Estela Prada, la investigadora de Ourense que lleva diez años dedicada a un tumor pediátrico raro: “Respondes una pregunta y te surgen tres más”
RABDOMIOSARCOMA
La investigadora ourensana Estela Prada lleva una década desentrañando un tumor pediátrico muy agresivo, el rabdomiosarcoma. Sus hallazgos pueden llevar a un tratamiento
Durante años, el cáncer infantil ha sido tratado como un apéndice incómodo dentro del gran relato oncológico. Se le llama igual, pero no se parece en casi nada. Esa es una de las primeras ideas que Estela Prada quiere dejar claras cuando habla de su trabajo. Ourensana, investigadora en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, farmacéutica formada en Santiago de Compostela y especializada en cáncer pediátrico, Prada lleva una década dedicada casi en exclusiva a un tumor raro y especialmente agresivo: el rabdomiosarcoma.
“Son tumores del desarrollo”, explica. A diferencia de los cánceres más comunes en adultos, que se asocian al envejecimiento y a la acumulación de mutaciones con el paso del tiempo, los tumores infantiles tienen su origen en errores muy tempranos, ligados al crecimiento del organismo. Células embrionarias que deberían madurar, especializarse y desaparecer, pero que por razones aún poco comprendidas se quedan bloqueadas. Años después, cuando el niño crece, esas células reaparecen con un comportamiento descontrolado.
El rabdomiosarcoma pertenece a ese grupo. Su nombre remite al músculo (“rabdo” tiene su origen en el griego), pero no se limita a una localización concreta. Puede aparecer prácticamente en cualquier parte del cuerpo: cabeza, cuello, órbita ocular o extremidades. “Estamos hablando de una etapa del desarrollo tan temprana que esas células todavía tienen capacidad de emigrar”, apunta Prada. El resultado es un tumor muy activo metabólicamente, con una agresividad elevada y una supervivencia muy baja en muchos casos.
“Los tumores pediátricos y los de los adultos solamente se parecen en el nombre. No tienen nada que ver”.
Desde hace diez años, su investigación se centra en entender por qué esas células no completan su proceso natural de diferenciación y cómo forzarlas a hacerlo. No se trata tanto de destruirlas como de empujarlas a convertirse en lo que deberían haber sido desde el principio: células inofensivas. En ese camino, ha identificado una proteína clave que actúa como un freno interno, manteniendo a la célula tumoral atrapada en ese estado inmaduro.
Su hallazgo más relevante llegó cuando comprobaron que un fármaco ya muy avanzado en ensayos clínicos para cánceres de adultos era capaz de inhibir esa proteína. No había sido diseñado para ello, ni nadie lo había descrito antes en este contexto. Pero funcionaba. Al bloquear esa vía, las células dejaban de proliferar, se diferenciaban parcialmente y reducían de forma significativa la formación de tumores en animales.
El estudio, publicado recientemente en la reputada revista científica Nature Communications, supone un punto de inflexión. No porque el tratamiento esté listo para llegar a los hospitales -ese camino aún es largo-, sino porque elimina uno de los mayores obstáculos en estos casos, empezar de cero. “Tener ya un fármaco con desarrollo clínico avanzado lo cambia todo”, explica Prada. “Es mucho más fácil plantearlo así”.
Siguiente reto, afinar
El siguiente reto es afinar. No se pueden hacer ensayos clínicos al uso, en España apenas se diagnostican unas decenas de casos al año de esta enfermedad, con una enorme diversidad entre pacientes. Por eso, la clave está en identificar bien a quién puede beneficiar el tratamiento. El equipo trabaja ahora en definir biomarcadores fiables que permitan seleccionar a los niños con mayores probabilidades de respuesta y determinar en qué momento de la enfermedad sería más eficaz aplicar la terapia.
Ese trabajo, minucioso y lento, explica por qué los avances científicos rara vez se traducen en resultados inmediatos. “Respondes una pregunta y te surgen tres más”, resume Prada. Y aun así, insiste porque es el único camino posible.
“Investigar estas enfermedades es lento y precario, pero cuando ves que funciona, sabes que merece la pena”.
Detrás de los datos y las publicaciones de la investigadora hay también una trayectoria personal marcada por la vocación. Prada reconoce que, como farmacéutica, podría ganar más trabajando en una farmacia comunitaria. “La investigación ofrece una gran precariedad”, lamenta. También una exigencia constante de movilidad. En su caso, tras formarse en Galicia y asentarse en Barcelona, se prepara ahora para una estancia de seis meses en Alemania, necesaria para seguir creciendo profesionalmente.
Aun así, no duda. Habla de la ciencia con una mezcla homogénea de entusiasmo y realismo. “Cuando algo que has leído en los libros funciona en el laboratorio, es casi magia”, dice. Y al mismo tiempo reivindica la inversión pública como una cuestión de visión a largo plazo. “Yo he visto que cuando se invierte, las cosas resultan. La sanidad y la investigación son un lujo que hay que cuidar”.
Su investigación aún no ha llegado a los pacientes, pero ha abierto una puerta. Y en cáncer infantil, abrir una sola puerta puede marcar la diferencia.
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