Fermín Bocos
Vuelve “la pinza”
TENSAR EL ARCO
En enero de este año, una noticia inesperada estremeció los cimientos culturales de Madrid: el anuncio del cierre de Tipos Infames, una librería instalada en el barrio de Malasaña desde 2010, cuyos tornillos de soporte económico han sido esmerilados por la gentrificación.
Este modelo de demolición silenciosa de librerías se replica en otras grandes ciudades como Valencia y Barcelona, donde es prácticamente imposible sostener uno de estos negocios de proporciones medianas en una zona penetrada por el encarecimiento de la vivienda, y la población flotante de turistas y nómadas digitales.
Pero hay aún un asunto de profundidad medular: una librería se sostiene sobre las raíces de las relaciones estables, el roce diario y la permanencia.
En este sentido, los lectores de barrio “de toda la vida”, son quienes, mantienen este ecosistema cuyo núcleo es la fidelidad. Por tanto, en Ourense contamos en este sentido, con la impensable ventaja de vivir en interior.
La gentrificación no es solo una tragedia para el sector de la vivienda, lo es también para el ecosistema librero. Por suerte, en Ourense estamos a salvo
No lo parece ciertamente, pero tiene sus prerrogativas, sobre todo en materia de librerías. En una ciudad como la nuestra, a pesar de los negocios que cierran por jubilación, sin relevo, existen, no obstante, otras ventajas: costes de alquiler relativamente controlados y una demografía de lectores fieles. Si bien esta circunstancia no contribuye a elevar ventas, permite sobrevivir en un tejido comercial, donde ya mantenerse es lo que cuenta.
Mención aparte merecen dos factores que nos hacen mirar nuestra ciudad con mayor conciencia de su potencial: el influjo mediador de sus grandes figuras literarias que convirtieron el libro en un objeto de prestigio, y por otro lado, la inyección económica que representa el Plan Provincial de Lectura impulsado por la Diputación, lo cual supone un respiro de 350,000 euros para el sector.
No es mi intención hacer loas a la conformidad ni magnificar las medianías. Llamo la atención sobre estas, en apariencia, pequeñas virtudes, porque sí es posible aumentar los talleres de escritura creativa, o la cantidad de esos clubes de lectura que tanta soledad no deseada consiguen ahuyentar tras cada sesión. El poeta César Vallejo, allá por 1938, lanzó una bengala que aún ilumina nuestros días: “Hay, hermanos míos, muchísimo que hacer”.
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