“Orillas del Avia”, un cuadro de Beruete “el Viejo”, en el Prado

Tribuna

Cuadro de 1884 de Aureliano de Beruete,Cercanías de Ribadavia. Colección privada.
Cuadro de 1884 de Aureliano de Beruete,Cercanías de Ribadavia. Colección privada.

Todavía en la actualidad, a veces, salta la polémica. Ciertamente, es difícil no confundirlos. Máxime, si se cree que Aureliano de Beruete, vamos a denominarlo el “Viejo”, para distinguirlo de su hijo, “el Joven” -director del Museo del Prado-, plasmó el paisaje del Avia en un sólo lienzo. No cabe duda de que los antropónimos con apellidos similares y la captación de la impresión de la ribera del río desde un rincón semejante, con el paso del tiempo, contribuyeron, en buena medida, a dar lugar a equívocos. Pero, a todas luces, está resuelto el entuerto. El célebre paisajista, no había recreado el paraje del Avia en una ocasión. Había dejado para la historia las impresiones de la ribera del río, al paso por la villa, en dos instantes diferentes del día. Uno y otro, están documentados con precisa claridad. “Orillas del Avia” forma parte de la casi treintena de obras que posee el Museo de Prado de Beruete, y “Cercanías de Ribadavia”, del mismo autor, otrora en el Museo de la Corte, en la actualidad forma parte de una colección privada.

Quizás no siempre, pero casi siempre, las cosas tienen su razón de ser. Aristóteles le denominaba causalidad. En este caso, en concreto, también había un motivo. No era producto del azar que el afamado pintor impresionista de la aristocracia madrileña aterrizase, sin más, en 1883, en esta pintoresca villa. La llegada del ferrocarril, su amistad con Emilia Pardo Bazán, conocedora por excelencia de las tierras del Avia, o la pasión que compartía con Giner de los Ríos por aprender en contacto con la naturaleza, además de la belleza de los parajes “ribeiranos”, fueron, sin duda, un reclamo ineludible.

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Cuadro de 1884 de Beruete “Orillas del Avia”. Museo del Prado.

No es un misterio que, en la década de los ochenta del XIX, la intelectualidad gallega, desde sociedades como, por ejemplo, Folk-Lore, que presidía la ilustre condesa, hacía llamamientos, sobre todo, a los pintores, para que realizasen dibujos, bocetos o vistas tomadas en las campiñas. Ni tampoco es un enigma que la mayoría de ellos coincidiese en que sólo un autor, y no nacido en Galicia, como era Beruete, le diese respuesta a aquella demanda cultural. Claro que es posible que esa opinión, no sólo estuviese condicionada por el aprecio que le tenían al artista, sino también por el encargo que le había hecho la Asociación. El reputado pintor, en poco tiempo, le entrega a la agrupación un cuadro costumbrista, cuyo tema era el exterior de un campo-santo de una aldea gallega, y, además, le regala a Pardo Bazán una vista de la Ribera de Vigo.

Fue, precisamente, en este viaje por Galicia, cuando este paisajista, compañero de Sorolla, con quien, a menudo, se carteaba, elegía el paraje de las orillas del Avia, para calcar un trozo de paisaje, con la misma luz y color que veía en ese instante. Miraba y reproducía, sobre el lienzo, el marco natural del río que bordeaba a la capital del Ribeiro, al igual que lo había hecho con el Manzanares o con el Sena en París. Captaba el momento.

No es nuestro objetivo escudriñar el análisis técnico de las obras. Esa es la labor de los profesoress de Arte. Aun así, contemplándolos, no podemos evitar dejarnos llevar por la emoción que nos trasmiten los retazos que capta en dos momentos distintos de las afueras de la villa. Tanto un lienzo como otro, aún hoy, nos transmiten la impresión de que Ribadavia se eterniza en el tiempo. Cuando Beruete ejecutó el cuadro “Orillas del Avia”, era el tercer río que pintaba. Y emociona ver los verdes difuminados en una perspectiva azulada bajo los blancos monótonos. Luego, los huertos aparecen como en un segundo plano; y, más arriba, se atisban las buhardillas del barrio judío.

Este óleo lo presenta en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1884. Con él, no sólo obtiene una medalla de tercera clase, sino que también logra un gran reconocimiento por parte de la crítica. A nadie se le escapa que las exposiciones, desde 1856, tuvieron una estructura de concurso, y que los artistas no dejaban de acudir con sus obras a estos certámenes con la intención de obtener prestigio.

Los paisajes se convirtieron en un manantial de inspiración para artistas españoles que llegaron a Galicia, en buen número, con la finalidad de inmortalizar sus parajes naturales. Campuzano copiaba “La Playa de Vivero”, Pradilla, “El mercado de Noya”, y, el propio Beruete, vuelve a trasladar al pincel las “Cercanías de Ribadavia”. Esta obra que, en ocasiones, aparece, erróneamente, con la denominación de “Orillas del Avia”, llegó a ocupar, según recoge la prensa en 1893, un puesto de honor en el Museo de la Corte. En ella, capta la belleza del cielo, de las casas, de los árboles y de las aguas, a las afueras de Ribadavia. Pertenece a esa etapa en la que el autor se muestra influido por las vedutes - vistas- venecianas de Rico. Sin embargo, es el lienzo, “Orillas del Avia”, el que, aún hoy, está catalogado en la Meca de la cultura; el Museo del Prado. Ciertamente, fueron los lienzos, no las lanzas, a tenor de estas obras, las que cosecharon triunfos intemporales.

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