OBRAS Y SOCAVONES
Ourense, la ciudad de las vallas infinitas
VIOLENCIA MACHISTA
Un acusado de violencia de género, con una discapacidad por hipoacusia severa, pudo declarar en el juicio celebrado este martes en el Penal 2 gracias a una intérprete de la lengua de signos. La traductora, durante algo más de dos horas, de pie y cerca del abogado defensor, le tradujo todas las declaraciones en tiempo real sin perder detalle al tiempo que dio voz a las explicaciones del inculpado.
Su presencia garantizó un interrogatorio con todas las garantías legales. De este modo, el inculpado, Miguel Q.P., respondió a las acusaciones que pesaban sobre él: maltrato habitual por parte de la acusación particular y un delito de maltrato en el ámbito familiar por parte del fiscal. Las peticiones de pena se mueven entre el año y nueve meses y el año de cárcel, respectivamente.
Miguel se declaró víctima de una especie de trampa, en alusión a los wasaps entre ambos aportados a la causa, y la acusó a ella de atacarlo cuando le recriminó que le cogiera el móvil en la noche del 19 al 20 de julio de 2023 en el domicilio que compartían en Vilar de Santos. “Cogió mi móvil, lo tiró al suelo y me arañó”, explicó. Y atribuyó su comportamiento a que “toma alcohol y pastillas, de lunes a domingo, y se pone agresiva y nerviosa”. Tras ese incidente, el acusado asegura que llamó a su madre de madrugada para que lo fuera a buscar y rompió la relación. “Yo no la toqué, lo juro, se lo inventó todo”, aseguró la intérprete al traducir.
La denunciante relató una versión muy diferente. Aseguró que en otras ocasiones ya la había abofeteado y que en la noche de julio de 2023 llegó a creer que le iba la vida. “Me cogió por las piernas boca abajo, me tiró encima de la cama, me escupió en la cara y me apretó el cuello y tuve la sensación que se me iba la vida”, confesó. No denunció hasta finales de ese mes porque admitió que estaba enamorada y creyó que iba a cambiar. Lo hizo el día 31 tras denunciar también a la pareja de la madre de Miguel por unas lesiones leves (fue condenado por ello) cuando se encontraron todos en el bar del pueblo. “Me dolió que no saliera en mi defensa”, apostilló, admitiendo también que esa noche se dirigió al acusado para pedirle un táper que era suyo.
Y admitió que hubo un momento en que comenzó a beber bastante pero tras el maltrato. “Antes bebía lo normal y ahora soy abstemia”, aclaró.
Tres testigos (incluida la hermana) declararon que vieron a la perjudicada con marcas y hematomas en cuello, pierna y antebrazo. Un vecino, amigo del acusado, lo negó.
El papel de la trabajadora social del Concello fue cuestionado por el fiscal: “Tuvo conocimiento de la agresión y no intervino para que la víctima denunciase”.
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