La presidenta Violeta Chamorro, espejo de un recuerdo

CON LOS PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA

Nicaragua es un país desventurado, la guerra de los setenta, la guerra de los ochenta junto a la facilidad que tienen los nicas para desenfundar... Violeta Barrios cogió un país hundido, atenazado por la violencia y consiguieron la victoria de la paz, lo pasaron del totalitarismo a la democracia

Alfonso S. Palomanes
Publicado: 02 sep 2018 - 13:24 Actualizado: 03 sep 2018 - 16:02
Alfonso S. Palomares y directivos de ACAN-Eje con la presidenta doña Violeta en el palacio presidencial de Nicaragua.
Alfonso S. Palomares y directivos de ACAN-Eje con la presidenta doña Violeta en el palacio presidencial de Nicaragua.

Cuando quedé a solas con la presidenta Violeta Barrios de Chamorro en su despacho de Managua, no resistí la tentación de decirle que me sentía impresionado por encontrarme ante una leyenda plural, porque en torno a doña violeta crecen varias leyendas. Los años, la madurez de los años han acentuado la serenidad de su antigua belleza. Se lo dije y me lo agradeció con un sonriente gesto de coquetería femenina. En principio no estaba predestinada para ser presidenta del país, pero cogió las banderas y las ideas de la lucha de su marido asesinado para sujetarlas con fuerza y llevarlas a la práctica.

Hizo lo mismo que Cory Aquino en Filipinas, Sirimavo Bandaranaike en Ceilán y Benazir Bhutto en Pakistán. Sé que los cuatro casos son diferentes y los gestionaron de manera distinta porque eran diversas las circunstancias. Pero, las raíces de las cuatro son parecidas. Cumplir el legado del marido en los casos de doña Violeta, Cory Aquino y Sirimavo Bandaranaike; en el caso de Benazir se trataba de reivindicar la memoria de su padre Alí Bhutto en Pakistán, lo pagó con la vida, la asesinaron a su regreso al país. Las cuatro recibieron una mutación profunda en sus vidas. Violeta Barrios de Chamorro pertenecía a una familia de terratenientes acomodada, conoció muy joven a Pedro Joaquín Chamorro, descendiente de Frutos Chamorro, primer jefe de estado de la Nicaragua independiente. Se casó a los 22 años recién cumplidos, Pedro Joaquín tenía 25, y no solo fue su mujer sino la seguidora más entusiasta de todos sus proyectos. Como director, convirtió el diario La Prensa en el periódico más prestigioso e influyente del país, a la par que en instrumento eficaz de la lucha contra Somoza. Somoza era la sombra negra y brutal de Nicaragua, hábil en el manejo de la pistola y el caballo. Del país subía hacia el cielo ardiente un incienso de odio que lanzaban los poetas, los escritores y las gentes marginadas en las cunetas miserables. Esto escribía Ernesto Cardenal: “Uno se despierta con cañonazos/ en la mañana llena de aviones/ Pareciera que fuera una revolución/ pero es el cumpleaños del tirano.”

Pedro Joaquín Chamorro se concentraba en la lucha contra la tiranía porque soñaba con la libertad y pagó precios muy altos por su lucha, le cerraron el periódico varias veces, le encarcelaron, le torturaron, pero no se rindió nunca sino todo lo contrario, participó en un golpe contra la dictadura que fracasó y le condenaron a 9 años de cárcel. Doña Violeta durante 27 años se dedicó a cuidar de sus cuatro hijos y a acompañar a su marido en la sombra, apoyando lo que hacía, conociera o desconociera lo que estaba haciendo, sabía que era por el bien de Nicaragua. “Yo tenía una confianza ciega en él”, me dijo mientras me enseñaba lo que llamaba sus santos en el despacho de la presidencia. La mesa parecía una mesa de colegiala, estaba cubierta por un cristal y debajo del cristal una serie de estampas de vírgenes y santos muy diversos, pero los santos en los que concentraba su devoción estaban colgados de la pared, eran: el difunto esposo Pedro Joaquín, el cardenal Ovando y el papa Juan XXIII. Entre los avatares que me contó fue el destierro en San Carlos, un pueblo nicaragüense en la frontera con Costa Rica, país en el que terminaron exiliándose.

-¿Cual fue el día más triste de su vida? –sabía perfectamente la repuesta cuando se lo pregunté, pero quería oírla en su voz.

-Comprenderá que en mi caso es imposible olvidarlo, siempre lo tengo presente. Fue el día del asesinato de mi marido por pistoleros somocistas. Desayunamos juntos como siempre a eso de las ocho de la mañana. En principio era un día tranquilo, nada anunciaba sobresaltos trágicos. Salió como de costumbre conduciendo su carro y fue en el camino donde le acribillaron en una planificada balasera. Primero me llegaron rumores, pero pronto mi hijo mayor me comunicó la certeza de la muerte. No sabía qué hacer, solo podía llorar, lloraba con el alma y con los ojos. Una fuente de llanto. Era un cuerpo de lágrimas sin esperanza. Nicaragua se estremeció de dolor, como si el cielo se desplomara sobre la tierra con el maldito rostro de Somoza ensangrentado con la sangre de Pedro Joaquín. Cómo no podía irme con él, que era lo que hubiera deseado, tenía que resistir y tirar hacia adelante con toda la carga que él llevaba. Me hice cargo del diario La Prensa, no podía dejarlo caer, supe rodearme de gente de talento para mantener el prestigio. Lo logré.

