Ourense no tempo | Crónica negra: el Evaristo, una vida…

LEMBRANZAS

Viaja al pasado con una nueva entrega de Ourense no tempo por Rafael Salgado.

Crecer fuera del ambiente familiar es, sin duda, un hándicap para cualquier joven, y puede llevarlo a tomar decisiones erróneas, como le ocurrió al protagonista de esta historia. Aunque ya os anticipo que muchos como él, que vivieron su infancia en el hospicio, consiguieron llevar después una vida plenamente normal. Evaristo Iglesias, nada más nacer, fue entregado en el hospicio ourensano. Hoy posiblemente se investigaría para conocer su origen, pero en los años treinta del siglo XX era perfectamente legal entregar a un niño; lo ilegal era abortar. El hospicio era un mundo aparte, un espacio donde la infancia transcurría entre muros grises, rutinas estrictas y la ausencia de ese calor que solo una familia puede dar. Los niños aprendían a valerse por sí mismos desde muy pequeños, porque nadie lo haría por ellos. Durante sus primeros seis o siete años recibían educación y alimentación promovidas por obras de caridad y ayudas públicas, aunque las condiciones no eran precisamente las mejores. Al cumplir los siete años se les empezaba a buscar un medio de vida. La mayoría entraban como aprendices en algún taller, aunque también existía la opción de hacerse “mozo de cuerda”: esperar en la estación, en el entorno de los hoteles o en algún comercio a que alguien necesitara ayuda para transportar equipajes o mercancías. Esa fue la salida elegida para Evaristo. No era un trabajo fácil, pero para un rapaz fuerte como Evaristo se pensaba que sería la mejor opción. Durante aproximadamente un año se dedicó a ello, aunque no tardó en darse cuenta de que el esfuerzo era mucho y el beneficio más bien escaso, así que comenzó a explorar otras alternativas bastante más lucrativas, aunque también mucho más peligrosas. El robo de gallinas en el populoso barrio del Puente Mayor fue una de esas nuevas actividades. No puedo confirmar cuánto tiempo se dedicó a semejante “oficio”, pero sí sabemos que en 1931, cuando cumplió 17 años, fue detenido como cabecilla de una pequeña cuadrilla de rateros, tras una noche en la que habían robado más de once gallinas. Ese fue el comienzo de una vida que no podría tener buen final. Tras su detención, le fue retirado el permiso necesario para ejercer como mozo de cuerda y tuvo que buscarse la vida de otro modo. En la ciudad ya era conocido y decidió cambiar de aires. Los buscó en la zona de Manzaneda, Trives y alrededores. Allí subió el nivel: no dudaba en entrar en viviendas o negocios para despojarlos de cuanto había dentro, incluso con los propietarios presentes, a quienes amedrentaba y golpeaba si lo consideraba necesario. Ese mismo año ingresaba por segunda vez en prisión, en este caso en la de Trives, por un robo cometido en A Teixeira. Fue escalando así la pendiente de la delincuencia. Ya no tenía inconveniente en robar incluso en dependencias municipales: el juzgado de Montederramo fue el escogido para llevarse una máquina de escribir, dinero en efectivo y una escopeta. Ahora ya estaba armado. El siguiente paso fue unirse a un grupo de vagos y maleantes asentados en el entorno de Maceda. Durante un tiempo sembraron el terror en los caminos que circundaban la villa. Las gentes de aquellos pueblos aprendieron a cerrar bien las puertas al anochecer y a desconfiar de los desconocidos que se acercaban pidiendo cobijo o trabajo. El nombre de Evaristo comenzaba a circular de boca en boca, siempre asociado al miedo. No se podía presagiar un final feliz, y poco después llegó el momento más grave de su biografía. Ya se había hecho con una pistola y, de hecho, la Policía, que le seguía la pista, lo consideraba un “pistolero” al más puro estilo de un gánster americano. Se encontraba en Silleda cuando escuchó una conversación que le hizo ver una buena oportunidad: un empresario con su chófer se dirigía hacia Ourense por negocios. Evaristo dedujo rápidamente que llevaría dinero encima y buscó la manera de conseguir que lo llevaran hasta O Carballiño, que era una de las paradas previstas por el empresario. Durante el viaje fue ganándose la confianza de su víctima y, con la excusa de venderle patata a buen precio, logró que se desviara hacia Listanco, donde lo mató, le robó más de 900 pesetas y huyó con el automóvil. Al menos no acabó con la vida del chófer. Aquel crimen marcó un punto de no retorno. Ya no era un ladrón de poca monta ni un delincuente de caminos: era un asesino. Ese fue el más grave de sus crímenes, aunque ya había herido gravemente a otra víctima con anterioridad. Conviene recordar que, antes de estos últimos delitos, cumplía condena de seis años por un delito cometido en Trives. Consiguió escapar y fue entonces cuando se desencadenó toda esta barbarie. Con el botín del asesinato buscó refugio en Vigo, pero en lugar de intentar pasar desapercibido comenzó a organizar un grupo de criminales con los que tenía intención de atracar un banco y una de las joyerías más prestigiosas de la ciudad. Por fortuna, el agente de policía encargado de seguir sus pasos, Sr. Carril, empezó a obtener resultados. Detuvo a dos de los integrantes de la banda y, con la información obtenida, logró finalmente la detención de Evaristo en la calle de la Herrería de Vigo. De ese momento es la primera fotografía que os muestro, en la que posa junto a otro delincuente también ourensano. La labor de este policía es digna de encomio, ya que después de ese éxito no cejo en su objetivo y días después conseguía la detención del resto de la banda. La pena solicitada para Evaristo era la capital, la pena de muerte. Sin embargo, el saber hacer de uno de los mejores abogados que ha tenido Ourense, José Pérez Ávila, consiguió que la condena quedara en 37 años de prisión. Una pena que, doy por hecho, cumplió en la cárcel ourensana, a la que habría que sumar el resto de condenas pendientes. Toda una vida, perdida entre rejas. La historia de Evaristo no es la de un villano de novela, sino la de un hombre al que nadie enseñó a elegir bien, y que tampoco supo encontrar solo el camino correcto. Una historia triste, como tantas otras que se escribieron en aquellos años duros, y que conviene no olvidar.
