Antes de que la música de las chocas se apague en la montaña de Manzaneda

MANTENER VIVA LA TRADICIÓN

Manolo Fernández lleva desde los ocho años unido al ‘oficio’ que hoy afronta la falta de relevo. Él junto a sus hermanos son los últimos pastores que mantienen el sonido de la corna sonando por las montañas de Manzaneda

Manolo llegando con las cabras al curro, tras un día “dando monte”.
Manolo llegando con las cabras al curro, tras un día “dando monte”. | Cristina Clavería

Una corna que resuena en toda la montaña de una manera única y las chocas bailando en el cuello de las cabras mientras estas comen en la Cabeza Grande, en Manzaneda, marcan el buen tiempo en la sierra. Su sonido se escucha a medida que el rebaño avanza entre los pastos y anuncian que, un verano más, las reses ocuparon la montaña. Desde junio, cuando subieron a la sierra, hasta finales de septiembre, permanecerán aquí antes de regresar a Palleirós y al resto de aldeas de las que subieron.

Acompañar a Manolo Fernández durante una de estas jornadas permite conocer de cerca una forma de vida que todavía se mantiene, sabiendo que ya son los últimos coletazos de este singular oficio. No hay grandes cambios entre un día y otro. Estar pendiente de las reses, controlar que ninguna se quede atrás, vigilar a los perros y recorrer los alrededores forma parte de un trabajo que comienza temprano y que, dependiendo del día y del número de animales, puede alargarse durante horas.

El pastor afirma que su primera vez en subir fue a los 8 años. Empezó a ir acompañando a los pastores hasta ir creciendo, “de pequeno iba de costeiro, e ás veces ata me costaba chegar a choza pola niebla e incluso polo medo. Non sei como me chegou a gustar tanto este mundo con todas as que pasamos”.

“Comenzo antes de que saia o sol. Logo toca dar monte coas cabras, ata que paran a sestear”, allí Manolo saca la comida de su “morral” y hace su descanso con ellas. Aprovecha también para dar un trago a su bota de vino. Por la tarde toca otra buena marcha por la montaña siguiendo al rebaño, y guiándolas con el sonido de su corna, hasta llegar al curro de A Mosenda, en donde pasan la noche refugiadas del lobo.

Manolo junto a sus dos hermanos son los que se turnan en el cuidado del rebaño durante más de tres meses que están en lo alto de la sierra. La duración de cada estancia no siempre es la misma. “Os días na serra varían segundo as cabezas de res que teñas”, explica Manolo. Cuantas más reses hay que atender, mayor es también la dedicación que exige el rebaño. Pero su trabajo no se limita a sus propios animales. La viceira continúa funcionando también gracias a que algunos vecinos que ya no pueden subir cuentan con ellos para cuidar de sus reses. Así, los hermanos se hacen cargo durante más jornadas de animales que no son únicamente los suyos. En la sierra, el día transcurre pendiente del ganado. Las reses se dispersan buscando los mejores pastos y los pastores deben conocer sus movimientos y estar atentos a cualquier problema. Los tres mastines acompañan al rebaño y permanecen vigilantes ante la presencia del lobo, una amenaza que sigue formando parte de la vida en la montaña. El paisaje cambia poco durante estas semanas, pero para quienes pasan aquí buena parte del verano la montaña tiene sus propios ritmos. El calor, la niebla, las tormentas o el frío pueden cambiar por completo una jornada, y de eso saben mucho los hermanos Fernández Rodríguez. También la cantidad de animales que haya que controlar, que como destaca el pastor, nada tiene que ver con el número de cabras que subían cuando él era pequeño. Este año tienen alrededor de 300 cabezas de ganado.

 La singular llamada de la corna es imprescindible.
La singular llamada de la corna es imprescindible. | Cristina Clavería

La vida en el curro tampoco es exactamente igual que hace décadas. Los coches permiten ahora acercarse a lugares que antes obligaban a cargar con todo lo necesario para pasar varios días en la montaña. También están los móviles, que han cambiado la forma de comunicarse desde un lugar que continúa teniendo mucho de aislamiento. Aunque haya muchas modernidades, una radio nunca falta en el curro manteniéndolos al día de las noticias.

En Manzaneda, se está acabando quien mantenga esta costumbre “esto non ten relevo, non hai quen veña detrás”. Este verano, solo el curra de A Mosenda y el de Langullo continúan en uso. Son dos de las últimas muestras de una forma de organización que durante generaciones permitió a los vecinos llevar sus animales a la montaña durante los meses de verano.

Para Manolo y sus hermanos, estos meses forman parte de la rutina de cada verano. Subir en junio, turnarse durante la temporada y volver a bajar a Palleirós cuando llega el final de septiembre. Una costumbre que se repite año tras año y que, mientras las chocas continúen sonando en la montaña, todavía mantiene viva una parte de la historia de estos pueblos, aún sabiendo que lo que ya empieza a sonar es su fin

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