Fiestas sin alcohol

EL ÁLAMO

Publicado: 02 jul 2026 - 03:40
Itxu Díaz
Itxu Díaz | La Región

Hablaba la otra noche con unos amigos cuarentones de la crisis de las fiestas y el ocio nocturno de la periferia, de las afueras, de los pequeños pueblos que rodean a las grandes ciudades. Es un sentimiento subjetivo, cierto, pero lo que no es subjetivo es la cantidad de zonas de copas que hemos visto desaparecer en los alrededores de las ciudades, así como las rutas de brindis entre pueblos cercanos, que ya no existen, que a los más jóvenes les suenan como películas de ciencia ficción. Solo hay una razón para el final de tanta diversión, de tantas noches tan variadas, de tantas oportunidades de fiestas y conciertos, a menudo en ambientes diferentes a los de la gran ciudad, que siempre es saludable abrirse un poco al exterior. Solo hay una razón y se llama “controles de alcoholemia”.

Quizá el mayor problema de la DGT es que no hay manera de convencernos de que la sangría diaria que ejecutan entre controles y radares traicioneros está destinada a proteger nuestra seguridad"

Ya sé que el asunto es delicado. No pretendo abrir el melón de si deben hacerse más o menos, ni discutir las vidas que, imagino, habrá salvado esta estrategia de ocultarse cada noche de verano en las rotondas que unen dos zonas de copas. Tampoco me esperen defendiendo esa estupidez de que la borrachera al volante es una decisión personal individual, porque obviamente no está en juego solo la vida del borracho, que además de ebrio es gilipollas y decide echarse a una carretera que a duras penas logra enfocar.

No obstante, no veo razones para ocultar la otra cara del debate. La constante persecución del conductor normal por parte de la DGT ha incluido un amplio capítulo destinado a erradicar el pincho y la caña, y los vinos a los pies de una barraca de feria o una orquesta. Que hoy la extrema realidad legal te obliga a jugártela –el carnet y los dineros- si osas cruzar un kilómetro entre pueblos después de echarte una maldita cerveza al coleto. Que en teoría no debería hacer saltar el alcoholímetro, pero, como diría Mota, ¿y si sí? Me perdonen si quieren los impulsores de este enfermizo acoso al conductor, pero si eres capaz de estampar el coche por haber tomado una o dos cervezas, tengo un plan mucho mejor para ti: véndelo cuanto antes.

Nunca nos han dado estadísticas de cuántos accidentes graves ha causado un conductor con dos o tres vinos, con unas cañas junto a la cena o con una copa aislada y aislante. Imagino que la razón es que no existen tales casos. Personalmente, endurecería hasta el infinito las penas al bolinga que no solo se sube al coche después de doce cubatas, sino que además es tan idiota que lo estampa, o causa un daño todavía mayor a otra gente. Pero media un abismo entre eso y el tipo que sale a las afueras a ver un concierto, se toma dos cervezas y vuelve en plenas facultades, que no obstante es lo que pretenden la mayoría de los conductores que son asediados por controles.

Quizá el mayor problema de la DGT es que no hay manera de convencernos de que la sangría diaria que ejecutan entre controles y radares traicioneros está destinada a proteger nuestra seguridad. Hay límites tan bajos que son imposibles de cumplir, hay radares inútiles que provocan más accidentes –por los frenazos- que los que aseguran evitar y hay multas de 500 euros y cuatro puntos de carnet absolutamente desquiciadas para el riesgo que supone trasladar un coche un kilómetro con dos o tres cervezas encima, después de estar unas horas moviendo el esqueleto al ritmo del directo de tu grupo favorito en el pueblo de al lado.

Me dirás que el alcohol es malo, que esta presión –o incluso la totalitaria propuesta de la tasa 0,0% que la DGT sondea cada verano- sobre los conductores que beben es eficaz, o que se puede disfrutar de una verbena sin alcohol. Claro. Por supuesto, se puede. Pero yo no quiero un Estado que se meta en mis gustos particulares, ni siquiera que me cuide maternalmente –ya tengo mamá- ni que me reconvenga arruinando mi economía. Quiero un Estado mínimo y solo para aquellas cosas en que no quede más remedio. En la discusión entre una o dos cervezas podrá meterse un amigo, una novia, mamá o el cura de mi parroquia, si quieres, pero no el Estado, que ostenta además el monopolio de la violencia, también la económica.

No, no me han multado recientemente en un control, porque casi nunca me pongo al volante si he probado una gota de alcohol. Pero detesto que la exagerada política recaudatoria de la DGT me impida cada verano la posibilidad, por ejemplo, de desplazarme diez minutos por una segurísima autovía desde Ribadeo hasta Tapia para tomarme dos cervezas en el precioso puerto y regresar a mi casa. Cambien el origen y el destino si lo desean porque la circunstancia se da en estos momentos en cualquier punto de Galicia. Por pura voracidad se han cargado el ocio de las afueras, y por pura estupidez se cargarán también las fiestas y conciertos de los pueblos. Lo de siempre: libertad.

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