NICARAGUA. Alfonso S. Palomares recibe en su despacho de Efe a la directora de La Prensa, Cristina Chamorro, hija de la presidenta nicaraguense y a su esposo Antonio Lacayo, Ministro de la presidencia de Nicaragua.
NICARAGUA. Alfonso S. Palomares recibe en su despacho de Efe a la directora de La Prensa, Cristina Chamorro, hija de la presidenta nicaraguense y a su esposo Antonio Lacayo, Ministro de la presidencia de Nicaragua.

En el entierro, doña Violeta era el arquetipo del desamparo, pero también la depositaria de un recuerdo y el espejo de las ilusiones de su marido. Le llamaron la viuda de Managua y sintió que lo era de toda Nicaragua. El dolor une más que las alegrías, y el dolor de doña Violeta le supuso una marea de seguidores. El 20 de julio de 1979 las primeras columnas de guerrilleros sandinistas entraron en la capital. Somoza acorralado hizo varias fintas para sobrevivir, con la ayuda de Estados Unidos logró huir en avión al Paraguay en donde murió asesinado poco tiempo después, en Nicaragua lo celebraron con una gran variedad de brindis. Los sandinistas crearon una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, integrando en ella a doña Violeta, la presidía Daniel Ortega y el vicepresidente era Sergio Ramírez, escritor que sería premio Cervantes. Nueve meses después renunció al cargo alegando que lo hacía por motivos de salud.

-¿Realmente renunció por motivos de salud?

-No me encontraba muy bien físicamente, eso es verdad, tenía principios de osteoporosis, pero tampoco me sentía bien en una Junta de la que empezaba a ver tics autoritarios. Habíamos luchado por la democracia, no por una dictadura de perfume castrista. Después terminé acusándolos de traición a los principios democráticos. La Prensa volvió a la línea editorial acostumbrada de rebeldía contra el poder sandinista, que respondió con nuevos cierres. De nuevo la guerra entre sandinistas, Contras y recontras. Otra guerra en Nicaragua ¡Que tragedia!

La verdad es que Nicaragua es un país desventurado, la guerra de los setenta, la guerra de los ochenta junto a la facilidad que tienen los nicas para desenfundar por el menor motivo han causado millares y millares de muertos. Y por si fuera poco en las señales siniestras del destino, un día temblaron los cimientos de Managua agitados por un terremoto devastador que redujo todo a escombros, incluida la catedral de la que solo quedaron las paredes. En los años que la visité con cierta frecuencia, Managua era una ciudad fantasma, no existía.

-En el haber de los sandinistas ¿se puede considerar la alfabetización como una decisión positiva?

-Enseñar siempre es bueno, pero no se puede alfabetizar con un fusil en la mano. Eso es adoctrinamiento.

Los sandinistas convocaron elecciones para el día 25 de febrero de 1990. La oposición vio la posibilidad de alcanzar el poder si se unían, ya que estaban dispersos en varios partidos, grupos, movimientos y grupúsculos. Después de muchas negociaciones lograron concentrarse 14 partidos en la UNO, Unidad Nacional Opositora. Eran partidos de distintas ideologías que iban desde la derecha clásica a la izquierda marxista. Les faltaba un rostro, una imagen que le diera visibilidad unitaria al conglomerado opositor y eligieron a doña Violeta que no estaba en ningún partido. Ella sería la candidata de la UNO. Los sandinistas le hicieron una campaña de desprestigio, entre otras lindezas dijeron que su inteligencia política era la misma que la de una langosta del Atlántico. Hizo la mitad de la campaña con una pierna escayolada y un discurso directo, de corazón a corazones, con palabras e ideas que todos comprendían. Gritaba: tenemos hambre, queremos comer, tortillas y frijoles más baratos.

También prometió que si ganaba eliminaría el servicio militar obligatorio y retiraría muchas de las armas que estaban en manos de particulares. Entre sus hijos había distintas opiniones, a Cristiana que era fervorosa seguidora de su madre, lo mismo que su esposo Antonio Lacayo, le entregó la dirección de La Prensa en donde se batió a fondo por los principios de la libertad de prensa. En cambio su hijo Carlos Fernando Chamorro militaba en el bando sandinista y dirigió el periódico Barricada que editaba la organización. Eso no era óbice para que todos comieran los viernes en casa de doña Violeta. A los dos, a Cristiana y a Carlos Fernando les vi con cierta frecuencia en las reuniones de ACAN, Agencia de la que eran socios y que gestionaba Efe. Carlos Fernando terminó abandonando el sandinismo por sus derivaciones autoritarias.

Contra los sondeos, la UNO de doña Violeta ganó las elecciones con el 54% de los votos, mientras los sandinistas quedaban en el 41%. A la hora de formar gobierno nombró a su yerno Antonio Lacayo, ministro de la presidencia, una especie de primer ministro. En ese reparto de poder ella se reservó el papel de Jefa del Estado. Me lo explicó Antonio Lacayo el día que vino junto con sus esposa Cristiana a comer en mi despacho de Efe. Cogieron un país hundido, atenazado por la violencia y consiguieron la victoria de la paz, lo pasaron del totalitarismo a la democracia y de la economía centralizada y planificada a una economía liberal. Es cierto que en las privatizaciones de las empresas públicas hubo unas dosis importantes de la corrupción. La última vez que hablé con doña Violeta en Managua la encontré satisfecha de su aventura política. n

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