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El 2 de julio de 1566 moría en Francia Michel de Notre-Dame, más conocido como Nostradamus. Boticario y supuesto adivino, fue famoso por la publicación en 1555 de su libro “Las profecías” colección de poemas que, según algunos, predicen hechos futuros.
Desde la publicación de su obra, Nostradamus ha atraído a un gran número de partidarios que le atribuyen haber anticipado con precisión muchos de los principales eventos mundiales. La verdad es que las predicciones del boticario son muy vagas e imprecisas y podrían ser aplicadas a cualquier hecho o suceso histórico. Es decir que, según quién las interprete, las profecías pueden tener un significado u otro.
Tras escribir el libro, Nostradamus empezó a tener grandes admiradores entre las clases altas, que querían saber a toda costa qué les iba a deparar el futuro. Incluso Catalina de Médici, esposa del rey francés Enrique II, le contrató como astrólogo de cabecera.
Entre las profecías más famosas destacan el asesinato de Enrique IV en Francia (1610), la abolición de la monarquía francesa (1792) o la coronación de Napoléon Bonaparte (1804). Y más recientemente, hay partidarios del astrólogo que consideran que la muerte de Kennedy, los atentados del 11S o incluso la pandemia del coronavirus, fueron anunciadas por el mismísimo Nostradamus.
“Nadie es profeta en su tierra” es una famosa y muy usada expresión (a modo de sentencia) con la que se da a entender que no se nos valora adecuadamente en el lugar en el que vivimos, ni somos lo suficientemente admirados por quienes nos rodean, siendo muchas las ocasiones en las que alguien ha conseguido su esperado y merecido reconocimiento en otro lugar o lejos de su entorno más íntimo.
Esta expresión, tan en vigencia actualmente, tiene una antigüedad cercana a un par de milenios.
La primera referencia escrita que tenemos de ella es en un pasaje bíblico del Nuevo Testamento, concretamente en Lucas 4:24 y Juan 4:44, en el cual los apóstoles explican el episodio en el que Jesús viaja hasta Nazaret (lugar en el que creció). Tras acudir a la sinagoga (tal y como había hecho durante todos sus años de juventud) se da cuenta de que parte de los asistentes son escépticos a su mensaje evangelizador, momento en el que el Mesías aprovecha para sentenciar que ningún profeta es aceptado en su tierra.
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