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María Tajes, jefa de Psiquiatría del CHUO: "Atendemos cada año a unas 200 personas tras un intento de suicidio en Ourense”

ENTREVISTA

María Tajes, jefa de Psiquiatría del CHUO, explica cómo funciona la Unidad de Atención al Suicidio, analiza el aumento de las autolesiones entre los menores y aborda las dificultades para prestar atención en una provincia envejecida y dispersa

María Tajes, jefa de Psiquiatría del CHUO.
María Tajes, jefa de Psiquiatría del CHUO. | La Región

El Instituto de Medicina Legal de Galicia (Imelga) cifró hace unos días en 48 los suicidios registrados el pasado año en la provincia de Ourense. Detrás de esa cifra se encuentra un fenómeno complejo. María Tajes (A Coruña, 1981), jefa de Psiquiatría del CHUO, explica cómo funciona la Unidad de Atención al Suicidio, analiza el aumento de las autolesiones entre los menores y aborda las dificultades para prestar atención en una provincia envejecida y dispersa.

Pregunta. ¿Qué es exactamente la Unidad de Atención al Suicidio del CHUO?

Respuesta. Fue una unidad pionera tanto en Galicia como en España y su modelo se extendió posteriormente al resto de las áreas sanitarias gallegas. Está formada por una enfermera especialista en salud mental, una psiquiatra y una psicóloga clínica, y funciona de manera ambulatoria en el Centro de Especialidades. Atiende a mayores de 16 años que han tenido un intento de suicidio previo y que en ese momento no requieren hospitalización.

P. ¿Cómo se trabaja con esas personas?

R. La intervención es multidisciplinar y puede incluir psicoterapia o tratamiento farmacológico. También es muy relevante el papel de la enfermera especialista como gestora del caso, que se coordina con Trabajo Social y mantiene el seguimiento. Si una persona deja de acudir o parece que está abandonando el tratamiento, se intenta mantener el contacto porque a quienes se encuentran en riesgo de suicidio les puede resultar difícil pedir ayuda.

P. ¿A cuántas personas atienden?

R. Tenemos en torno a 200 personas en seguimiento cada año que han tenido intentos de suicidio procedentes de toda la provincia. La primera intervención dura entre 12 y 18 meses. Después existe un programa puente con la unidad de salud mental correspondiente para quienes continúan necesitando atención, pero ya no de una forma tan intensiva.

P. ¿Qué ocurre desde que una persona intenta suicidarse?

R. Depende de la letalidad del intento, de los apoyos sociales, de la situación clínica y de si existe una enfermedad mental de base. Habitualmente es atendida por los servicios hospitalarios y muchas veces trasladada por el 061, que cuenta con un protocolo específico y profesionales formados para detectar situaciones de riesgo.

P. ¿Qué tipo de atención recibe?

R. Se atiende tanto la situación física como la mental. Puede ser necesario un ingreso en cuidados intensivos, en una planta médico-quirúrgica o en Psiquiatría, aunque la mayoría de casos no hace falta y la persona es derivada directamente a la Unidad de Atención al Suicidio.

P. ¿Qué resultados están observando desde su implantación?

R. Están disminuyendo tanto las tasas de hospitalización como las recaídas. Donde sí hemos observado un incremento claro de las necesidades es en la infancia y la adolescencia, sobre todo en relación con el riesgo de suicidio y las autolesiones.

P. ¿La pandemia marcó un antes y un después?

R. Ya observábamos un crecimiento antes de 2020, pero desde entonces se hizo mucho más evidente.

P. ¿Existe algún recurso específico para menores?

R. Hay un pequeño equipo para menores entre 12 y 16 años, formado por Enfermería y Psicología Clínica, con apoyo psiquiátrico. No observamos un aumento de los intentos de alta letalidad ni de los suicidios consumados, pero sí de conductas como las autolesiones, que denotan un sufrimiento mental claro.

P. ¿Hay un perfil reconocible entre las personas con riesgo de suicidio?

R. No nos gusta hablar de perfiles. Lo que existen son factores de riesgo, como la soledad no deseada, la desesperanza, un trastorno mental no tratado, las pérdidas, el dolor no controlado o las enfermedades crónicas.

P. ¿Se manifiestan igual en jóvenes y adultos?

R. No siempre. La soledad, por ejemplo, puede aparecer en jóvenes que aparentemente están muy acompañados, pero que se sienten profundamente solos. Las redes sociales y la forma de relacionarse también deben tenerse en cuenta.

P. ¿Cómo se explica la diferencia entre los intentos y los suicidios consumados según el sexo?

R. Quienes fallecen por suicidio son con mayor frecuencia hombres, mientras que entre quienes realizan una tentativa y sobreviven observamos más mujeres. Influyen factores como la impulsividad, la dificultad para pedir ayuda o la mayor letalidad del método utilizado. También hay estudios que vinculan el mayor número de suicidios consumados entre los hombres con patologías relacionadas con el alcohol o las drogas y el tipo de conductas que causan.

P. Ourense tiene una población envejecida y dispersa. ¿Es más difícil llegar a quienes viven en el rural?

R. Es un reto. Se intenta que la prevención sea lo más comunitaria posible y que las estrategias se desarrollen con los ayuntamientos y entidades del tercer sector con implantación territorial. La dispersión complica la prestación de servicios, aunque cuando Atención Primaria detecta una situación de riesgo nos la consulta de forma preferente.

P. ¿Hay algún recurso específico para las familias de una persona que ha fallecido por suicidio?

R. Actualmente no existe un programa estructurado, aunque confiamos en poder crearlo en el futuro. Los familiares pueden recibir atención a través de las unidades de salud mental, pero se hace a demanda.

P. A veces se critica que el suicidio se medicaliza demasiado y que no contemplan factores como la vivienda o la pobreza.

R. Existen factores psicosociales sobre los que los servicios sanitarios tenemos una capacidad limitada de actuación. Por eso buscamos coordinarnos con los servicios sociales. Esas dificultades generan sufrimiento y deben contemplarse dentro de una visión global, pero tampoco debemos despreciar aquello que puede prevenirse desde una intervención sanitaria. No se trata de elegir entre las dos perspectivas, sino de actuar desde ambas.

P. ¿Qué aspectos deberían mejorar en la atención al suicidio?

R. Sería fundamental contar con más recursos humanos para establecer una atención específica a los familiares y disponer de recursos más próximos a la ciudadanía. También necesitamos más inversión en investigación para conocer mejor los factores de riesgo, mejorar la detección e identificar patrones que ayuden a prevenir. Además, es necesario mejorar la formación en salud mental, conseguir que las personas sepan dónde pedir ayuda y que los profesionales estén preparados para responder con los medios suficientes.

P. También hay debate en los medios sobre cómo informar sobre este tema.

R. El suicidio no puede ser un tema tabú y se debe hablar de él, pero no desde casos particulares ni con sensacionalismo. Tampoco deben darse detalles sobre el método utilizado o aspectos íntimos del sufrimiento de la persona. Es relevante explicar que alguien con pensamientos suicidas puede pedir ayuda y beneficiarse de una intervención sanitaria y social.

P. ¿Qué le diría a una persona que piensa en pedir ayuda, pero cree que no le servirá de nada?

R. Que tenga confianza. Aunque se encuentre en una situación desesperada, ese sufrimiento puede estar limitando su capacidad para ver alternativas. Los profesionales sanitarios pueden ayudarla a encontrar salidas y a calmar el dolor que está padeciendo. Muchas personas han pasado por algo así, han recibido ayuda y han conseguido salir.

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