Crecer fuera del ambiente familiar es, sin duda, un hándicap para cualquier joven, y puede llevarlo a tomar decisiones erróneas, como le ocurrió al protagonista de esta historia. Aunque ya os anticipo que muchos como él, que vivieron su infancia en el hospicio, consiguieron llevar después una vida plenamente normal. Evaristo Iglesias, nada más nacer, fue entregado en el hospicio ourensano. Hoy posiblemente se investigaría para conocer su origen, pero en los años treinta del siglo XX era perfectamente legal entregar a un niño; lo ilegal era abortar. El hospicio era un mundo aparte, un espacio donde la infancia transcurría entre muros grises, rutinas estrictas y la ausencia de ese calor que solo una familia puede dar. Los niños aprendían a valerse por sí mismos desde muy pequeños, porque nadie lo haría por ellos. Durante sus primeros seis o siete años recibían educación y alimentación promovidas por obras de caridad y ayudas públicas, aunque las condiciones no eran precisamente las mejores. Al cumplir los siete años se les empezaba a buscar un medio de vida. La mayoría entraban como aprendices en algún taller, aunque también existía la opción de hacerse “mozo de cuerda”: esperar en la estación, en el entorno de los hoteles o en algún comercio a que alguien necesitara ayuda para transportar equipajes o mercancías. Esa fue la salida elegida para Evaristo. No era un trabajo fácil, pero para un rapaz fuerte como Evaristo se pensaba que sería la mejor opción. Durante aproximadamente un año se dedicó a ello, aunque no tardó en darse cuenta de que el esfuerzo era mucho y el beneficio más bien escaso, así que comenzó a explorar otras alternativas bastante más lucrativas, aunque también mucho más peligrosas. El robo de gallinas en el populoso barrio del Puente Mayor fue una de esas nuevas actividades. No puedo confirmar cuánto tiempo se dedicó a semejante “oficio”, pero sí sabemos que en 1931, cuando cumplió 17 años, fue detenido como cabecilla de una pequeña cuadrilla de rateros, tras una noche en la que habían robado más de once gallinas. Ese fue el comienzo de una vida que no podría tener buen final. Tras su detención, le fue retirado el permiso necesario para ejercer como mozo de cuerda y tuvo que buscarse la vida de otro modo. En la ciudad ya era conocido y decidió cambiar de aires. Los buscó en la zona de Manzaneda, Trives y alrededores. Allí subió el nivel: no dudaba en entrar en viviendas o negocios para despojarlos de cuanto había dentro, incluso con los propietarios presentes, a quienes amedrentaba y golpeaba si lo consideraba necesario. Ese mismo año ingresaba por segunda vez en prisión, en este caso en la de Trives, por un robo cometido en A Teixeira. Fue escalando así la pendiente de la delincuencia. Ya no tenía inconveniente en robar incluso en dependencias municipales: el juzgado de Montederramo fue el escogido para llevarse una máquina de escribir, dinero en efectivo y una escopeta. Ahora ya estaba armado. El siguiente paso fue unirse a un grupo de vagos y maleantes asentados en el entorno de Maceda. Durante un tiempo sembraron el terror en los caminos que circundaban la villa. Las gentes de aquellos pueblos aprendieron a cerrar bien las puertas al anochecer y a desconfiar de los desconocidos que se acercaban pidiendo cobijo o trabajo. El nombre de Evaristo comenzaba a circular de boca en boca, siempre asociado al miedo. No se podía presagiar un final feliz, y poco después llegó el momento más grave de su biografía. Ya se había hecho con una pistola y, de hecho, la Policía, que le seguía la pista, lo consideraba un “pistolero” al más puro estilo de un gánster americano. Se encontraba en Silleda cuando escuchó una conversación que le hizo ver una buena oportunidad: un empresario con su chófer se dirigía hacia Ourense por negocios. Evaristo dedujo rápidamente que llevaría dinero encima y buscó la manera de conseguir que lo llevaran hasta O Carballiño, que era una de las paradas previstas por el empresario. Durante el viaje fue ganándose la confianza de su víctima y, con la excusa de venderle patata a buen precio, logró que se desviara hacia Listanco, donde lo mató, le robó más de 900 pesetas y huyó con el automóvil. Al menos no acabó con la vida del chófer. Aquel crimen marcó un punto de no retorno. Ya no era un ladrón de poca monta ni un delincuente de caminos: era un asesino. Ese fue el más grave de sus crímenes, aunque ya había herido gravemente a otra víctima con anterioridad. Conviene recordar que, antes de estos últimos delitos, cumplía condena de seis años por un delito cometido en Trives. Consiguió escapar y fue entonces cuando se desencadenó toda esta barbarie. Con el botín del asesinato buscó refugio en Vigo, pero en lugar de intentar pasar desapercibido comenzó a organizar un grupo de criminales con los que tenía intención de atracar un banco y una de las joyerías más prestigiosas de la ciudad. Por fortuna, el agente de policía encargado de seguir sus pasos, Sr. Carril, empezó a obtener resultados. Detuvo a dos de los integrantes de la banda y, con la información obtenida, logró finalmente la detención de Evaristo en la calle de la Herrería de Vigo. De ese momento es la primera fotografía que os muestro, en la que posa junto a otro delincuente también ourensano. La labor de este policía es digna de encomio, ya que después de ese éxito no cejo en su objetivo y días después conseguía la detención del resto de la banda. La pena solicitada para Evaristo era la capital, la pena de muerte. Sin embargo, el saber hacer de uno de los mejores abogados que ha tenido Ourense, José Pérez Ávila, consiguió que la condena quedara en 37 años de prisión. Una pena que, doy por hecho, cumplió en la cárcel ourensana, a la que habría que sumar el resto de condenas pendientes. Toda una vida, perdida entre rejas. La historia de Evaristo no es la de un villano de novela, sino la de un hombre al que nadie enseñó a elegir bien, y que tampoco supo encontrar solo el camino correcto. Una historia triste, como tantas otras que se escribieron en aquellos años duros, y que conviene no olvidar. | Picasa

