Un inframundo de marginación transita bajo la estación del AVE en Ourense
TÚNEL INSALUBRE
Mientras la alta velocidad conecta la superficie a 300 kilómetros por hora, las entrañas de la Intermodal esconden un refugio de marginación y pobreza. Sin luz, entre basura y con un 90 % de humedad, un puñado de olvidados sobrevive a la sombra del AVE. Indigentes y toxicómanos se mueven entre A Ponte y O Vinteún y duermen en un túnel insalubre, sin luz y repleto de humedad y basura situado en el corazón del ferrocarril del siglo XXI.
Veintidós peldaños son los que dan acceso al túnel de la Estación Empalme de Ourense, un enclave emblemático de la alta velocidad en Galicia que presume de vanguardia ferroviaria.
En el quinto, ya se huele la miseria. En los penúltimos escalones, el pasado martes se veían cartones y puertas de muebles desvencijados que hacen las veces de mantas y somieres. Dos días después, la entrada ya estaba recogida, pero solo en su boca más visible, entre la estación de tren y autobuses, dos lugares por los que transitan miles de viajeros.
Al adentrarse, en los poco más de 200 metros de recorrido, solo hay agua estancada y basura. Sin luz. “El hijo de puta del Iván, el de la Plaza de las Zapatillas, robó el cobre y no hay luz… Si lo veo, lo mato”, asegura un hombre que se alumbra con una improvisada antorcha para sortear las vías del tren bajo el suelo de la estación de ferrocarril, tras adentrarse por la boca opuesta, en la calle Río Arnoia. Un atajo habitual para llegar rápido a uno de los barrios gallegos que más trafica con droga, Covadonga.
Lejos de ser únicamente un lugar de paso subterráneo para llegar antes al barrio de O Vinteún, es la morada de un grupo de personas sin vivienda. Sin nada. Sus pertenencias caben en una mochila o, a lo sumo, en dos o tres bolsas del supermercado.
Durante la tarde-noche, los sintecho se resguardan en este pasadizo y durante el día -algunos duermen hasta media mañana- pululan por las estaciones de ferrocarril y buses en busca de alguna limosna o trabajo. “Hoy estoy ayudando a un señor a bajar escombros”, asegura D. (44 años).
No son muchos en número, pero sí demasiados en historias de adicciones, fracasos, marginación y olvido institucional. “Somos tres o cuatro, a veces cinco; estamos aquí porque no tenemos otra cosa”, asegura el colombiano Juan Gabriel Morales (39 años). Llegó a Madrid hace 16 meses ante el reclamo de un compatriota, hoy ya examigo, que después lo dejó tirado y no quiso saber nada de él. Además, extravió la documentación.
Unos gitanos -explica- lo acercaron a Ourense. Ahora no está trabajando y solo pide algo de dinero a los viajeros. “Estuve en la vendimia, pero ahora no tengo nada”, asegura. Solo tiene hambre, según dice, mientras saca del bolsillo un puñado de monedas de un céntimo o dos que, según cuenta, no le llegan para el bocadillo. Cuando se da la vuelta, el inquilino más veterano, uno sesenta años o más, pone los puntos sobre las íes: “No contéis nada que mañana lo cierran si sale en el periódico”. Eso sí, le falta tiempo para presumir de historias de vida: “Yo estuve en el Circo de los Muchachos, sé tocar el piano, la guitarra y canto mejor que Camarón”.
En el túnel de la estación Empalme hace mucho frío por las noches. La humedad supera el 90% y todos los que allí se guarecen necesitan mantas o cartones. Frecuentemente, los bomberos tienen que acudir al lugar, alertados por fuegos provocados, casi siempre para esquivar el frío. “Yo llevo mis mantas en la mochila”, asegura Juan Gabriel mientras merodea por la Intermodal.
En las entrañas del corredor subterráneo, se acumulan restos de comida, juguetes rotos, esqueletos de hamacas, heces humanas y también trozos de papel de aluminio quemado, los restos de los “chinos” con los que se inhala el vapor de la heroína o la cocaína.
Mientras a pocos metros, por encima de sus cabezas, los viajeros arrastran sus maletas y los trenes de alta velocidad entran y salen conectando Ourense y Madrid a 300 kilómetros por hora, bajo tierra el tiempo no existe.
Es la otra cara de la Intermodal, un lugar oculto bajo el hormigón donde la única prisa que existe es la de conseguir unas monedas o la de encender un fuego para sobrevivir a otra noche.
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