Aquellos dos personajes singulares de aquel lejano Ourense

HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL

Auria en su mejor época.
Auria en su mejor época. | La Región

Una de las cualidades de los buenos escritores es la capacidad con que llevan a sus historias a personajes diversos que describen y sacan todo el partido con sencilla naturalidad. Camilo José Cela lo hace en su “Viaje a la Alcarria”. Muchas veces ha pensado cuánto juego darían para una novela algunos de esos tipos sencillos que yo conocí por aquí. Hoy voy a recuperar a dos de los que viven en mi recuerdo: el tramoyista del Losada y al camarero que vigilaba los bailes de Auria. Alguna vez los he ya mencionado, pero voy a evocarlos de nuevo porque vale la pena.

La Sala de Fiestas Auria, una de las mejores de España en su tiempo y, desde luego la mejor de Galicia, pese a su corta vida (1960-1972) fue un elemento sociológicamente de enorme importancia en la historia de nuestra ciudad. En aquellos años, a los chavales de mi tiempo nos gustaba sobre todo el baile lento y agarrado, pues el repertorio de las orquestas de Auria combinaba otros ritmos, dentro de un orden, con aquellos boleros más de nuestro agrado. Aparte del eficacísimo “freno de mano”, con que las ourensanas marcaban los límites de nuestras efusiones, la dirección de la sala contaba con otros elementos de orden para que no nos sobrepasáramos.

En la parte superior de aquella sala se colocaba un veterano camarero que venía a ser como un observador en perspectiva, como un vigilante de la playa, atento a que la marea de nuestro entusiasmo se mantuviera dentro de los límites del decoro y de la moral cristiana. Tango a gala de que nunca fui avisado por el aludido censor. Sin duda porque las amigas ouresanas que aceptaban salir a la pista conmigo, hoy abuelas, bastaban por si solas para marcas los límites a nuestro fervor.

La Sala de Fiestas Auria, una de las mejores de España en su tiempo y, desde luego la mejor de Galicia, pese a su corta vida (1960-1972)

Mi otro personaje para no olvidar, si la memoria no me falla, se llamaba Vicente, y era el tramoyista de ese teatro Losada que nunca debería haber desaparecido como tal. Quienes lo conocieron y lo recuerden tendrán presente su figura, hombre delgado y enjuto, de regular talla, siempre con el cinturón colgando con los atavíos de su oficio, hablador agradable y memoria viva de aquel teatro que tantos lamentamos haber perdido. En el Losada, aparte de la entrada principal había un largo pasillo en el lado izquierdo que conducía al escenario y a los camerinos. La escena era muy amplia, con embocadura y fondo para montar los decorados de todo tipo de espectáculos Había una serie de camerinos en su lado derecho, mirando al público, pero lo más interesante era una especie de foso. Debajo del escenario había un amplio espacio conectado con una trampilla a la parte superior, con un habitáculo para el apuntador. En esa zona también había camerinos, aunque no siempre se usaran. Tuve ocasión de largas conversaciones con Vicente, que era la memoria viva de aquel lugar.

Las paredes de los camerinos principales estaban literalmente decoradas con fotos, carteles, recuerdos y todo tipo de programas, autógrafos de los actores y artistas en general que habían actuado allí, desde Antonio Machín a Celia Gámez y la nómina completa del teatro español entre los años cincuenta y setenta del pasado siglo. Lo interesante era recorrer aquellos lugares de la mano de Vicente, que nos ilustraba con anécdotas, episodios, sucedidos y secuencias de todos aquellos que habían pasado por allí.

En cuanto a Auria, disfrutaba yo de un pase especial porque, trabajando yo de aquella en la radio, llegara a un acuerdo comercial con el señor Blanco, uno de los propietarios de la sala, de suerte que yo entrevistaba a las artistas que pasaban por allí para hacerles publicidad y yo tenía paso franco al establecimiento. Como les conté aparte de figuras de primer nivel como Mari Trini o Karina y otros, pasaban por allí figuras de la copla y vedettes diversas, pero muy discretas, unas de ida y otras de vuelta. En ese sentido, el señor Blanco era muy cuidadoso de que escotes y faldas guardaran la proporción discreta, pero suficiente.

He de confesar que, si ya estabas emparentado con la chica que te gustaba, la interrupción por el espectáculo era un fastidio. Lo que recuerdo con especial cariño era el rito de cuando te acercabas a sacar a una chica que no te conocía. Las amigas se reunían en cónclave –recuerdo una vez con una de Palencia que viniera a Vigo—y si daban el placet, la chica salía, pero sin ese conforme, no. Pero por lo general, las ourensanas eran asequibles y sencillas. Lo importante, era ser un caballero, no aburrirlas y tener conversación. Y no dar ocasión a que el vigilante de las alturas tuviera que reprenderte.

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