La cultura del aprendizaje

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Publicado: 11 ene 2026 - 05:25

Opinión en La Región
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Acabamos de iniciar en apenas unos días un nuevo ciclo y, con él, nos enfrentamos a una certeza que a menudo resulta incómoda para los comités de dirección: el conocimiento técnico tiene hoy una fecha de caducidad más corta que nunca.

En el epicentro de la era digital, no estamos participando en una carrera de velocidad con una meta definida, sino que avanzamos sobre una cinta de correr que acelera de forma constante. Si cometemos el error de detenernos a contemplar los éxitos logrados el año pasado, la inercia tecnológica nos expulsará de la pista casi de inmediato. Por ello, al mirar hacia la hoja de ruta de este año, la prioridad no debe ser solo qué herramientas vamos a implementar, sino cómo vamos a preparar las mentes que deben gobernarlas.

El mayor obstáculo para la transformación digital en nuestro tejido empresarial no es la falta de presupuesto ni la escasez de herramientas sofisticadas de inteligencia artificial o análisis de datos. El verdadero freno es el miedo a la irrelevancia técnica y el abismo que se genera entre la innovación disponible y la capacidad real de las organizaciones para absorberla. Muchas compañías caen en la trampa de intentar solucionar sus carencias mediante la contratación externa masiva para parchear necesidades puntuales, ignorando que el talento externo se marchita si no encuentra un ecosistema interno que respire una verdadera cultura de innovación. Esta incertidumbre suele generar una parálisis estratégica peligrosa; las empresas postergan inversiones necesarias en arquitecturas escalables simplemente porque dudan de si su equipo humano será capaz de gestionarlas el día de mañana.

Fomentar esta cultura requiere, necesariamente, integrar la curiosidad por diseño en la estructura operativa de la empresa. Esto implica dar espacio a la experimentación y entender que el aprendizaje conlleva un proceso de ensayo y error que es vital para la innovación.

Desde la perspectiva de quienes vivimos el día a día de la ingeniería, el marketing y el dato, hemos comprendido que el aprendizaje constante no puede ser un beneficio secundario o un curso aislado de recursos humanos. Debe entenderse como un activo financiero estratégico, una suerte de póliza de seguros contra la obsolescencia. En Redegal, vemos el upskilling como el motor que nos permite convertir la incertidumbre en una ventaja competitiva. No se trata únicamente de acumular certificaciones, sino de fomentar una mentalidad donde la inteligencia artificial se perciba como un copiloto y no como un sustituto. El retorno de inversión más elevado de este año no vendrá de la automatización por sí misma, sino de los profesionales capaces de auditar, dirigir y dar sentido estratégico a lo que esa automatización produce.

Fomentar esta cultura requiere, necesariamente, integrar la curiosidad por diseño en la estructura operativa de la empresa. Esto implica dar espacio a la experimentación y entender que el aprendizaje conlleva un proceso de ensayo y error que es vital para la innovación. Cuando un equipo tiene el respaldo para explorar nuevos lenguajes de programación o modelos de atribución de datos sin el miedo al castigo por el fallo inicial, es cuando surgen las soluciones disruptivas que los clientes aún no saben que necesitan. Esta mentalidad de aprendizaje permanente es lo que transforma a una agencia de un simple proveedor de servicios en un socio consultor capaz de diseñar arquitecturas que no solo funcionan hoy, sino que son lo suficientemente flexibles para adaptarse a los cambios que, con seguridad, vendrán en los próximos meses.

Cuando finiquitemos este primer mes del año, el reto para cualquier líder no será solo decidir en qué tecnología invertir, sino cuánto habrá crecido el valor intelectual de su organización. La tecnología, por avanzada que sea, termina convirtiéndose en una mercancía accesible para todos. Sin embargo, la capacidad de una organización para aprender a utilizarla con el fin de generar modelos de negocio rentables y sostenibles es el único diferencial que la competencia no puede copiar. Invertir en el software humano es la única decisión estratégica donde el retorno no solo está garantizado, sino que es exponencial.

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