Crecer fuera del ambiente familiar es, sin duda, un hándicap para cualquier joven, y puede llevarlo a tomar decisiones erróneas, como le ocurrió al protagonista de esta historia. Aunque ya os anticipo que muchos como él, que vivieron su infancia en el hospicio, consiguieron llevar después una vida plenamente normal.

Evaristo Iglesias, nada más nacer, fue entregado en el hospicio ourensano. Hoy posiblemente se investigaría para conocer su origen, pero en los años treinta del siglo XX era perfectamente legal entregar a un niño; lo ilegal era abortar. El hospicio era un mundo aparte, un espacio donde la infancia transcurría entre muros grises, rutinas estrictas y la ausencia de ese calor que solo una familia puede dar. Los niños aprendían a valerse por sí mismos desde muy pequeños, porque nadie lo haría por ellos. Durante sus primeros seis o siete años recibían educación y alimentación promovidas por obras de caridad y ayudas públicas, aunque las condiciones no eran precisamente las mejores. Al cumplir los siete años se les empezaba a buscar un medio de vida. La mayoría entraban como aprendices en algún taller, aunque también existía la opción de hacerse “mozo de cuerda”: esperar en la estación, en el entorno de los hoteles o en algún comercio a que alguien necesitara ayuda para transportar equipajes o mercancías. Esa fue la salida elegida para Evaristo. No era un trabajo fácil, pero para un rapaz fuerte como Evaristo se pensaba que sería la mejor opción. Durante aproximadamente un año se dedicó a ello, aunque no tardó en darse cuenta de que el esfuerzo era mucho y el beneficio más bien escaso, así que comenzó a explorar otras alternativas bastante más lucrativas, aunque también mucho más peligrosas.

