Ana Otero, costurera de Ourense: “Viene gente de Celanova o Baños a poner una cremallera”

CONFECCIONES OTERO

La costura de arreglos y readaptaciones de ropa vive un momento de relativa estabilidad en el tejido económico ourensano, pero tiene en la falta de relevo generacional su principal punto crítico.

Ana Otero de Confeciones Otero.
Ana Otero de Confeciones Otero. | José Paz

En la ciudad existen 21 talleres de costura cuya función social se enfoca en los arreglos y reajustes de ropa. En su mayoría son negocios regentados por mujeres que se encuentran ubicados en zonas estratégicas como las galerías comerciales (especialmente en las calles Curros Enríquez, Juan XXIII y Progreso) y barrios como O Vinteún o A Ponte.

Estos negocios, que sorprendentemente sobreviven con una dignidad florida para los tiempos que corren, no solo reflejan un particular fenómeno de resistencia cultural y económica frente al “fast fashion”, sino que son espacios de diálogo, memoria colectiva y resiliencia a los desafíos de nuestro tiempo. En ese sentido, un taller de costura que satisface las necesidades de sus clientes, participa de la historia íntima de personas y familias, que lo interpretan como un lugar de reconfiguración de imagen, confianza y autoestima.

Ana, responsable de “Confecciones Otero”, ubicada en Rúa Fernández Oxea, comenta: “Llevo en este negocio 36 años, sustituí a mi madre una vez que se jubiló. Tenemos una clientela que lo mismo es del barrio que de fuera; por ejemplo, aquí viene gente de Celanova o Baños a poner una cremallera nueva a un pantalón, o a que simplemente le ajustemos los bajos. Tenemos casos en que hemos venido sirviendo a una misma familia desde los abuelos a los nietos, y los clientes llegan a fidelizarse tanto con nosotros, que incluso, a veces cuando se van a trabajar fuera, nos envían la ropa que quieren arreglar por paquetería”.

Tras el éxito, el trabajo

Detrás de estas redes de confianza que se fortalecen en el espacio confesional del taller, hay historias de trabajo duro y perseverancia. Es el caso de Emilia Sequeiros, propietaria de Agulla e fio, ubicada en Galerías Proyflem. “Yo llevo quince años de cara al público, y he pasado de estar sola en una habitación con una máquina, a tener tres empleadas. Podemos reparar lo mismo una cortina que ha sufrido un desgarrón, que coser una zapatilla que se ha despegado, es decir, que nos hacemos cargo de todo lo que pueda tener una solución, y siempre nos esforzamos para que los trabajos sean funcionales y estéticos, y el cliente al final quede complacido. Son muchos los pedidos, a veces no tengo manos para tanto. Aquí lo mismo puede entrar a diario una media de 20 a 30 personas; viene lo mismo gente mayor que muy jóvenes, por ejemplo, movemos muchas bodas y ceremonias durante todo el año. Al final todo es una cuestión de confianza, del boca a boca”.

El nicho de la inconformidad

Blanca Machado, dueña de La Costura.
Blanca Machado, dueña de La Costura. | José Paz

“Yo llevo 12 años en este oficio, y mirando en todo ese tiempo la curva de comportamiento de los clientes, digo que más bien la demanda ha subido en vez de bajar; nos ha ayudado esta moda que hay ahora que la gente no quiere tirar la ropa, sino que quiere reciclar y readaptar lo que ya tiene a las nuevas tendencias. En mi caso, yo diría que el grueso de mis pedidos está en la inconformidad de la gente: compran por Aliexpress o Shein, y al llegarles piezas que no se ajustan a su figura, deciden transformarlas, y ahí entro yo. Tengo clientes mayores que casi cada año vienen a que yo le ajuste prácticamente la misma ropa, ya sea porque suben o bajan de peso. Por ejemplo, hay una clienta que en distintos momentos del año me trae la misma prenda, y entonces lo que hago es guardar unas cuchillas que quito y pongo según su necesidad”, nos confía entre risas Blanca Machado, propietaria del taller “La Costura”, ubicado en las Galerías Sol de Rúa Santo Domingo.

La cuestión del relevo

En Ourense es curioso cómo los talleres de costura de ajuste y transformación apuestan por el trato directo y la personalización, y es justo esto lo que les permite sobrevivir a la presencia arrolladora de las grandes marcas en el mercado. La clientela no solo busca un servicio, sino una validación de sus pertenencias, y en muchos casos, compañía. Este es un oficio basado en el trato auténtico, el diálogo social y la empatía, pero ese acometido de apoyo, en el futuro, podrá verse afectado por una cuestión observada a pie de calle: apenas existe un relevo capaz de asegurar su supervivencia a mediano plazo. La pregunta es, ¿qué pasará con este tipo de negocios cuando sus actuales propietarias lleguen a la edad de jubilación?

El oficio de la costurera en Ourense constituye una práctica de resistencia de proximidad. En una ciudad que envejece y un mundo que se despersonaliza, el taller de costura permanece como un reducto de identidad, cuidado y sensatez económica. La supervivencia de este oficio no dependerá solo de su rentabilidad financiera, sino de su capacidad para ser reconocido como un servicio esencial de cara a la convivencia y el bienestar integral de la población.

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