La vida nómada del afilador

TRIBUNA

“El afilador”, obra del ourensano, discípulo de Velázquez, Antonio Puga.
“El afilador”, obra del ourensano, discípulo de Velázquez, Antonio Puga.

Sobrevivían... aunque, ciertamente, unos más que otros. Sin embargo, ni la Segunda Revolución Industrial había acabado con semejante ejército de menestrales ambulantes. Incluso, a ratos, vieron en aquella amenaza una oportunidad y se revitalizaron. Mientras la fábrica se hacía más sedentaria y el artesanado se veía abocado a enterrar el talento a cambio de un salario, el afilador se echó al hombro la industria y siguió siendo nómada.

Es verdad que, por lo general, no tuvo elección. No obstante, le servía de consuelo pensar que no estaba sometido a la monotonía del trabajo que le imponía el sistema fordista al trabajador. Claro que la profesión de amolador era dura, pero, al menos, disponía de libertad. Además, seguía siendo artesano. Con aquel simple artefacto, que al mismo tiempo era su alforja, y bajo un sol ardiente, un frío desgarrador o una lluvia inclemente, emprendía camino por las rutas del país. Con el “chiflo” -una tablilla de boj con doce agujeros que permitían producir la escala de notas equivalente al grito de “¡El afilador...!”- se hacía oír por pueblos, villas y ciudades para ponerse al servicio de quien necesitaba sacarle filo al cuchillo, soldar un plato, reconstituir un paraguas o, incluso, crear pitos de hojalata para niños. Se podría decir que era un mercader ambulante al alcance incluso de los más pobres.

El afilador. Revista “Alrededor del mundo” 17-07-1903.
El afilador. Revista “Alrededor del mundo” 17-07-1903.
Se equivocaba, pues, Tirso de Molina cuando le aconsejaba a un perezoso: “Amolad tijeras, si oficio fácil queréis”

Se equivocaba, pues, Tirso de Molina cuando le aconsejaba a un perezoso: “Amolad tijeras, si oficio fácil queréis”. No, no; todo lo contrario: el amolador o afilador era un artista. Como nadie, detenía la rueda, examinaba el trabajo y armónicamente, mientras la pierna hacía girar el brazo de palanca que imprimía velocidad a la muela, sorteaba las chispas que saltaban cuando acercaba el cuchillo o la navaja. Su arte consistía, precisamente, en saber amolar, suavizar o sacar punta a los utensilios cotidianos. Y la provincia de Ourense era la cuna de los mejores. Antonio Puga, un pintor ourensano barroco, discípulo de Velázquez, en el Siglo de Oro inmortalizaba aquel oficio de “a terra da chispa” precisamente porque era el feudo del afilador. En ningún lugar como en los ayuntamientos de Pereiro de Aguiar, Esgos, Maceda, Paderne, Trives, Castro Caldelas, Parada de Sil o, en especial, en el de Nogueira de Ramuín, se transmitía el oficio de la “tarazana” con tanta pasión. Ni tampoco en ningún otro taller, como en los de estas tierras del interior de Galicia, se construía una rueda arredrada, provista de todo lo necesario para trabajar, con tanta calidad y, a la vez, tan barata -a principios del siglo XX no costaba menos de 50 pesetas, mientras que en Madrid no se podía adquirir por menos de 100- como aquí. La madera de nogal, la piedra de afilar e incluso los accesorios tenían el poso de la tradición. Había una parte de madera recubierta de cuero y pasta de esmeril -que por su dureza servía para pulimentar metales- denominada “vivo”, y otra conocida como “nogal”, para navajas de afeitar, que no tenían comparación, ni, por supuesto, tampoco el chiflo. Era valioso, no solo por el coste material -ningún carpintero lo hacía por menos de cuatro pesetas-, sino también por el afectivo. Lo llevaba siempre atado a una cadena, como un amuleto, para no perderlo. Las demás herramientas auxiliares -la pizarra plana para asentar el filo, el martillo, el destornillador, la lima, un pedazo de gamuza o un bote para agua- ya eran más reemplazables.

Afilador. Foto de Cazaux para Vida Gallega nº 573.
Afilador. Foto de Cazaux para Vida Gallega nº 573.
Era habitual verlos hablando el “barallete” -el término proviene de la palabra gallega “barallar”- mientras rodaban por las aceras de las grandes ciudades

El afilador o amolador periódicamente salía de aquellas aldeas ourensanas para recorrer medio país. Era habitual verlos hablando el “barallete” -el término proviene de la palabra gallega “barallar”- mientras rodaban por las aceras de las grandes ciudades. Los más veteranos podían llegar a asentarse en Madrid durante meses. En 1903, por ejemplo, se alojaban en casa de una patrona paisana en la calle del Oso cinco afiladores ourensanos. Les daba cama y les guardaba la rueda por el módico precio de un real la noche. Todos ellos respondían al mismo perfil: eran de aldeas próximas a Ourense y las pocas tierras que tenían en cultivo no les permitían mantener a la familia. Por eso, desde octubre o noviembre emprendían marcha con la rueda a cuestas. Aproximadamente trabajaban hasta julio. Luego la mayoría de ellos retornaba para echarle una mano en la siega a la familia. Si el año había sido bueno, volvían en tren; de lo contrario, hacían la vuelta a pie, ahorrando el billete y tratando de seguir haciendo caja. Además, todos temían básicamente a la competencia y, sobre todo, a las cocineras. A la primera porque en zonas urbanas había demasiados jóvenes dedicados al mismo oficio -se decía que en Madrid “había más afiladores que guardias de asalto”-, y a las segundas porque “regateaban una perra chica más que Regueiro”, jugador de fútbol de los años veinte y treinta.

Con la rueda al hombro. Revista “Alrededor del mundo” 17-07-1903 .
Con la rueda al hombro. Revista “Alrededor del mundo” 17-07-1903 .

Con posterioridad, cuando en las ciudades se comenzaron a construir monumentos que fuesen emblemáticos del patrimonio sociocultural -como fue el caso del pastor en Burgos o el pregonero en Málaga-, aquí en Ourense cuajó la idea de homenajear al hombre de la rueda: al afilador. Sorprendentemente, en los años sesenta aún había en la avenida Buenos Aires un taller de ruedas de afilar propiedad de Emilio Pato que hacía unas cinco o seis ruedas al mes... En ese instante, el grito de “¡El afilador...!” ya había llevado el nombre de Ourense por todas partes del mundo.

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