Algunos mozos, con algo más de suerte o quizás con mejor carácter, conseguían trabajo estable en algún negocio y lograban llevar una vida más ordenada. Evaristo, sin embargo, no fue uno de ellos.
Algunos mozos, con algo más de suerte o quizás con mejor carácter, conseguían trabajo estable en algún negocio y lograban llevar una vida más ordenada. Evaristo, sin embargo, no fue uno de ellos.

El robo de gallinas en el populoso barrio del Puente Mayor fue una de esas nuevas actividades. No puedo confirmar cuánto tiempo se dedicó a semejante “oficio”, pero sí sabemos que en 1931, cuando cumplió 17 años, fue detenido como cabecilla de una pequeña cuadrilla de rateros, tras una noche en la que habían robado más de once gallinas. Ese fue el comienzo de una vida que no podría tener buen final. Tras su detención, le fue retirado el permiso necesario para ejercer como mozo de cuerda y tuvo que buscarse la vida de otro modo. En la ciudad ya era conocido y decidió cambiar de aires.

Los buscó en la zona de Manzaneda, Trives y alrededores. Allí subió el nivel: no dudaba en entrar en viviendas o negocios para despojarlos de cuanto había dentro, incluso con los propietarios presentes, a quienes amedrentaba y golpeaba si lo consideraba necesario. Ese mismo año ingresaba por segunda vez en prisión, en este caso en la de Trives, por un robo cometido en A Teixeira. Fue escalando así la pendiente de la delincuencia. Ya no tenía inconveniente en robar incluso en dependencias municipales: el juzgado de Montederramo fue el escogido para llevarse una máquina de escribir, dinero en efectivo y una escopeta. Ahora ya estaba armado.

El siguiente paso fue unirse a un grupo de vagos y maleantes asentados en el entorno de Maceda. Durante un tiempo sembraron el terror en los caminos que circundaban la villa. Las gentes de aquellos pueblos aprendieron a cerrar bien las puertas al anochecer y a desconfiar de los desconocidos que se acercaban pidiendo cobijo o trabajo. El nombre de Evaristo comenzaba a circular de boca en boca, siempre asociado al miedo. No se podía presagiar un final feliz, y poco después llegó el momento más grave de su biografía. Ya se había hecho con una pistola y, de hecho, la Policía, que le seguía la pista, lo consideraba un “pistolero” al más puro estilo de un gánster americano. Se encontraba en Silleda cuando escuchó una conversación que le hizo ver una buena oportunidad: un empresario con su chófer se dirigía hacia Ourense por negocios. Evaristo dedujo rápidamente que llevaría dinero encima y buscó la manera de conseguir que lo llevaran hasta O Carballiño, que era una de las paradas previstas por el empresario.

Durante el viaje fue ganándose la confianza de su víctima y, con la excusa de venderle patata a buen precio, logró que se desviara hacia Listanco, donde lo mató, le robó más de 900 pesetas y huyó con el automóvil. Al menos no acabó con la vida del chófer. Aquel crimen marcó un punto de no retorno. Ya no era un ladrón de poca monta ni un delincuente de caminos: era un asesino. Ese fue el más grave de sus crímenes, aunque ya había herido gravemente a otra víctima con anterioridad. Conviene recordar que, antes de estos últimos delitos, cumplía condena de seis años por un delito cometido en Trives. Consiguió escapar y fue entonces cuando se desencadenó toda esta barbarie.

Con el botín del asesinato buscó refugio en Vigo, pero en lugar de intentar pasar desapercibido comenzó a organizar un grupo de criminales con los que tenía intención de atracar un banco y una de las joyerías más prestigiosas de la ciudad. Por fortuna, el agente de policía encargado de seguir sus pasos, Sr. Carril, empezó a obtener resultados. Detuvo a dos de los integrantes de la banda y, con la información obtenida, logró finalmente la detención de Evaristo en la calle de la Herrería de Vigo.

Pepito Pérez Ávila en los 90.
Pepito Pérez Ávila en los 90.

De ese momento es la primera fotografía que os muestro, en la que posa junto a otro delincuente también ourensano. La labor de este policía es digna de encomio, ya que después de ese éxito no cejo en su objetivo y días después conseguía la detención del resto de la banda. La pena solicitada para Evaristo era la capital, la pena de muerte. Sin embargo, el saber hacer de uno de los mejores abogados que ha tenido Ourense, José Pérez Ávila, consiguió que la condena quedara en 37 años de prisión. Una pena que, doy por hecho, cumplió en la cárcel ourensana, a la que habría que sumar el resto de condenas pendientes. Toda una vida, perdida entre rejas. La historia de Evaristo no es la de un villano de novela, sino la de un hombre al que nadie enseñó a elegir bien, y que tampoco supo encontrar solo el camino correcto. Una historia triste, como tantas otras que se escribieron en aquellos años duros, y que conviene no olvidar.

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