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ÚLTIMOS MESES DEL AÑO
Las fiestas navideñas abarrotaron calles y comercios. El paisaje se transforma. Las luces LED decoran la arteria comercial de la ciudad, Paseo y aledaños y sus escaparates lucen sus mejores galas para atraer a los compradores. Sin embargo, este escenario festivo esconde un fenómeno que preocupa, cada vez más, al tejido comercial de la ciudad: el auge de los hurtos. No es una simple percepción de los comerciantes; es una realidad estadística que convierte al invierno en la temporada alta de la delincuencia en el “retail”. En estas semanas de frío y aglomeraciones, se produce un dato preocupante: casi uno de cada tres hurtos de todo el año se concentra en este periodo.
En Ourense, el último trimestre del año es, invariablemente, el que registra el mayor volumen de denuncias debido al pico crítico de diciembre. En 2024, último ejercicio con datos cerrados del Ministerio del Interior, la ciudad contabilizó 288 infracciones entre octubre y diciembre, una cifra que supera con creces cualquier otro periodo del año. El contraste es evidente al observar los meses de primavera: entre abril y junio las denuncias bajaron a 228, lo que supone que, con la llegada de las fiestas navideñas, los delitos de hurto se disparan un 26% en la ciudad.
Esta sangría económica tiene un nombre técnico en el sector: “pérdida desconocida”. Es el término que utilizan los analistas para describir cómo el inventario se desvanece entre hurtos, errores administrativos y fraude de proveedores. Según el Barómetro del Hurto en la Distribución Comercial -un exhaustivo trabajo de campo de NIQ con la colaboración de Checkpoint Systems y la Asociación de Empresas del Gran Consumo AECOC-, este agujero supone el 1,1% de la facturación total del sector. A nivel nacional, el impacto económico se cifra en 2.817 millones de euros al año.
Fuentes policiales definen la campaña navideña como el “caldo de cultivo” perfecto para la delincuencia. “Las grandes afluencias de público, empleados más tensionados por el volumen de trabajo y un entorno de anonimato facilitan que los delincuentes se sientan más impunes”, explica. En este escenario, el infractor ya no responde mayoritariamente a un perfil de necesidad; los datos apuntan a una profesionalización donde el objetivo es el lujo. El botín estrella son las fragancias de marcas como Chanel o Dolce & Gabbana y los cosméticos de lujo (maquillajes, sombras…). Son artículos de valor, de tamaño reducido, fáciles de ocultar y con una salida inmediata tanto en el mercado negro como para su uso como regalo de apariencia legítima.
Ante esta escalada, el comercio ourensano ha pasado a la ofensiva. Las grandes perfumerías de la ciudad han tenido que blindarse, situando a dependientes en funciones de vigilancia activa cerca de los accesos y reforzando los sistemas de videovigilancia de última generación. La reincidencia ha llegado a tal extremo en la ciudad que algunas cadenas han logrado hitos legales: prohibir la entrada física a ladrones habituales. Son casos en los que un juez, mediante sentencia judicial o medida cautelar, ha decretado que el delincuente no puede volver a pisar el establecimiento durante un tiempo tras haber sido interceptado en múltiples ocasiones.
Sin embargo, el riesgo no solo acecha tras los mostradores de las tiendas. Roberto González, policía nacional ourensano y vocal del SUP en el Consejo de Policía, advierte que el peligro se traslada también al ciudadano de a pie que disfruta de las fiestas. “Debido a las aglomeraciones, no solo hay más hurtos al descuido en tiendas, sino a los ciudadanos que transitan por esos locales, calles o establecimientos de hostelería”, señala. Mientras en las tiendas “vuelan” los perfumes, en los bares y pubs de la ciudad los objetos más preciados por los amigos de lo ajeno son bolsos, carteras y prendas de abrigo sustraídas en un momento de distracción.
Para el representante del SUP, la herramienta más eficaz de prevención es la presencia de policías uniformados patrullando las arterias más comerciales. No obstante, la realidad operativa en Ourense durante estas fechas es compleja. González puntualiza que, actualmente, un tercio de la plantilla policial se encuentra de vacaciones y el esperado refuerzo para la Unidad de Prevención y Reacción (UPR) -que debería triplicar sus efectivos pasando de 10 a 30 agentes- aún no se ha hecho efectivo.
El estudio confirma que el 51% de los delitos son cometidos por multirreincidentes, personas que actúan tres o más veces al año. En las calles conviven el cleptómano sin apuros económicos, el adicto que busca una dosis rápida y las bandas organizadas (responsables del 35% de los casos) que buscan lucro revendiendo tecnología, smartphones, videojuegos o lencería fina.
El mayor escollo para frenar esta tendencia es la respuesta judicial y la baja penalidad. González explica que muchos actúan con cierta impunidad: si el importe de lo sustraído no excede los 400 euros, el Código Penal lo castiga con una multa. Esta falta de contundencia, sumada a una justicia que no siempre es ágil con los reincidentes, fomenta que el delincuente regrese a la calle a las pocas horas.
Pero hay un factor preocupante: la agresividad. El 74% de los comerciantes afirma que la violencia física o verbal de los infractores hacia los empleados ha crecido notablemente. Esto ha generado un problema de seguridad laboral: el 65% de las empresas confiesa que cada vez es más difícil encontrar vigilantes de seguridad, ya que muchos profesionales rechazan enfrentarse a una escalada de tensión que ya no se limita al robo silencioso, sino que termina, cada vez más, en agresiones.
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