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La Bella Granadina era ourensana
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Genio e ingenio. Si no era de una manera, era de otra… Pero, desde las postrimerías del XIX, sobre todo tras la pérdida de las colonias ultramarinas, muchas ourensanas y ourensanos, más que ir allende los mares, para ganarse las habichuelas pusieron su mirada en Europa; principalmente, en Francia. Unas veces, con carácter; otras, con perspicacia, el que más o el que menos hizo bueno el dicho de que “nadie es profeta en su tierra…”. Fue lejos de ella en donde se forjaron una reputación.
La joven Celedonia, por ejemplo, al igual que había hecho con anterioridad otra gallega, la Bella Otero, aprovechó las oportunidades que le brindó París, la Ciudad de la Luz, para hacer llegar al público la magia de su arte, a través del baile. Cuando Mazzantini, un popular torero de padre francés y madre vasca, hacía un total de 39 corridas en Francia, la ourensana comenzaba, según rezaban los carteles, a consolidarse como una estrella de fama mundial. En el “faubourg” Montmartre, en donde la cultura y el arte se entremezclaban, era conocida por el nombre artístico de la Bella Granadina.
Semejante apodo artístico no solo era sugerente por él mismo, sino que, además, estaba latente en el pueblo francés. A la propia emperatriz, Eugenia de Montijo, casada con el presidente de la II República, Luis Napoleón -futuro Napoleón III-, por su hermosura y por su localidad nativa se le conocía también como “la bella granadina”. Mas, en esta ocasión, Celedonia, si bien era una mujer lozana, no era de Granada sino de Ourense. Había elegido el seudónimo a propósito y había acertado de pleno. A la primera consiguió trabajo, ni más ni menos que en el mundo del espectáculo. Cualquiera firmaba un contrato en París -decía la ourensana- para bailar flamenco siendo de Ourense.
Pese a todo, a la de cal… le siguió la de arena. Cuando el resplandor del éxito parecía tenerlo entre las manos, ¡zas!, el estruendo de la guerra hacía añicos sus sueños. Poincaré, a última hora del sábado 1 de agosto de 1914, hacía pública la orden de movilización del Ejército galo. Francia entraba en guerra. Y desde ese instante, la mayoría de extranjeros afincados en París no dudaron en regresar a los países de origen; en especial, los españoles. Dato mantenía una neutralidad política ante el conflicto. Era, por lo tanto, el mejor paraguas en el que resguardarse de semejante chaparrón. A nadie le sorprendió que, tan pronto como el Gobierno francés les concedió a los extranjeros residentes un breve plazo de tiempo para abandonar la capital de la República, se produjese la estampida. Con todo, Celedonia no tuvo fácil salir de la ciudad parisina. “Pude salir de allí -decía la Bella Granadina- gracias a que al comisario le bailé unas sevillanas sobre la mesa”. El vendaval que traía el horror de la conflagración hizo que la mayoría de repatriados lo dejasen todo. Habían perdido la casa, los vestidos y los francos que tenían depositados en la casa de banca; incluso, los salarios de los jornales que les faltaban por cobrar.
Las autoridades locales, desbordadas por la gran cantidad de familias que llegaban desde la frontera en muy malas condiciones, solicitaron recursos con premura, mientras habilitaban espacios para alojar a los recién llegados.
Por fortuna, ella estaba entre los miles y miles de españoles que se agolpaban en la frontera franco-hispana en los primeros días de agosto de 1914. Allí, el desconcierto era la nota dominante. Unos, los franceses, querían poner orden, a la vez que frenar las deserciones. Otros, los repatriados, querían disponer de medios de transporte para volver cuanto antes al país de origen. Trataban de llegar a grandes poblaciones como San Sebastián, Barcelona o, más tarde, Madrid, para luego seguir rumbo a casa. Solo por Portbou, según los datos que publicaba El País, en los quince primeros días de agosto de 1914 habían pasado 30.830 repatriados. Esta avalancha humana a la fuerza acrecentaba los problemas en los lugares de recepción. Las autoridades locales, desbordadas por la gran cantidad de familias que llegaban desde la frontera en muy malas condiciones, solicitaron recursos con premura, mientras habilitaban espacios para alojar a los recién llegados.
Enseguida, como ocurre en tiempos revueltos, se mostró la doble cara de la humanidad. Por una parte, apareció el semblante de la solidaridad, pero, por otra, también sacó a relucir las garras la especulación. Tanto a Celedonia, la Bella GranadinaF, como a otros retornados, el propio gasto del viaje los había relegado a la indigencia. En el territorio francés, la escasez de comestibles había incrementado de tal manera los precios de los productos de primera necesidad que muchos se habían gastado en ellos casi todos los ahorros. El porvenir que le esperaba a la mayoría y, en particular, a los repatriados artísticos, como Celedonia, no era nada halagüeño. En España, nadie quería ni billetes franceses que se habían depreciado en demasía, ni estrellas españolas que formaban una constelación coreográfica, como la Bella Granadina, que solo eran conocidas en el país vecino.
Pese a todo, muchos repatriados del mundo de la farándula no cejaron en agolparse en las contadurías de los teatros en busca de un contrato. “A mí me suprimieron el Pas de Bourrée -decía la ourensana- por orden de Poincaré”. Pero, ni con esas. Si artistas con trayectoria en la escena nacional, en Madrid, se habían visto abocados a vivir en el fondo de tristes casas de huéspedes, con una patrona que no entendía para nada de conflictos internacionales, cuánto más difícil lo tendría aquí la Bella Granadina para bailar flamenco, siendo una ourensana
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