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Eran las once de la mañana del domingo y los alrededores del Parque de San Lázaro empezaban a rebosar de gente para ver quemar a Las Madamitas. Y, apareció. Sola, vestida de rojo fuerte, arrastrando cola sin importarle la suciedad de la calle, con corona de princesa de piedras rojas y amarillas, una banderita de España en el escote, sombrilla minúscula justo para proteger la cara del sol y, por supuesto, para aportar elegancia al conjunto. Caminar lento, sin prisas, recreándose en el ritmo. Gesto de cara no muy expresivo, pero de contenida satisfacción dejando claro que se gustaba y quería gustar. No parecía que fuera de boda ni de fiesta. Daba la sensación de que esa mañana se levanto y, harta de tanta uniformidad y vulgaridad, decidió ponerse divina. Y en verdad que estaba divina- Alguien le dijo, “¡qué guapa!”. No se inmutó. Sonrió lo justo para agradecer el reconocimiento de que había logrado lo que buscaba: sencillamente, estar guapa.
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