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CONVIVIR CON EL ALZHÉIMER
Pepe siempre fue muy educado y lo sigue siendo a sus 80 años. Jamás se le ocurriría entrar en el ascensor y no saludar a quien corresponda; por eso, cuando ingresa en el elevador le dice “buenos días” o “buenas tardes” al rostro que ve reflejado cuando se mira en el espejo. La escena, que explica cómo el alzhéimer difumina la identidad de uno mismo, la cuenta su mujer, Conchi, de 76 años, sin dramatismo.
Otra anécdota: cada vez que se acuesta, Pepe mira la foto de sus tres nietos y Conchi activa un audio en que Lucas, Xoán y Diego le dan las buenas noches a su abuelo. Entonces Pepe les corresponde como si estuviesen allí mismo.
Ambos son de Castelaus (Vilar de Santos) y se conocen desde niños. Llevan toda la vida juntos, salvo el paréntesis entre los 10 y los 14 años en que Pepe residió en Brasil con su familia. Después se reencontraron en la ciudad y se casaron el 3 de julio de 1970. Trabajaron en el ámbito sanitario, ella como auxiliar de enfermería en la Residencia y él como Personal de Servizos Xerais (PSX). Tienen una hija que reside en Gijón, un hijo afincado en Madrid y tres nietos.
Conchi nos recibe en el salón de su casa de la avenida de Zamora. Hablamos un rato antes de que despierte a Pepe de la siesta. Durante la charla fija el estado en que se encuentra su marido: “Fase moderada tirando a avanzada”. Ya no entiende bien, ya no puede leer La Región y cada vez está más en su mundo. Su mujer lo asea y lo viste, aunque él aún come sin ayuda. “Es obediente y muy bueno”, apunta.
Durante el periodo en que hacía las pruebas, Conchi observó que se arrimaba a los camiones en los adelantamientos. “Antes de eso no había notado nada”, asegura.
El diagnóstico llegó hace cuatro años. Pepe empezó a ver dos líneas en el centro de la carretera cuando solo había una. Como se había operado de cataratas, fueron al oftalmólogo, pero este los derivó al neurólogo. Durante el periodo en que hacía las pruebas, Conchi observó que se arrimaba a los camiones en los adelantamientos. “Antes de eso no había notado nada”, asegura. Y añade: “Creo que estoy preparada para lo que se avecina, pero lo pasé muy mal”.
Ahora se dedica a su marido, salvo las tres horas en que Pepe acude a Afaor, un tiempo de oro porque es el único intervalo del que dispone libremente. “No se pueden hacer muchos planes para el futuro; hay que vivir el día a día y disfrutar con lo que tenemos”, apunta.
Cuando Pepe se une a nosotros, lo saludamos con afecto y nos corresponde con una sonrisa. Tratamos de bromear, buscamos temas de conversación que le sean cercanos y caemos en la cuenta de que, a pesar de los años transcurridos, aún tiene Brasil muy presente. Entonces Conchi rememora el rapapolvo que le echó cuando, de novios, ella se vistió de gala para ir al baile de la Alameda y él apareció con un pantalón y un jersey de andar por casa. “Acórdaste de como che rifei?”, le pregunta ella. A lo que Pepe responde: “Aínda me acordo hoxe”.
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