiente humilde pero intelectualmente inquieto. Hija de Ramón Prado, un zapatero y peletero, y de Soledad López, una campesina, la niña Jesusa destacó muy pronto por su precoz inteligencia: con apenas cuatro años ya leía los periódicos en las reuniones del negocio familiar e incluso al cura de la Catedral ourensana, ciudad en la que llegó a estudiar el bachillerato.

La persecución política por las ideas socialistas de su familia —que sufrió la tragedia de ver arder su hogar en Galicia, donde perecieron dos de sus hijos— los obligó a emigrar.

En 1910, con 13 años, Jesusa desembarcó en La Habana junto a su padre. Allí se forjó culturalmente de forma autodidacta, sumergiéndose en el incipiente movimiento obrero y desarrollando una gran pasión por la escritura política, la literatura y la poesía. En 1920 se casó con el también gallego Donato Figueiral Quintas, convirtiendo su hogar en una especie de consulado y hervidero cultural para la colectividad gallega en la isla.

El regreso a Ourense y la resistencia antifascista

Hacia 1934, la llamada de su tierra se hizo inevitable. Jesusa regresó a Ourense con su hija Soledad, Solita, donde regentó una tintorería e ingresó formalmente en el Partido Comunista Español.

Su implicación fue total: sufrió prisión por las grandes huelgas obreras de Asturias de 1934 y, con el golpe de Estado de 1936, se echó a la calle en la ciudad de As Burgas para arengar al pueblo y reclamar armas al Gobierno Civil para combatir el fascismo.

Esta valentía le costó el cautiverio en las cárceles de Celanova, Bande y Ribadavia, y estuvo a punto de ser fusilada. Su ciudadanía cubana y las gestiones del cónsul en Vigo le valieron su liberación, que desembocó en su exilio definitivo en Cuba a finales de 1938.

El reconocimiento de Xosé Neira Vilas

La figura de Jesusa Prado no pasó desapercibida para los grandes intelectuales de la diáspora. El reconocido escritor gallego Xosé Neira Vilas, quien vivió muchos años en Cuba e investigó a fondo la huella gallega en la isla, rescató su memoria con profunda admiración en sus crónicas históricas.

Como "una mujer singular, de recias convicciones y gran valentía" fue como la describió, destacando su papel fundamental en la Asociación Hijas de Galicia y su capacidad para relacionarse de igual a igual con las grandes figuras de su tiempo, desde destacados intelectuales cubanos hasta dirigentes históricos como Dolores Ibárruri, La Pasionaria.

Legado en la Cuba Revolucionaria

De vuelta en La Habana, Jesusa abrió la tintorería El Buen Gusto y se consolidó como vicepresidenta de la Asociación Hijas de Galicia, siendo una de las personalidades más respetadas de la colonia. Con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, entregó su negocio al Estado e inició una etapa de activa militancia: fue fundadora de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y el propio Ernesto Che Guevara la designó como docente para los círculos de estudio del Banco Nacional a los que él se dirigía.

Tras sufrir varios infartos que la obligaron a jubilarse en 1967, Jesusa falleció en La Habana el 15 de abril de 1971. El gobierno cubano, a través del entonces general de ejército Raúl Castro, envió una ofrenda floral a su entierro. Fue el último adiós a aquella niña que recorría las calles de Ourense con los periódicos bajo el brazo y que terminó dejando una huella imborrable en la historia de dos países.

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