Difícil escuchar

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Es así. Sólo hay que comprobarlo en cualquier momento con unas cuantas personas amigas reunidas. Es muy fácil e inmediato ver el resultado, si al tiempo ha de estar implicado uno mismo en el caso. El asunto va de lo difícil que supone escuchar. Por eso, si se va a dar una charla, es necesario que el orador tenga en cuenta, primero que la disertación sea más bien corta con la exposición claramente articulada y con una buena vocalización. De no ser así, el escuchante se desconectará rápidamente de lo que oye, dado que el cerebro, al margen de la capacidad de atención y comprensión, necesita de un tiempo para procesar lo que dice el conferenciante.

El tema lo conozco a fondo por haberlo estudiado y explicado en algunos cursillos que impartí en su tiempo a diversos colectivos sociales. Hay muchos experimentos científicos realizados sobre el particular y ustedes, queridos lectores, pueden llevarlos a cabo también sin dificultad. Solo requiere atención ante las reacciones que a la postre, nunca varían. Pero volvamos a la mencionada reunión ficticia de amigos que pueden tener diferentes años o niveles sociales. Veamos como ejemplo: uno de ellos reclama unos minutos de silencio para que cada uno de los presentes responda por turno a la propuesta de una pregunta que puede versar sobre cualquier tema, profundo o baladí. En los primeros instantes reinará el silencio solicitado, pero de inmediato ante la primera respuesta, o tal vez la segunda si se es muy generoso, ya nadie esperará su turno para expresarse, y cada cual comenzará a entrecruzar conversaciones que nada tienen que ver con lo propuesto, con interrupciones de los unos a los otros.

Los expertos que trabajan en ello responden que, al margen del voluntario desinterés por la opinión ajena, o el instante que requiere el proceso de análisis de lo oído, puede influir el estrés que reduce la regulación de las emociones

Es muy complicado escuchar, y muy complicado pensar. Pero ¿a qué se debe? Los expertos que trabajan en ello responden que, al margen del voluntario desinterés por la opinión ajena, o el instante que requiere el proceso de análisis de lo oído, puede influir el estrés que reduce la regulación de las emociones, el no salir del pequeño mundo propio, o lo que es lo mismo, cerrarse en las ideas personales sin admitir las ajenas, ocuparse sólo en el crítico interior del ego, o la presión de los tiempos inseguros que se viven, que impiden que el espíritu se calme. Tal vez por eso, dicen que todo el mundo juzga, pero no opina reflexivamente. Sin duda falta el necesario entrenamiento.

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