Los Hermanos González y Lolita, churros con marca propia en Ourense

TRADICIÓN INTERGENERACIONAL

El sector de los churros, que vive una etapa complicada por los sobrecostes, entra en su época del año más intensa, al vivir el verano como nómadas. Las churrerías Hermanos González y Lolita son los referentes de una tradición intergeneracional en Ourense.

Guadalupe Iglesias y Agustín Seara, en una jornada de trabajo en Churrería Lolita
Guadalupe Iglesias y Agustín Seara, en una jornada de trabajo en Churrería Lolita

El inconfundible aroma a masa frita y azúcar es la esencia de una tradición muy arraigada en Ourense, un olor y un sabor que tienen el poder de hacer viajar a las fiestas populares de la infancia a muchas generaciones. Esta dulce herencia está representada hoy en la provincia, de manera muy especial, por dos nombres míticos: Hermanos González y Lolita. Ambas churrerías comparten mucho más que el oficio, pues proceden del mismo árbol genealógico. Sus orígenes se forjaron trabajando por las fiestas ourensanas y, en la actualidad, el linaje familiar se acerca en algunos casos a la quinta generación de churreros.

Aquellos inicios, como recuerda Agustín Seara -histórico feriante al frente de Lolita que acaba de jubilarse tras toda una vida en el sector-, estuvieron marcados por un sacrificio extremo. “Nós empezamos desde os nove anos, moi cedo a traballar, o corpo resíntese”, relata. Antaño, las condiciones eran muy distintas: “Antes levabamos unha churrería de madeira, as miñas irmás e a miña nai eran moi estritas na forma de dar limpeza. E limpaban tableiro a tableiro, ferro tras ferro”, recuerda Agustín sobre un tiempo más duro en el que dependían de camiones alquilados por horas, descargando la mercancía a contrarreloj y a la intemperie.

Hoy, aunque los modernos remolques han aligerado la carga física, el calendario sigue imponiendo una exigente doble vida. Durante los meses de invierno, los churreros son estáticos. Se instalan en ubicaciones fijas principalmente dentro de la ciudad, lo que les permite dormir en casa a diario y mantener un horario comercial ordenado para atender a una fiel clientela vecinal.

Sin embargo, con la llegada del mes de junio el sector abraza una vida plenamente nómada. Arranca la temporada estival y las churrerías se echan a la carretera para recorrer incesantemente patronales y verbenas. Antes del gran maratón, los feriantes toman aire: “Hoy en día hay muchos gastos y no merece la pena andar con aventuras, pero lo aprovechamos para coger un poco de impulso”, explica Yago González, que lleva uno de los hasta veinte puestos de Hermanos González, siguiendo el legado que inició su bisabuelo, que dio los primeros pasos de esta churrería en los años 50.

Yago González lleva uno de los puestos de Hermanos González, que cuenta una veintena de caravanas
Yago González lleva uno de los puestos de Hermanos González, que cuenta una veintena de caravanas

Durante las últimas semanas, Yago ya está en modo verano habiéndose movilizado a fiestas en Allariz o Monforte de Lemos.Y es que lo que viene después es agotador: “Seguimos del tirón hasta el 27 de septiembre, no tenemos, como quien dice, ni un solo día libre”. Las jornadas se vuelven maratonianas, encadenando aperturas ininterrumpidas desde el sábado por la mañana hasta la madrugada del domingo.

Asfixiante burocracia

A esta extenuante rutina se suman hoy trabas que ponen en jaque el relevo generacional. La burocracia se ha convertido en el mayor obstáculo, obligando a costear y presentar múltiples certificados técnicos que varían de un ayuntamiento a otro, mermando la rentabilidad de acudir a una fiesta.

Además los costes suben mientras el sector conserva en la ciudad el mismo precio de la docena de churros que antes de la pandemia: “Catro euros a docena, nas festas cinco”, confirmó Seara.

A pesar del aumento de trabas, la receta de la resistencia de estos dos churreros es la pasión por su trabajo. Pese a su jubilación, Seara no descarta volver a servir churros en unos meses, mientras que Yago González asegura que “no tengo intención ninguna de dejar esto, me gusta, es mi oficio y mi pasión”. Ve a su hijo de 15 años, muy implicado en el negocio, tomando el relevo.

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