Julia Navarro
El color de las víctimas
Quiso, entre otras cosas, dejar claro Pedro Sánchez este miércoles en el Congreso de los Diputados que la izquierda, hoy tan en disputa, es él. “La gauche, c’est moi”, podría atribuírsele, parodiando a aquel “L’Etat, cést moi” del rey absoluto Luis XIV. Sánchez, ya lanzado a combatir a la derecha (tanto al PP como al PSOE), se empleó a fondo en un debate parlamentario en el que menudeó, por todos lados, la demagogia, el ataque personal, la utilización de las víctimas de las catástrofes ferroviarias -Adamuz, pero también Angrois-, y se compartió todo un catálogo de abusos en el empleo de la oratoria. Ya lanzado, impulsado quizá por su lucha contra las “tecnocracias”, como la que representa Elon Musk, el presidente español llegó esta vez a citar textualmente a Trump a la hora de criticarle, un paso que hasta ahora no se había atrevido a dar.
Obviamente, Sánchez endurece su discurso “a la izquierda”, si así puede decirse, y ello mientras abomina teóricamente de la pugna entre derecha e izquierda. Pero este miércoles, aprovechando que comparecía -demasiado tarde- ante la Cámara Baja para presentar su informe sobre la catástrofe ferroviaria de Adamuz, en una larga comparecencia en la que elogió sin reservas a su ministro de Transportes, Óscar Puente, el presidente radicalizó su lenguaje sin importarle caer en no pocas contradicciones y en denuestos a veces injustificados a la oposición. Ni la menor intención se le pudo advertir de hacer dimitir a Puente ni de remodelar cualquier otra cartera de su Gobierno; ningún indicio de que vaya a convocar el debate sobre el estado de la nación o a adoptar cualquier otra de las medidas que le reclaman no solo la oposición, sino los medios, la patronal y la propia conferencia episcopal.
Sánchez se enfrentó a la contundencia flamígera de Abascal, de Vox, pero también a la de Feijoo, que llegó a insinuar, sin demasiado justificación, que Sánchez acabará sentado en el banquillo por sus responsabilidades en Adamuz. Ambos, lo mismo que Sánchez, utilizaron ampliamente a las víctimas en sus respectivos alegatos, pero, la verdad, los datos nuevos para aclarar el accidente y sus consecuencias fueron más bien escasos, o nulos. Sentada en su escaño, la vicepresidenta Yolanda Díaz, la otra protagonista -junto con Gabriel Rufián- del día, parecía disfrutar del espectáculo. Como si ella, a la hora de buscar los protagonismos en la izquierda, no estuviese en el ojo del huracán: en la reconstrucción de la izquierda a la izquierda del PSOE sus acciones bajan sensiblemente. Como bajan las del representante de Esquerra Republicana de Catalunya, Gabriel Rufián, que intenta convertirse en el aglutinante de un conglomerado de partidos para crear un nuevo frente izquierdista que concurra a las elecciones generales, sean cuando fueren.
Si la derecha, con la eterna polémica entre Vox y el PP para la formación de gobiernos (de momento, autonómicos), está en una ebullición inestable, la verdad es que la izquierda no se queda a la zaga: quien fuera su líder hace cuarenta años, Felipe González, dice que él prefiere votar en blanco antes que votar a su correligionario Sánchez; en las filas de lo que antes era el comunismo se producen quiebras como en los peores tiempos del combate interno contra Carrillo. El odio entre Sumar y Podemos imposibilita cualquier acuerdo entre ellos. Y los partidos regionales tiran cada cual por su lado, haciendo presagiar que difícilmente, cuando intenten presentarse en público más o menos unidos, con o sin liderazgo de Yolanda Díaz, el próximo día 21, puedan convencer al electorado.
Así, en medio del marasmo a derecha e izquierda (y no hablemos ya del centro), y utilizando una larguísima perorata, Pedro Sánchez, que es la mismísima encarnación del marasmo, se atreve a presentarse como el hombre de la izquierda, a lomos de un PSOE en difícil equilibrio y de una Internacional Socialista más bien inoperante. No importa: en medio de las catástrofes, de las tormentas y del colapso ciudadano que ayer convirtió, de la mano de los agricultores, Madrid en una pesadilla, Pedro Sánchez, el gran resiliente, se atreve con todo: “La gauche (y quién sabe si también l’Etat), cést moi”. Sánchez es, sin duda, todo un fenómeno político, de consecuencias difíciles de calcular a estas alturas. Este miércoles volvió a mostrar que el camino de la confrontación es el suyo, y es irrenunciable. Y así, ¿hasta cuándo?
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