Una declaración de guerra a la innovación

EL ÁLAMO

Publicado: 06 ago 2026 - 00:40
Itxu Díaz
Itxu Díaz | La Región

El látigo que aflige a los adultos es siempre el mismo: “debes adaptarte a los nuevos tiempos”. A mí me lo dijo el otro día el dependiente de una tienda de ropa, cuando le pregunté si disponían de alguna “corbata normal”, es decir, cualquiera que no parezca diseñada por el primo tonto de Satanás. “Esto es lo que se lleva este año, ¡actualízate!”, gritó, condescendiente, sosteniendo una corbata roja con manchas verdes y azules a la que solo le faltaban unas lucecitas de Navidad alrededor para poder ser detectada desde la Estación Espacial Internacional. No encontré manera de explicarle que lo que espero de una corbata es que me haga sentir elegante y discreto, y no innovador; si quisiera sentirme innovador, en vez de una corbata, me colgaría del cuello una CPU.

En mi noble condición de conservador irritado, dinosaurio reaccionario, y amigo de la cerveza, siempre he pensado que las malditas agendas deberías ser personales"

El riesgo para las personas normales (ya sabes, tú, por ejemplo, que no esperas nada del Gobierno, te levantas temprano, trabajas con esfuerzo todo el día, tienes una bonita familia, tratas de fundar un hogar, alimentas cuatro bocas y un perro, y dejas que Hacienda te haga su colonoscopia anual), es que la amenaza de la innovación no se ha detenido en el terreno estético, sino que se ha extendido al de las ideas. Esa entente que conforman Sillicon Valley, los charlatanes de la prensa, y muchos líderes políticos progres, han convencido al mundo de que necesitamos constantemente un cambio, que es algo así como tratar de adaptar la revolución cubana a todos los ámbitos de la vida, desde la fórmula del champú anticaspa hasta la política de inmigración. Y, claro, en todos esos ámbitos, los resultados son tan exitosos como los de la revolución de La Habana.

Esta pasión por el cambio es también la causante de que todo esté lleno de agendas. Hay una agenda contra el cambio climático, una agenda por el empleo, una agenda 2030, una agenda 2050, un millón de agendas de la ONU, y una agenda de ligues de fin de semana, aunque esta no la han inventado los progresistas. El objetivo de la agenda es que llegues desde un punto de partida hasta un punto de llegada -la rubia que está bailando en la tarima no cuenta como destino-, pero esto mismo lo logra Google Maps sin necesidad de subir, qué sé yo, los impuestos a los combustibles.

En mi noble condición de conservador irritado, dinosaurio reaccionario, y amigo de la cerveza, siempre he pensado que las malditas agendas deberías ser personales. Si quieres alcanzar una meta, ya sea salvar un árbol en el Amazonas o darte a la poligamia, también amazónica, haz lo que quieras, pero no obligues a millones de personas a acompañarte en tu aventura o padecer sus consecuencias. Lo que caracteriza a las agendas progresistas es que son obligatorias para todos, sea cual sea el objeto del cambio que se espera; y siempre son muy molestas.

En la carrera sufrí una asignatura llamada Cambio Social, una especie de panegírico a las revoluciones, a los movimientos sociales, y a las fuerzas del cambio. La izquierda en tres escenas: primero monta la revolución y te obliga a sumarte; después arruina cualquier cosa que toca, pero insiste en que el cambio ha sido a mejor; y finalmente, te obliga a estudiar lo bien que está todo desde que hicieron la revolución, si quieres obtener un título universitario homologado por la progresía internacional hegemónica.

Ante este panorama de culto a las tesis de la innovación y el cambio, los conservadores debemos abrazarnos a las viejas ideas con la furia de un artesano inglés del XIX en plena explosión de ludismo, y rechazar con idéntica energía las llamadas ideas innovadoras, especialmente aquellas que, a simple vista, no parecen tan dañinas. Lo que nos diferencia de la izquierda es que no idealizamos el cambio por el cambio. A menudo entendemos que la innovación no es el camino a la felicidad, tan pronto como nos falla la célula fotoeléctrica y la puerta corredera de cristal de la frutería no se abre. Conozco a varios que han experimentado una epifanía anti-innovación, sin necesidad de leer ningún libro, mientras recogían los dientes del suelo.

El conservador debería desconfiar de cualquier agenda en la que lo importa sea el cambio y no el destino. Nos lo advirtió el siglo pasado Nicolás Gómez Dávila: “Cada día resulta más fácil saber lo que debemos despreciar: lo que el moderno admira y el periodismo elogia”; esto incluye considerar la cebada comida humana, la pasión por el yoga, los electrodomésticos inteligentes, la depilación masculina, el régimen talibán, el lenguaje inclusivo, cualquier campaña institucional del Gobierno de Sánchez, los grifos que se activan cuando paseas la manita por delante, a Greta Thunberg, las catas de aguas minerales, la teoría crítica de la raza, cualquier cosa que diga o piense Judith Butler, y todas las revoluciones de los siglos XX y XXI.

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